miércoles, 28 de agosto de 2013

Brujas



III. La gestación 
      Brigitte


Las lágrimas brotaban cristalinas y frías, tan frías como el hielo, tan frías como el interior de su casa, que se había quedado sola, inerte, muerta. Brotaban del corazón mismo del río, que las hacía fluir desordenadas y desbocadas. Locas, locas, sin sentido ni razón. Virginia lloraba a su madre y las lágrimas que traía desde el interior de su pena al lagrimal de sus ojos no eran suficientes. El agua del río dejó de ser utilizada por segunda vez en veintiún años, esta vez no por ira, sino por tristeza y salobridad. Y, de nuevo, en la aldea, se hizo el silencio.


Allí recostada sobre el tronco del arce negundo, cubierta de las hojas que en sus ramas, un otoño, dos y hasta tres veces cambiaron de color, suavemente fueron cayendo sobre su impávido cuerpo.


Virginia, aún era una niña. Así lo había querido la madre.

La madre había dejado a su hija protegida en aquella cabaña. No consideró siquiera que sucediera lo que ahora Virginia estaba sufriendo porque la cabaña, desde que su abuela llegara a la aldea les pertenecía, a su estirpe, era suya, de ellas, era ellas mismas. No pasó a sus manos, ni por premio ni por pago, sino por derecho.


Hacía poco menos de cien años que la abuela de Virginia había llegado a aquellas tierras procedente de otras a las que todo el mundo consideraba de brujas. Ningún habitante de aquella aldea había visitado jamás aquellos lugares, según contaban los viajeros, de misterio, vicio, magia, lenguas y acciones que atentaban contra la decencia y la honradez. La miraban con atención y desdén, aunque la realidad era, que en el fondo de sus corazones lo que sentían era miedo, ese miedo irracional que provoca siempre lo desconocido. El momento de su nacimiento vaticinaba la marcha de su tierra de origen. Ella era la primera bruja que nacía en la familia. Ningún ascendiente del que tuvieran datos lo había sido, nadie había tratado con las fuerzas de la naturaleza antes que ella, por lo que aquello le resultó muy difícil, estaba sola y todo era nuevo. Cualquier emoción que la desbordara lo más mínimo tenía unas consecuencias difíciles de predecir. Como la vez que siendo niña, envidiaba y deseaba con todas sus fuerzas la muñeca de cartón que tenía la desdichada niña que vivía junto a su casa. No eran amigas, Brigitte la detestaba, era presumida, orgullosa, y todo porque había tenido la gran suerte de nacer con la cara cubierta de pequeñas y hermosas pecas que junto con sus rizos color cobre hacían las delicias de todo ser que se topara con su presencia. Ella sentía envidia de la dulzura de sus rasgos y, sobre todo, de sus mechones. A ella le había tocado el color impreciso del castaño, más bien, tirando a claro, pero la hacía estar en tierra de nadie, ni rubia ni pelirroja ni morena. Seguro que había sido por algún apaño que hiciera su hermana, la bruja de la familia, en el momento de la concepción. Quería aquella muñeca, ya que no podía tener sus tirabuzones. Ellas apenas se miraban, el esfuerzo en mostrarse indiferentes una con respecto a otra era tremendo, pero aquel fatídico día, aquella niña osó pavonearse delante de ella. La miró de arriba abajo con una mueca que más que sonrisa era una provocación, la penetró con su mirada casi lasciva, no dijo palabra, se balanceaba con su muñeca en los brazos, riéndose de ella, y ella en sus pensamientos la escuchó:

- Nunca serás tan guapa como yo, y nunca tendrás una muñeca tan bonita como la que tengo yo.

Aquella noche Brigitte durmió junto a la ahora suya preciosa muñeca de cartón mientras el pueblo entero estaba en misión de búsqueda de la dulce niña pelirroja, que llevaba desde la mañana desaparecida. Dos meses estuvo en paradero desconocido. La encontraron una mañana deambulando por el bosque, sin rumbo fijo y con la mirada perdida en no se sabe qué limbo o extraño lugar. Aquello le sirvió de lección. Su culpabilidad no la dejaba dormir, su deseo de que desapareciera del mundo realmente la hizo desaparecer pero ni ella sabía a donde habría enviado a la desdichada, y tampoco pudo disfrutar de su muñeca, porque aquello que es objeto de nuestros deseos también precisa de la exhibición, si carece de esta, el deseo se pierde lentamente como la bruma bajo el sol tibio de la mañana. La magia se aprendía así, como casi todo en la vida, con tristezas y dolor. Su primer principio en la magia sería evitar sentimientos oscuros y nunca hacer el mal y, para poder llevarlo a cabo guardaría para siempre en su memoria la pena que arrastró la madre de aquella niña durante los dos meses que duró la desaparición. Sentía tanta culpa que supo que ese no era el camino que se debía seguir.

Los pies de Brigitte la llevaron a aquel lugar. Hacía tiempo que había aprendido a no cuestionar ninguna de las decisiones que tomaba sin razón: allí había llegado porque allí debía estar. Su avanzado estado de gestación no le impidió hacer el viaje, a veces, a pie, a veces, montada en los carros de los lugareños que encontraba por los caminos. 

La noche en la que se puso de parto, la luna estaba escondida, quizás para no ser cómplice de lo que estaba a punto de suceder. Fuertes golpes aporrearon su puerta al tiempo que se oían unas voces desesperadas:

- ¿Hay alguien ahí? ¡Abra por el amor de dios!

Brigitte abrió la puerta y vio en el umbral los ojos llorosos de un hombre atravesado por el dolor. 

- Acompáñeme, por favor, necesito su ayuda. Me han dicho que la única persona que puede deshacer lo ya hecho es usted. ¿Me puede ayudar?
- Explíqueme por el camino. ¿Es muy lejos?
- No, diez minutos en el carro. 

Durante el trayecto, aguantó los dolores que periódicamente sentía mientras escuchaba con atención lo que Don Sebastián, atropelladamente le contaba. Su esposa también estaba encinta. Hacía poco menos de un año, casi al tiempo de quedar en estado, comenzó a comportarse de un modo extraño. No gustaba de la compañía de otras personas,  ni siquiera de él mismo, puntualizando que ellos se habían casado libremente y enamorados. Pasaba las noches en vela llorando sin cesar. No se hacía cargo de las tareas del hogar, ni siquiera de su higiene personal, hasta que un día la sorprendieron anudando una soga. 

- ¡Gracias al cielo que la cogimos a tiempo!, exclamó. El médico nos ha dicho que se trata de una enfermedad llamada depresión. La ha sobrellevado bien el resto del embarazo pero esta tarde al empezarle los dolores del parto, no sé lo que ha hecho, no se qué ha tomado, pero la partera dice que no siente al niño, no deja de sangrar y balbucea todo el tiempo que no nacerá, no nacerá...


Sus palabras se quebraron en un gemido. Volvió a ver aquella pena de su infancia, y aunque sabía que intervenir en los procesos naturales de la vida siempre era arriesgado y no se debía hacer, ya había decidido.

Esa noche se parieron dos niños. Dos madres, dos llantos. Niña y varón, pero un solo cordón umbilical. 

martes, 13 de agosto de 2013

Brujas

Capítulo I: Él Útero
Capítulo III: La gestación: Brigitte
Capítulo IV: La dilatación

II. La gestación 
    Marcelo


Marcelo abrió los ojos y durante unos segundos se sintió tranquilo. Aquella noche había podido conciliar el sueño al menos unas horas y durante ese tiempo ninguna pesadilla lo había invadido. Pero solo fueron eso, unos segundos. La realidad cayó como un yunque sobre su cabeza y de nuevo, la angustia, la vergüenza, la tristeza y la decepción. Llevaba así ya demasiado tiempo, y esta situación empezaba a pasarle factura. Comenzaba a mostrar síntomas paranoicos. Como si la vergüenza, la tristeza, el insomnio y las pesadillas no fueran suficiente ahora había que añadir a la lista manía persecutoria. Tenía la sensación de estar continuamente observado. Miraba de forma compulsiva tras las puertas de su apartamento, tras las cortinas del baño, por las ventanas a la calle, a ventanas vecinas, con la esperanza de encontrar algo extraño o a alguien escondido vigilándolo, que demostrara que no se estaba volviendo loco. Nunca lo hallaba.

Las pocas horas de sueño le habían dado un respiro aquella mañana y tenía ganas de salir al exterior, aunque solo fuese a la terraza para tomar allí el desayuno. El día se había despertado claro y soleado, y quizás con el aire fresco de la mañana y la caricia suave del sol matutino de aquel otoño recién entrado podría disfrutar de unos minutos de tranquilidad. 

Mientras desayunaba los recuerdos y su situación lo mortificaban tanto como el estruendo abajo en la calle. Tráfico desesperado, cláxones, aquella maldita máquina excavadora que tal parecía que jamás acabaría las obras. Sonidos de ciudad, de su ciudad natal. Jamás pensó que desearía tanto abandonarla. Abandonar aquella sociedad hipócrita, que lo había sentenciado sin culpa alguna. Inmerso en esos pensamientos que no lo abandonaban nunca, el teléfono comenzó a vibrar junto a la taza de café:

- Sí, dígame.
- Marcelo, soy Eduardo, tu agente inmobiliario.
- Buenos días Eduardo.
- Pásate por la oficina cuando puedas, creo que tengo lo que buscas. 
- De acuerdo, en una hora estoy allí. 

Se marchaba, la decisión estaba tomada. Cuando Marcelo vio las fotografías de la cabaña y el entorno que la rodeaba supo que sería el lugar ideal para expiar unos pecados que nunca cometió. Pero los hijos están para eso, para pagar por los pecados de sus padres, y su padre se había encargado de dejarles un buen patrimonio. La envergadura de sus estafas, engaños, dobles identidades, por distintos países de Europa, habían avergonzado tanto a su familia, que su madre, inmersa en esa época en la superación de una enfermedad de gravedad, no lo puedo soportar y murió en la más absoluta vergüenza. Una familia de prestigio social, de irreprochable carácter moral, todos los dedos apuntaban hacia él aún sin poner un pie en la calle. Y su hermano, el que durante años él consideró el norte al que seguir en su vida, resultó ser un sinvergüenza vividor, al igual que su padre, pero este de mucha menos categoría. Se pasaba el día borracho, buscando la compañía de mujerzuelas de callejón y evasiones caras que meterse por la nariz. No tenía muy claro si la decisión de marcharse era por el escándalo o por sí mismo. No quería pasarse la vida entera deambulando de un lugar a otro sin rumbo, sin raíces pero, la cuestión es que una vez que había muerto su madre, nada lo retenía allí, y su decepción era tan grande que esa cabaña era su única tabla de salvación.



Volvió a su casa tras realizar los formalismos requeridos para alquilar la cabaña por tiempo indefinido. Estaba en el otro extremo del país,  y no sentía deseos de iniciar un viaje largo solo para darle el visto bueno. Así que sin siquiera verla más que en fotos, ya era suya. Presentía que había tomado la decisión adecuada porque el nudo en el estómago que apenas lo dejaba comer desde hacía tres años tras el escándalo había comenzado a desenredarse.

Los preparativos para la mudanza duraron alrededor de un mes, tiempo durante el que las pesadillas habían dejado de serlo, para convertirse en visiones extrañas. Soñaba repetidamente que estaba perdido en el bosque, a duras penas podía avanzar por la gran cantidad de vegetación que lo rodeaba. Pero no sentía miedo. Quería encontrar aquella fuente de agua que escuchaba brotar caudalosa, pero el aroma entre floral y almizclado que de un momento a otro lo embargaba lo sumía en una paz que le impedía avanzar.

Algo había cambiado desde que tomara la decisión de irse a vivir a aquel lugar, era la decisión adecuada, lo sabía, y sabía, aún a sabiendas de que se estaba volviendo loco, que la cabaña lo estaba llamando.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Brujas

Capítulo II: La gestación Marcelo
Capítulo III: La gestación Brigitte
Capítulo IV: La dilatación

 I. El Útero

Ella era bruja. Pero bruja de las de verdad, de las de poderes sobrenaturales, gorro picudo y escoba, para barrer de su espacio aquello que la importunaba, y dirigir toda su energía a su propio centro vital, porque para volar ya tenía ella sus propios métodos. Era hija de bruja, y cuando nació, su madre la llamó Virginia. Su padre había hecho lo que era de esperar. Quiso mucho a su madre, realmente la quería, tanto amor sentía por ella que este le nubló el entendimiento hasta el punto de hacerle olvidar contarle que años antes de llegar a aquel paradisíaco y apartado lugar, había contraído nupcias con otra mujer, a la que también amaba, tanto la amaba que habían materializado ese amor en un hijo. Ricardo lo llamó. A ella, por su parte, también se le había nublado la sesera y la capacidad de adivinar que aquel hombre, por el que sentía verdadera devoción la estaba engañando. El amor es así, te da y te quita, en ambos casos de manera desmesurada, haciendo siempre temblar los cimientos. Pasados unos meses de felicidad celestial, tras el nacimiento de su hija, el entendimiento se le aclaró y recordó, y entonces fue cuando una mañana al despertar su madre a causa del llanto de aquella niña, descubrió por medio de una carta sobre la mesa delante de la chimenea humeante de aquella cabaña perdida en mitad del bosque, que su amor la había abandonado.

Tras dejarse caer abatida sobre una silla, y casi quedarse sin respiración, sus ojos se llenaron no de lágrimas sino de ira. El amor, en ocasiones, se transforma así. La furia y la ira rebosaron todo su ser y como un río de lava fueron cubriendo, primero la cabaña, y poco a poco, todo el bosque a su alrededor, quedando, hierba, árboles y ríos pintados de color rojo sangre, y abandonado el entorno por cualquier criatura viviente que allí habitara, y sumido el aire en el absoluto silencio.

Los habitantes de la aldea unos kilómetros más abajo se acostumbraron a ese color rojo, que con el paso del tiempo fue desapareciendo primero de la vegetación y, por último, del río, solo cuando la madre de Virginia murió, algunas malas lenguas dicen que envenenada por su propia bilis de color rojo también. Aprendieron a vivir con ese miedo, y a no hablar en un tono de voz muy alto por si llegara molestar a aquella mujer. Aprendieron también que no era cosa de risa ni de fantasía ni cuentos de hadas, y la respetaban, aunque solo fuera por el miedo que le tenían, a pesar de que jamás en toda su vida había hecho mal a nadie. La ignorancia suele vestirse de miedo.

Gracias a ello, Virginia fue educada en la más absoluta indiferencia hacia aquellas personas que no eran como ellas. Aprendió de su madre más de lo que ella le podía enseñar. Y si su madre resultó ser una bruja poderosa, Virginia lo era aún más. Lo único que su madre no logró extirparle fueron sus ganas de amar, quizás era por eso por lo que la niña la aventajaba. Cuando las pequeñas criaturas comenzaron a repoblar el entorno, a medida que la furia se iba apaciguando, Virginia era del gusto de estar acompañada siempre de pequeños animalitos, cachorros de gato, a los que a todos ponía nombre, devolvía crías de pájaros, a los que sus ganas de libertad les jugaban malas pasadas, a sus nidos, teniendo que soportar en la mayoría de los casos las reprimendas de su madre, que siempre le recordaba que no debía amar, porque cuando amas eres débil y te conviertes en presa fácil. Ella asentía y realmente entendía las palabras de su madre y su temor, pero no podía evitarlo.

Su  madre murió y ella quedó sola sin más compañía que el canto de las aves, la melodía de los grillos en la noche, el silbido del viento entre los árboles, el crujir de las ramas, o el gruñir de jabalíes en la lejanía. Y con todos estos tesoros a su disposición, Virginia tenía suficiente y era más que feliz.

Habían pasado poco más de tres años desde que su madre muriera, tiempo suficiente para convertirse ya en toda una mujer, que con veintiún años vio desde el porche de su cabaña como se aproximaban a ella tres hombres, cada uno con una indumentaria diferente. Uno iba vestido con un pantalón y una camisa azul de distintos tonos, con algunas insignias en la camisa, y un cinturón del que colgaba un estuche, y un palo largo de color negro. El otro, llevaba pantalón y chaqueta a juego, y una camisa clara, ella pensó que debía sentirse bastante incómodo con esa especie de soga que le colgaba del cuello. Llevaba una carpeta en la mano, dentro de la cual se veían bastantes papeles. Y el tercero, iba  más normal. Llevaba una camisa clara también, y un pantalón de color marrón, bastante adecuado para la zona boscosa en la que se encontraban. Este último se presentó como el legítimo heredero de aquellas tierras, propiedad de su abuelo, el cual se las había cedido a su abuela por motivos que ella nunca conoció, pero que al no haber constancia oficial de aquella cesión, él reclamaba su derecho sobre ellas. Virginia no entendió muy bien nada de aquello, hasta que cuando bajo la amenaza explícita de usar la violencia por parte del hombre vestido de color azul, tuvo que empaquetar sus cosas e irse a vivir..., aún no sabía dónde.


                                                                     

martes, 2 de julio de 2013

Anduvimos mil caminos y, sin embargo, todos eran el mismo

 Ante la inminente finalización del plazo de matrícula, Lales y yo hemos decidido ir a formalizarla. La decisión fue tomada a lo loco, de un minuto para otro, y sin problema alguno ni inconveniente mayor hemos llegado a tierra nazarí. Una vez allí, nos damos cuenta de que es un poco tarde, para cuando hayamos llegado a las facultades, sitas ambas en todo lo más alto de la cuesta, ya habrán cerrado las respectivas secretarías, por lo que con todo el arrojo que nos era atribuible nos montamos en el primer autobús urbano que pillamos, dirección no se sabe dónde. Yo le pregunto a ella si sabe lo que hace, y ella responde que sí. Yo me lo creo (¡he sido siempre tan crédula!). Iniciamos trayecto con tan mala suerte que nos toca el descanso del autobús en cuestión. La hora se nos echa encima, y las secretarías las van a cerrar. Empiezo a impacientarme y casi unilateralmente decido que nos vamos andando:

- Seguro que llegamos antes.
- ¿Pero tú sabes ir?- pregunta Lales.

Yo miro alrededor, y reconozco un letrero bastante familiar, INEM, pone. Hace unos días, estuve por aquí con otra amiga, y vi que por las cercanías de la Facultad había una oficina igual, por lo que supuse que sería la misma, yo que iba a saber que en Granada habría tanta gente sin empleo como para que hubiera más de una oficina.

- Si, respondo con absoluta seguridad. Reconozco esa oficina.

Ella se lo cree (¡ha sido siempre tan crédula!).

Así que, poniéndonos Granada por montera, cogemos caminito y manta, y nos vamos andando a la Facultad.

Pasado un buen rato, pregunto a Lales, si ella sabe por donde vamos, porque yo ya hace rato que no sé por donde ando si no es más allá de por el suelo, a lo que ella responde con un rotundo:

- No.

Totalmente aclarado, nos habíamos perdido. Ahora la cuestión era averiguar por dónde. Cuestión a la que en un breve lapso de tiempo dio respuesta Lales, cuando llegamos a una calle en la que había una iglesia, y ella con mucha emoción exclamó:

- ¡Este sitio lo conozco! Aquí hizo la hija de una prima mía la comunión.
- ¿Entonces ya sabes cómo llegar al menos al piso? (Hacía pocos días que eramos las nuevas y flamantes inquilinas de nuestro primer piso de alquiler sito en la plaza de toros, del cual ya he hablado en alguna que otra ocasión).

- ¡Qué va!, ¡si estamos en el Zaidin!

Granada, mes de Julio, hora del mediodía y  el sol dando de macetilla* . 

Pero, muy seguras de nosotras mismas seguíamos andando y andando, sin rumbo fijo. Aunque sí que aprendimos una cosa, y es que no es necesario perderse en el monte o en el bosque para andar en círculos, también sucede en la capital, porque pasamos por la misma iglesia al menos cinco veces. Y entonces fue cuando empezamos a preocuparnos, y yo a temer seriamente, que nos quedaríamos perdidas en aquel barrio para siempre (quizás venga de ahí mi miedo a perderme, quién sabe). Aunque apenas había gentes por las calles, debido al sofocante calor que hacía, decidimos que a la próxima persona que viéramos le preguntaríamos como ir a Camino de Ronda, lugar desde el que ambas podíamos, dándonos  otra suprema caminata, eso sí, llegar sin problemas a nuestro piso. Vimos a un chaval que venia en una moto, y al pararla lo abordamos, coloradas como tomates y muertas de sed:

- ¡¡¿¿¿Cómo llegamos a Camino de Ronda???!!

- ¡Uf!, fue la contestación del chico. Vosotras id hacia abajo, y ya por allí volvéis a preguntar.

Ante tan explícita contestación decidimos meternos en una tiendecilla de barrio y comprar, una litrona, foie gras, queso y pan. Y así cargadas, emprendimos nuestra marcha.

Para quienes conocen Granada se harán una idea del tour que hicimos por dicha ciudad. Porque llegamos a Camino de Ronda a la altura del río más o menos, caminamos toda la calle y subimos hasta la plaza de toros.

Cuando entramos por la puerta, eran las cuatro y media de la tarde, la litrona caliente, el queso y el foie gras derretidos y el pan espachurrao.

Comimos, nos consolamos, y nos volvimos al pueblo.

A mediados de curso, nos hallábamos relatando nuestra aventura a cualquiera que aún no la supiera, ya que solíamos narrarla nada más conocer a alguien. Nos gustaba reírnos una vez ya había pasado todo. Cuando de repente, se me encendió una lucecita, al tiempo que me cambiaba el gesto, y repito, a mediados de curso:

-¡¡Pero Lales!!, ¿¿¿CÓMO NO SE NOS OCURRIÓ COGER UN TAXI???


viernes, 28 de junio de 2013

Enamorarse o morir

Amanece cada día, y con cada nuevo amanecer el ritual se repite. Hay mañanas en las que se tarda un tiempo en reaccionar, sobre todo, si el sueño ha sido muy profundo, y al despertar, durante unas décimas de segundo, no se tiene ni consciencia de uno mismo, y menos del día de la semana del que se trata el día en cuestión. Pero, exceptuando estos días, en que el primer pensamiento consiste en averiguar si es lunes, martes..., o a ser posible, sábado o, mejor aún, domingo, cada mañana de cada día de mi vida, al abrir los ojos, mi primer pensamiento siempre es para él. Él no se presenta de la misma manera cada mañana, pero invariablemente viene cargado de magia. Unas veces, lleno de esperanza e ilusión por algo nuevo que empieza. Otras, cargado de decepciones y desilusiones, cargado de final, que aunque deseado, siempre es triste. En ocasiones, viene lleno de incertidumbre, de indecisiones que acaban matando esa magia. Pero las mejores de todas, sin duda, son las veces en las que viene cargado de fantasía. De pronto, un día, te descubres emocionándote al ver a tu vecino, ese chico en el que antes no habías reparado. Y cuando digo emocionándote me refiero a temblor de piernas y agonía en la respiración cada vez que te lo tropiezas por la calle. Y yo, que desde el día de mi nacimiento tengo a Cupido en plantilla fija, con Venus como regente y a la luna fuertemente presente, pues ya no hay nada que hacer. Mis días se convierten en una interminable incertidumbre sobre si sus horarios coincidirán con los míos y llevarán sus pasos a la calle al mismo tiempo que los míos, propiciando así el casual encuentro, y en un fantasear sobre su vida, sobre la que no sé apenas nada, pero desde este momento se ha convertido en la mejor de las vidas. No sé si es feliz o si lo habrá sido alguna vez. No sé si él querrá a alguien o si alguien lo querrá a él. Pero, por encima de todo, quisiera formar parte de su vida, y que él formara parte de la mía, porque desde ese día sería una vida ideal. Lo llevo conmigo allí donde vaya, hable con quien hable o haga lo que haga.Y así, los días van pasando, llenos de emoción y fantasía, en la que el culmen sería, que una mañana, se dirigiera a mí y viera esa misma fantasía en su mirada,  y al más puro estilo final feliz dijera: " tú a mi también"...

...Y fueron felices y dejaron libres a las perdices. FIN




miércoles, 26 de junio de 2013

Renovación




He recogido el tiempo y lo he guardado en mi mochila. 

Soy la dueña del aire y de la temperatura, que esquiva y juguetona, nos dio quebraderos de cabeza. Pero es pasado, ya es pasado. Y con la misma claridad con que amanecen los días, la mente, fresca y juvenil, se renueva. No necesito explicaciones, no necesito saber, solo sentir que existe un momento, que existe un lugar donde no hay complicaciones, donde eres quien eres sin más. Lo reconoces como el lugar donde, llegado el momento, has de regresar, con el vuelo de un ave blanca que surca un claro en el bosque buscando la espiral.
¿Quién dice que la magia no existe? 

miércoles, 29 de mayo de 2013

La espera

La tarde se presenta tormentosa. Con el paraguas bien recogido, colgado de mi antebrazo, me subo el cuello del abrigo y acomodo sobre mi cabeza el sombrero. Es el bombín que me regaló en mi cumpleaños. Habíamos estado bromeando sobre el regalo que nos haríamos cuando llegaran estas fechas. Esa conversación, pasado el tiempo, había desaparecido de mi memoria, hasta que abrí mi regalo y lo vi. Desde entonces forma parte de mi indumentaria diaria dando un giro por completo al estilo con el que antes solía vestir. Soy consciente de que cualquier persona que me vea por la calle dará por sentado mi origen inglés. Esto a mí me hace mucha gracia. 
Llevo ya rato esperando a que llegue, a pesar de que siempre llego tarde, solo por crear una paradoja entre mi vestir y mis costumbres. Supongo que será por ese rasgo de mi personalidad que me impide querer quedar en primer lugar en nada, no destacar. Hay muchas personas que esto no lo entienden, no obstante, de este modo, la tranquilidad se instaura en tu vida, no generando expectativas en nadie. Nada se espera de ti, y así, nada debes a nadie. De esta manera, los triunfos que alcanzas son solo para ti. 
Se está levantando un aire bastante desagradable. Si es que la tormenta se está acercando y el cielo se empieza a mostrar gris aunque aún no muy oscuro. Se pueden percibir por detrás de las nubes los candilazos* que todavía a estas horas, da el sol. Entre el ruido del tráfico y el ir y venir de la gente que inunda la avenida, identifico un sonido que se acerca por la derecha, un rugir que cada vez se hace más cercano hasta que por la otra acera veo llegar una pequeña moto de ciudad, ocupada por dos personas. Justo enfrente, pero al otro lado de la extensa avenida, que se bifurca en dos calles menores en tamaño cuatro pasos más atrás de donde estoy yo, la motocicleta se para. La persona que va atrás, se baja, se quita el casco, y veo que es una chica de melena larga rubia, me embeleso contemplando como se aproxima a darle un beso al que identifico como su novio. Pequeño instante hermoso de despedida interrumpido por el pitar insistente del guardia urbano que desde lejos le hace señas para que siga circulando. Y me apeno por un momento. Qué breve es el espacio de tiempo dedicado a cosas grandes en la gran ciudad. Un sonido conocido me saca de mi ensimismamiento. Otro rugido, pero este menos mundano. La tormenta se acerca por mi derecha. Miro al cielo y observo que ahora  sí se muestra más amenazante. Como si de un reflejo involuntario se tratara, despego mi interés de la calle y lo fijo en el cielo, en espera de aquel relámpago que me dará la situación exacta de la tormenta. Rescato de mi memoria aquellas noches de tormenta estivales, en las que muertos de miedo los niños más pequeños, eran consolados por los mayores, haciéndoles contar los segundos que transcurrían entre relámpago y trueno, tranquilizándolos si conseguían contar más de cinco y elaborando estrategias de cambios de viento si la cuenta era menor. El trueno aún se ha oído vago y lejano, pero tal y como se va poniendo el cielo, creo que poco tardará en llegar. ¡Ahí está! y entonces me pongo a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, et voilá, el trueno. Entonces, si el sonido viaja a la velocidad de trescientos cuarenta metros por segundo y he contado hasta ocho, hago mis cálculos y está a dos mil setecientos veinte metros. Bueno, dos kilómetros y medio, me parece que me voy a poner sopa esperando. Pasa por mi lado un perro callejero. Va deprisa, cabizbajo y con el rabo a medio bajar. Intuye la tormenta y va con prisa en busca de un buen cobijo. Justo en ese momento, pasa una señora con su perro sujeto por una correa, ambos perros se miran, parece como si el labrador de la señora se apiadara de aquel pobre callejero, y entonces siento una profunda tristeza por él, que no ha conocido el amor ni el calor del hogar. Otro trueno. Vaya, ahora no he visto el relámpago, ya no sé cuánto ha tardado. Una furgoneta se para justo a mi lado. Veo las letras que la identifican como la del reparto de medicamentos, viene a dejar los encargos en la farmacia. El chaval se baja de la furgoneta y se me queda mirando. A la gente le llama la atención el sombrero. Me vuelvo a subir el cuello del abrigo, y es que cada vez hace más frío. Abre las puertas traseras y desaparece dentro. Al cabo de unos minutos sale con un cajón lleno de medicamentos. Me vuelve a mirar, aunque ahora más disimuladamente. Suena mi teléfono. Descuelgo:

- ¿Si?- pregunto con agrado.

Pasados unos segundos la conversación ha finalizado. Guardo mi teléfono y vuelvo a echar un vistazo al cielo. Finalmente, parece que no habrá tormenta. 

Una ráfaga de viento cruza la calle y yo acomodo de nuevo mi sombrero. Con paso firme avanzo y me pierdo entre la gente que con prisa se mueve por la calle.

* Candilazo: 1. Arrebol crepuscular. (RAE). 2. Breves instantes de tiempo en que aparece el sol para esconderse triste en días nublados. ( Acepción  oriunda  de mi pueblo y muy utilizada por mi madre).

miércoles, 22 de mayo de 2013

Encadenados

Él siempre quiso ser libre.

Libre para andar por donde quisiera, libre para gritar si la emoción le rebosaba el pecho, libre para agarrar, libre para experimentar, libre para no estar solo, libre para cantar, libre para soñar, libre para disponer de su tiempo, libre para no pedir permiso, libre para besar, libre para llorar, libre para amar a los demás, libre para ser libre y esclavizarse a aquello que le viniera en gana.





Pero todo se truncó con su propio nacimiento.

Horario para comer, horario para dormir, horario para el baño, horario para el paseo. No se permite llorar: "cuando el niño llore le pones en el chupete un poco de miel y se calma", no se permite andurrear: "mételo en el parque y así no te trastea por ahí y no te rompe nada", no se permite no comer: "si no te comes todo no vamos al parque"... Y todos esos libres se convirtieron en " no se puede...", y poco a poco, fue agachando la cabeza y metiendo el rabo entre las piernas, dócil, sumiso, convencido de que las normas son necesarias para un buen funcionamiento de la sociedad. Horarios en casa, horarios en la escuela, horarios en el trabajo, horarios en el gimnasio, horarios de autobuses, horario para dormir, horario para despertar, horario para hablar, horario para estudiar, horario para llegar a tiempo... Se convirtió en esclavo. Esclavo del tiempo, de dimes y diretes, esclavo del dinero, de la conveniencia, esclavo de la comodidad, esclavo de la mezquindad.

Su historia es parecida a la de muchos otros. Y si vas caminando por la calle y te fijas bien las puedes ver. Son esas cadenas sujetas al cuello de cada persona, y según la hora del día, época del año o estado actual de la economía nacional, unas tiran de un lado más que otras, y si todavía te fijas aún mejor, puedes ver como las personas se van poniendo de color morado, y su frente se va arrugando, y sus labios apretando, y los ves dar bocanadas en busca del ansiado aire que les refresque y que perdieron hace tiempo, y es entonces cuando su propia asfixia no les deja mirar alrededor, en realidad, es que no pueden, las cadenas les tapan la visión. Y dejan de ver, dejan de entender, dejan de amar, dejan de dar importancia a lo que la tiene, y se vuelven hurañas, interesadas, indecisas, egoístas y amargadas. Fanáticos de juegos de balón, de vírgenes de palo y de fenómenos televisivos que nada les exigen, que no les incitan a pensar, ni a esforzarse, ni a dar, ni a amar, quizás solo a gritar y dejarse llevar de un fervor pasional con el que olvidar un poco la presión de las cadenas que les oprimen.

Siempre quisieron ser libres, pero dejaron que las cadenas les asfixiaran cada día un poco más, puede que por desconocimiento o puede que por comodidad. 

jueves, 16 de mayo de 2013

Allí donde estaba...

Contaba con dieciocho años aún por cumplir cuando emprendí la partida de la casa paternal para comenzar una de las épocas más significativas de la mayoría de las personas, los años universitarios, significativa porque representa un chute de libertad e independencia, una época en la que el mundo amplía sus fronteras hasta límites insospechados, viviendo unas experiencias, en algunas ocasiones, cuanto menos pintorescas, por llamarlas de alguna manera y conociendo a toda una fauna de personas distintas; aspirantes eternos a notarios vestidos con camisa a cuadros y pantalón de tergal, cuya única conversación se reduce a recitar una y otra vez el temario de la oposición; personajes de aspecto rockero y heavy, pelo largo y barba, grande, gordo, y con el atuendo propio a base de camisetas negras de distintos grupos de este estilo musical y de vida; buscando bronca en cualquier lado, y pegando en alguna ocasión con sus huesos y sus carnes en la cárcel tras una pelea de bareto nocturno, y sin embargo, contando con el mejor expediente académico en la facultad de Sociología y Ciencias Políticas. Excéntricos estudiantes de arte al más puro estilo de Dalí, provocando en alguna ocasión situaciones bastantes tensas con la casera de la residencia de estudiantes en la que me había hospedado en este primer año de carrera, al pintar una de las paredes de la terraza, recién encalada por la dueña, con pisadas de colores. La obra la llevó a cabo tumbado boca arriba en el suelo, desnudo, y pisando con sus pies en la pared..., toda una obra de arte multicolor. En medio de este, podíamos llamarlo circo pero sin enanos, me hallaba yo, estudiante de primer curso de Derecho, disfrutando de una casa antigua pero muy digna, de estas casas que poseen una personalidad propia forjada a base de años en pie y un gran número de inquilinos diferentes viviendo sus vidas en aquellas habitaciones.

Tengo que decir que me encantaba mi habitación. Tenía un pequeño balcón, de estos que se les llama de entrepecho que daba a una de las calles estrechas del casco antiguo de la ciudad, y justo enfrente había un parque, siempre verde y muy bien cuidado, por lo que mi habitación siempre tenía mucha luz. No podemos decir lo mismo del pequeño cuarto de baño que compartía con mis vecinos de planta. Estaba justo enfrente de mi habitación y daba a un patio interior, y que al constar la casa de cuatro plantas y estar situado en la segunda, la luz que recibía a esta altura era más bien poca. Era pequeño, las tuberías a la vista, el suelo de cemento, estaba pintado de un color rojizo oscuro, y de vez en cuando, la pintura se descascarillaba por lo que había que volverlo a repasar. También contaba este pequeño cuarto de baño con una bañera de patas, y una triste cortinilla sujeta a una raquítica barra por medio de unas arandelas. Cada vez que entraba al baño un escalofrío recorría mi cuerpo, y cuando alguno de mis compañeros de planta se dejaba la puerta abierta, tenía que dejar lo que estuviera haciendo e ir a cerrarla. En un principio, yo lo atribuía a lo poco que me gustaba el aspecto en general del baño aunque más adelante descubrí que había otras razones.

Como ya he dicho anteriormente, la casa constaba de cuatro plantas. En cada una de ellas había dos dormitorios y un baño, excepto en la primera que también se hallaba la cocina y en el ático que sólo había uno. En total eramos siete los especímenes que allí nos cobijábamos, aunque en el momento de mi llegada, uno de los dormitorios del primer piso estaba sin ocupar.

El curso comenzó como empiezan todos los cursos, con muchas expectativas y muchas ganas, aunque al final, como siempre sucede con las expectativas, se acaban diluyendo convirtiéndose en rutina, triste y vulgar rutina. De no ser por los hechos que acontecieron que transformaron parte de nuestros días en todo menos en vulgares.

Un día, al volver de clase a mediodía, vimos que había nuevo inquilino. Fede, mi compañero de planta, exclamó, entre la ironía y la guasa, como haciéndole notar que éramos gente guay y que podía acercarse a nosotros libremente:

-¡Ya estamos tós! -  provocando una sonora carcajada por parte de todos los que allí estábamos.

Y entonces fue cuando nos dimos cuenta de que aquella persona que acababa de llegar no era como nosotros. Su habitación estaba justo enfrente de la cocina, tenía la puerta entreabierta, por lo que escuchó claramente el comentario y nuestras risas. Vimos cómo nos observó ligeramente por la raja de la puerta con cara de pocos amigos, y la cerró de un portazo, dejando claro que no eramos más que personas que habitaban bajo el mismo techo que él. La cosa estaba bien clara, así que si eso era lo que quería, pues eso sería lo que tendría.

Salvo Javier, el estudiante de arte que ocupaba el ático, y que aunque la relación con él era excelente, y perduró años después de aquello y dado que su excentricidad no le permitía llevar una relación de amistad y camaradería normal con los demás, el resto estábamos bastante unidos. Salíamos juntos de fiesta, y en alguna ocasión, nos reuníamos en cualquier habitación por las noches, para jugar a las cartas, escuchar música o cualquier otra cosa propia de este momento en la vida.

No nos habíamos percatado antes, pero se convirtió en algo muy normal, que a altas horas de la madrugada se escuchasen golpes y, a veces, rítmicos e intermitentes sonidos metálicos, como producidos al golpear las tuberías del baño. No les dábamos demasiada importancia, puesto que el edificio era antiguo, y solo era cuestión de tiempo que nos acostumbrásemos a estos ruidos.

Fue una noche de finales de enero mientras estaba estudiando para mi primer examen universitario. Debían de ser las tres y media de la madrugada. El turno de tarde al que asistía a las clases me permitía aprovechar bien las noches, pero aquel día el sueño me venció y me quedé dormido encima del libro, literalmente, con el flexo y la radio encendidos. Me desperté de un brinco medio atontado por las voces que se escuchaban  seguidas de un tremendo portazo.
Acto y seguido escuché como mi compañero de planta, me llamaba suavemente a través de la pared.

- ¡Alberto!
- ¡Qué! - contesté sin apenas poder hablar del sueño y el desconcierto que sentía.
- ¿Lo has oído?, preguntó en un suspiro.
- ¡Sí!, ¿qué ha pasado?
- Ni idea, pero si tú sales conmigo a ver salgo yo también, porque yo solo no me atrevo.

Salimos sigilosamente los dos a la vez. Nos quedamos en silencio en mitad del pasillo a ver si oíamos algo más, y poder determinar dónde habían sido las voces, cuando empezamos a escuchar pasos en la planta de arriba. Nos dirigimos a la escalera  y vimos como del mismo talante que estábamos nosotros, aparecieron nuestros compañeros al final de la escalera. Ya nos envalentonamos todos un poco.
Ninguno de nosotros fue capaz de determinar la procedencia de la discusión. Nos quedamos un rato reunidos en mi habitación, y estando allí todos se volvieron a escuchar los golpes metálicos y rítmicos.
Aquello empezaba a tomar un color que a ninguno de nosotros nos gustaba demasiado. Pero la vida sigue y la mayoría a la mañana siguiente tenía que madrugar.

Al mediodía, estábamos reunidos casi todos en la cocina, cuando Salva,el inquilino del primero, salió. No hablábamos mucho pero las normas de cortesía y educación si que las contemplábamos. Entró en la cocina para prepararse su comida, y aprovechamos para preguntarle:

- Oye Salva, ¿tú no escuchaste anoche nada de la que se lió?
- ¿Qué se lió anoche?
- Tío, ¿no digas que no te enteraste de nada?
- ¿Pero nada de qué?
- Pues que anoche hubo una tremenda discusión aquí en la casa y luego se oyeron portazos.
- Yo no me enteré de nada.
- Pues sí que tienes el sueño profundo, porque menudo jolgorio se formó.

A lo que ya no contestó nada.

Nadie sabe si los ruidos durante el día se escuchaban, porque la mayor parte de este lo pasábamos unos y otros en la calle, entre clases, estudiar en la biblioteca y demás, pero era llegar las nueve de la noche y los golpes iban en aumento. Había veces que se escuchaban durante un tiempo, luego paraban para volver a empezar pasado un rato, y tras varias semanas comenzó también a escucharse a distintas horas de la madrugada el llanto de una mujer que procedía del baño justo enfrente de mi dormitorio. Hasta que una noche, volvió a repetirse la escena de la discusión, aunque esta vez, sí que estaba despierto, y mis compañeros también.  En cuanto empezaron a escucharse las voces, salimos todos al encuentro. Las seguimos y nos llevaron a la primera planta. Una vez allí, se detuvieron de golpe, y de repente, un viento helado nos atravesó a todos y tras él el mismo portazo de la vez anterior. Resultaba imposible deducir qué puerta se había cerrado, no obstante, una cosa era clara, que allí no había nadie. El sonido no pareció de este mundo ni tampoco de este tiempo.

Salva no salió. El silencio era lo único que se podía escuchar desde el otro lado de su puerta.

El miedo que sentíamos no nos dejó dormir en toda la noche. Eso y los golpes incesantes en las tuberías del baño junto con el llanto desconsolado. Reunidos en mi habitación tomamos una decisión, al día siguiente haríamos psicofonías, no sabíamos muy bien qué sacaríamos en claro, pero teníamos que averiguar de qué se trataba aquello, y si estaba en nuestra mano, tratar de solucionarlo, porque resultaba francamente imposible hacer una vida normal, estudiar o dormir, con el golpeteo incesante y el llanto, por no hablar del terror que sentíamos.

Hicimos las psicofonías, aunque no sacamos nada en claro, salvo varias voces indefinidas que gritaban:

- ¡Déjame en paz!, ¡lárgate de aquí!

Y otras que parecían suplicar por su vida:

- Por favor, no me haga nada.

Decidimos que mientras solo fuesen los golpes y el llanto procuraríamos no prestar atención. Y en caso de volver a suceder la discusión o algo más extraordinario, tomaríamos cartas o simplemente nos mudaríamos.
Aunque lo más extraño de todo era la actitud de Salva. Le contábamos lo sucedido pero apenas prestaba atención e insistía en que no escuchaba nada. No sabíamos nada de su vida. Era una persona oscura y cerrada, al igual que su habitación, siempre cerrada, en la que nunca entraba la luz del sol. No sabría decir qué me inquietaba más, si la situación extraña que vivíamos o esta persona. Un día recibió una llamada telefónica y desapareció de la casa y, curiosamente, se hizo la calma.

Había pasado un mes desde todo el alboroto. Estábamos en las puertas de la primavera y casi habíamos olvidado todo lo vivido.  De nuevo estábamos en la cocina preparando el almuerzo cuando Salva volvió. Al parecer solo regresaba para organizar y recoger sus cosas. Se marchaba para siempre.

Esa noche, estaba preparando un trabajo de Derecho Romano que debía presentar en unos días cuando sentí una necesidad imperiosa de ir al baño. Salí de forma distraída de la habitación y allí estaba ella.
Era una figura femenina, vestida con una túnica blanca, aunque sucia y rasgada, levitaba en medio del pasillo. Su semblante era sereno, incluso parecía que sonreía. En menos de una décima de segundo se dirigió hacia mí y me traspasó. Sentí el mismo viento helado de la primera vez. Y ahí terminó todo.

Pasados unos años, a punto de terminar mis estudios, conocí a una chica, Ana, una noche en un bar de la ciudad, donde acompañaba con la guitarra a otro músico. Ambos dábamos conciertos en locales para ganarnos un dinero. Congeniamos de maravilla y nos vimos varias veces más. Hasta que un día me invitó a ir a su casa después del concierto. Ella era estudiante también y compartía piso con un par de chicas y un chico, que hacía poco que se había mudado con ellas.Tras hacer el amor, ella se durmió pero yo no podía conciliar el sueño. Sólo se escuchaba el sonido de su respiración junto a mí, y de forma paulatina y en aumento empecé a escuchar los mismos golpes en las tuberías de mi baño de mi primer año de estudiante y el llanto desconsolado de aquella mujer que pasara a través de mí años atrás. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y dí un salto de la cama absolutamente aterrorizado. Desperté a Ana a voces mientras le hacía de forma desesperada una única pregunta:

- ¿Cómo se llama el chico que ha ocupado la habitación?- mientras la zarandeaba por los hombros, fuera de mí.

Ella, aterrorizada también, me contestó, sin saber que no era yo la persona de la que debía tener miedo:

- ¡Salva, se llama Salva!

(Relato basado en los hechos que me contara un buen amigo, acontecidos en su primer año de estudios universitarios).


domingo, 12 de mayo de 2013

Cuando el amor entra por la puerta...*

La veo desde lejos. Jamás me he atrevido a acercarme. La conozco y ella me conoce a mí, desde siempre, pero nunca nuestros caminos se han cruzado. Y la veo desde el escondite que yo mismo me he creado. Y allí está ella, tan lejana, tan distante. Te juro que cuando la veo todo se mueve a cámara lenta, como en las películas. La veo hablar de forma distendida con sus amigas, mientras yo memorizo el color de su rebeca y de sus zapatos. La veo como les sonríe, y yo me muero de envidia porque ninguna de esas sonrisas es para mí. Siempre, desde la primera vez que la vi, he sentido algo especial por ella. Un escalofrío me eriza el vello cada vez que ella aparece, y si, en alguna ocasión cruzamos algunas palabras, mi alma queda al descubierto, porque ella la traspasa con su mirada.
Se acaba el recreo y hay que volver a clase. Los pasillos se quedan desiertos, y el bedel se pasea por ellos, dejando todo en orden y yo entro en clase, con ella en mi pensamiento, queriéndola en silencio.

A veces fantaseo y pienso, que quizás algún día, cuando yo me atreva a dirigirme a ella, a confesarme y a desvelarle mi secreto, ella me diga:

- Y por qué nunca me dijiste nada. Debiste al menos dejarme conocerte.

Y espero que discuta conmigo y se enfade, y me regañe mirándome por encima de sus gafas, a sabiendas de que mientras esté conmigo nunca le faltará nada.


*Cuando el amor entra por la puerta, la cordura salta por la ventana. (Jirones, XII, En los soportales, porticus-pluviis.blogspot.com)

sábado, 11 de mayo de 2013

Crónica de una muerte anunciada*

Gabriel García Márquez sabía lo que hacía. Sabía que quedaría para siempre en el consciente y, a veces, también subconsciente colectivo, si titulaba a su obra Crónica de una muerte anunciada. Cuántas veces en la vida nos vemos retratados en ese título. Dejarte llevar por una situación que desde el primer momento sabes que está abocada al fracaso, aunque ni al fracaso, simplemente a la nada más absoluta; como sabiamente dice el refranero popular "pasar sin pena ni gloria". Y aún todavía afecta y duele su final, a sabiendas de que eso era lo que llevabas esperando desde el principio, como si algo te sorprendiese. Esta naturaleza humana es la que más me desconcierta. Gastamos cantidades ingentes de energía en perseguir unas vivencias que no nos pertenecen, que no son para nosotros, y aún sabiéndolo, nos mantenemos en nuestras trece preparados para llorar su final.  

No lo tengo muy claro, ¿es la poesía que queremos darle a nuestra vida o solo soberanas tonterías?




* Crónica de una muerte anunciada, novela del escritor colombiano Gabriel García Márquez, publicada por primera vez en 1981. Su argumento gira en torno al asesinato de Santiago Nasar por parte de los hermanos de Ángela Vicario. Se le acusa de haber mancillado la honra de la muchacha. Hecho que es descubierto en la noche de bodas de Ángela por su marido, Bayardo San Román, quien la devuelve esa misma noche a su madre tras darse cuenta que no es virgen.

sábado, 4 de mayo de 2013

La mujer que sabía demasiado (o eso creían)

Mi nombre es Rebeca. Me educaron para ser una mujer formal, seria, respetuosa y, por encima de todas las cosas, responsable en mi trabajo.

No tenía todavía cumplidos los veinticuatro años cuando comencé a trabajar como secretaría en el despacho de un importante e ilustre abogado. Su reputación trascendía las fronteras del estado, y, sin embargo, era yo la que estaba llevando el timón, tan joven, tan ingenua, pero resultó que era muy capaz de cargar con todo el peso de su agenda, de sus horarios, de lidiar con la prensa en casos famosos, y hasta con sus secretos. Y todo ello, con la más absoluta discreción, de palabra, de imagen y hasta de pensamiento. Está feo que yo lo diga, pero era eficaz y muy buena en mi trabajo. Jamás de su despecho salió una filtración a la prensa cuando llevaba el caso de algún importante político, salpicado por algún escándalo económico o, que también los hubo, de faldas. Mis labios siempre han estado sellados y los cajones donde se guardan ciertos secretos también. Con una única llave que sólo yo tengo, y que guardo en un lugar fuera del despacho, y al que nadie le he revelado su ubicación, ni siquiera a él.

Él es una persona de una moralidad intachable. Si, en algunas ocasiones, se ha visto envuelto en situaciones de dudosa ética, ha sido provocado por un cúmulo de circunstancias a las que algunos de sus clientes lo han abocado por sus situaciones al límite, o más allá, de la legalidad. Porque Él se debe a su trabajo y a sus clientes y, si eso implica tener que ensuciarse un poco las manos, lo hace. Pero sólo por llevar a buen término su trabajo.

Hace ya mucho tiempo que mi vida se ha convertido en un cliché de película. Pero no me importa. Me siento realizada con ella. Cada mañana sé el sentido que tiene nada más abrir los ojos. Y no es, nada más y nada menos, que mantener en orden y a raya los pequeños detalles que hacen que los grandes funcionen. Esa es mi misión en la vida y, como no, esperar de su boca el elogio que, casi a diario, me profiere, al tiempo que me guiña un ojo.

- ¡Ay, Rebeca, no sé que haría yo sin usted!

Una vez, cuando evitó que el secretario del Ministro de Exteriores revelara ciertos datos que ponían en entredicho la política que llevaba el gobierno en un país de Asia, nunca aprendí a pronunciar bien su nombre, incluso me invitó a brindar con champán con todo el equipo. Aquello realmente fue un poco extraño, porque no es que realmente evitara nada, ni consiguió que las palabras de aquel hombre no tuvieran credibilidad alguna por medio de su trabajo, fue de la forma más cómoda y conveniente posible, y es que un día antes de la declaración de este hombre ante el juez tuvo un accidente de tráfico en el que murió. Nunca vi tanta alegría por la muerte de una persona. Pero bueno, así son las cosas en esta vida, unos ganan y otros pierden.

Hace un par de meses, más o menos, comenzó a trabajar en el despacho un nuevo pasante, Elías, es joven aún, no obstante, ya empieza a peinar canas. Tiene una simpatía que me tiene totalmente absorta. A veces, a la hora del café, se nos pasa el rato charlando y riendo, y es que tiene una alegría en su persona que lo rebasa y nos salpica a los demás, y eso hace que en algunas ocasiones, volvamos tarde al trabajo, aunque parece que a Él no le importa porque se hace el despistado y no dice nada. Para mí esto es algo nuevo. Llevo treinta y dos años trabajando aquí y nunca había hablado con nadie de otra cosa que no fuese algo relacionado con el trabajo, y tengo que decir que me resulta muy gratificante y, cada mañana afronto el día con mucha más alegría que de costumbre. Se podría decir que Elías es lo más parecido a un amigo que he tenido nunca. 

Ayer concerté una cita con unos hombres que suelen venir de vez en cuando. No sé exactamente a qué. Son muy reservados y tienen un aspecto hosco y desagradable. A Él, en apariencia, tampoco le gustan mucho, porque cuando se concierta cita con ellos el gesto le cambia, y se muestra serio y preocupado. Esta mañana cuando he llegado al despacho me ha pedido muy amablemente que va a necesitar ciertos papeles que hay guardados en un cajón de la mesa que hay justo a la entrada de su despacho. Yo no suelo ocupar esa mesa normalmente, es muy grande e incómoda. Elegí, sin decir palabra, una que hay en la sala de la entrada, normalita, como la de los otros miembros del equipo de menos categoría y,  a Él le debió de parecer bien, porque nunca dijo nada.

He salido en busca de la llave, hoy no he tenido que disimular, porque todos los demás están en el juzgado. Cuando he regresado con la llave he preferido entrar por la segunda puerta que da directamente al despacho que debería ser el mío, por donde suelen entrar aquellas personas que buscan sus servicios pero evitando en la medida de lo posible, ser vistos. Y mientras abría con diligencia los cajones cerrados me he apercibido de que los extraños hombres ya habían llegado. He oído, ya en el interior de su despacho a puerta cerrada, que Él musitaba algo con temor, al tiempo que se oía un golpe seco y el sonido de botellas caer al suelo. He supuesto que son del botellero que tiene en su despacho. Es aficionado al buen vino y buen bebedor. Tengo que reconocer que me he asustado, y justo cuando estaba abriendo el último cajón, ha entrado Elías, y me ha hecho un gesto con el dedo poniéndoselo en la boca en señal de que guardara silencio. Me he puesto muy nerviosa. Sin hacer ningún ruido, hemos salido de puntillas del despacho, y confiando plenamente en él, he hecho todo lo que él hacía, con tanto miedo que casi no podía ni respirar. Al pasar por delante de la pequeña cocina he visto que uno de los hombres, con gabardina larga, estaba allí, de espaldas, bebiendo algo, Elías ha podido pasar de un salto, pero el miedo a mí me ha paralizado, y me he deslizado dentro el pequeño cuarto de la limpieza que está enfrente y que tenía la puerta entreabierta. No sé como no me ha visto, juraría que me había descubierto, pero no. Me he quedado un rato callada, y firme como un palo tras la puerta, casi sin respirar y con miedo de que escuchara mi corazón latir. No sé el tiempo que ha pasado, yo oigo pasos de aquí para allá, algún carraspeo, y voces que llegan del despacho de Él, pero me siento tan confusa que no alcanzo a entender nada.

Elías ha venido en mi busca al pequeño cuarto, me ha agarrado fuertemente del brazo y sin darme cuenta, mis pies han volado junto con los suyos, y ya estamos en la calle en lo que a mí me han parecido dos segundos. Es curioso, mientras les estoy contando todo esto me doy cuenta de que llevo puesto el abrigo. No puedo entender cómo me ha dado tiempo a semejante frivolidad, sin embargo, a pesar de ir abrigada tengo mucho frío.

Sin poder moverme desde una esquina de la calle, he visto como Elias se alejaba de mí con paso ligero y subiéndose el cuello de la gabardina, mirando a un lado y a otro con aspecto nervioso. Luego he visto como salían los otros dos hombres con algunos papeles en la mano, y levantando un poco más la cabeza, he podido ver que se reunían con Elías al final de la calle, y los tres se montaban en un coche y se iban. 

Han pasado así como treinta minutos de aquello cuando han empezado a sonar sirenas a mi alrededor, ambulancias, coches de policía. He visto como personal sanitario viene corriendo hacia mí con todo el  instrumental necesario. Intento hablar con ellos pero no me entienden, les digo que estoy bien, que suban al despacho a ver como se encuentra Él, pero parece que no me oyen. Entonces presto atención a lo que con tanto afán hacen, y me doy cuenta de todo.

Me veo tirada en la calle con el cuello rebanado, mientras mi sangre rodea todo mi cuerpo. Y en ese momento, sale Él, con aire compungido y triste, mira hacia donde estoy yo, y, por un momento, he creido ver en su rostro un gesto de alivio y una mirada de infamia.



viernes, 26 de abril de 2013

El enemigo II: En el otro lado

Hoy hace treinta y dos años que me casé con Marieta. No es que me arrepienta, no, pero tampoco es que me sienta orgulloso de mi vida.

Después de pasar un entre aburrido y algo más que predecible noviazgo, nos casamos un cuatro de agosto, bajo una ola sofocante de calor procedente del Sahara.

Todo  transcurrió como la seda, ningún sobresalto, ningún incidente digno de recordar. Todo fue como debía hacerlo. Viaje de novios, trabajo, días tranquilos e hijos. Dos, son dos chavales que durante unos años nos hicieron olvidar que eramos personas y nos convirtieron en exclusivamente sus siervos. De sus llantos, de sus ritmos y necesidades, de sus enfermedades. Unos años después, de sus horarios, de sus actividades, de sus tareas escolares, de su agenda social, y de sus demandas constantes, de dinero, para  satisfacer caprichos, también de aquellas actividades familiares que para ellos eran vitales para poder sobrevivir, y no diferenciarse lo más mínimo de algún que otro amigo más adinerado. Felizmente, aquella etapa pasó. Aunque después solo ha quedado el silencio. Un silencio aplastante provocado quizás por el cansancio. El cansancio de una vida monótona, rutinaria, sin alicientes; una vida en la que cada día es igual a otro. No es que me arrepienta, no, pero hay mañanas en las que me despierto antes que suene el despertador y me paso largo rato imaginándome una vida distinta mientras memorizo cada rasgo particular del techo sobre mí. De niño siempre quise ser astronauta. Cosas de críos. Quién no ha deseado serlo alguna vez. Y ahora ya de mayor, con una familia a mi cargo, me veo pasando largos ratos fantaseando de nuevo con una vida emocionante y llena de aventuras. Me invento que llego a convertirme en miembro de una élite superior. Y que tras varios intentos fallidos de colonización de un planeta lejano, me convierto en pieza clave, con una nueva estrategia para llevarla a cabo, al ser el último de esa estirpe de triunfadores. Y allí estoy yo, en pie frente a la puerta de mi nave, esperando que se abra, digno, vencedor, valiente, y preparado para comenzar una misión que no solo me elevará a la gloria a mí, sino que de mi mano llevaré a la perpetuación de la especie a toda la humanidad. Y allí me veo yo, frente a esa puerta automática abriéndose mientras toda la estancia se llena de una luz cegadora aunque cálida tras el chasquido de la puerta automática, emocionado y dispuesto para la acción.

domingo, 21 de abril de 2013

El enemigo I

La fantasía abandonada de la razón
produce monstruos imposibles: 
unida con ella es la madre de las artes
y origen de las maravillas. 
(Francisco de Goya)
Se puso en pie y se colocó justo delante de la puerta automática que estaba a unos minutos de abrirse.

Respiró profundamente y estiró aún más su espalda, elevando  tanto su barbilla, que casi parecía que miraba hacia arriba. No era más que la emoción del momento, los nervios y la expectación. Toda su vida había soñado con ser uno de los Elegidos, un especial los solían llamar. No sabía muy bien si había perseguido su sueño o su sueño lo había perseguido a él, la cuestión es que había pasado toda su vida preparándose para este momento y allí estaba en el lugar donde siempre había deseado estar. Es tanta la ilusión, el anhelo y el deseo cuando se lleva tanto tiempo esperando, que llegado el momento, el anhelo se transforma en incertidumbre y la incertidumbre en miedo.



Sentía miedo y un estremecimiento que lo incitaba casi a desvanecerse, a desaparecer. Sabía que tras él, ya no habría nadie. Él era el último, y esa idea le oprimía el pecho. Notaba el circular de la sangre por sus venas, la sintió cómo por toda su cabeza, la punta de los dedos de sus manos, la yugular de su cuello, bombeaba con tal fuerza que muy fácilmente podría causarle una apoplejía. El corazón bombardeaba sus oídos. Lo oía en su frenética carrera a no se sabe dónde. Una carrera sin destino ni propósito. Empezó a notar cómo su pecho se agitaba desmesuradamente. Le faltaba el aire. Tanta prisa tenía su corazón en llegar a ningún lugar que el tomar aire se convirtió en un acto tan preciso y frenético como la excitación que sentía. Si la puerta tardaba un segundo más en abrirse sabía que solo tenía dos opciones, en el mejor de los casos, sería un simple desmayo. Y entonces fue cuando se apercibió. La tensión en sus músculos era tal que a duras penas era dueño de su cuerpo. Las piernas se habían quedado clavadas en el suelo. Apenas se sentía con fuerza para mover sus pies un milímetro de donde se hallaban, y sus manos temblaban como una hoja empujada por el viento en una tarde otoñal. Comenzaron las dudas: quizás no debí haber venido, debí elegir una vida sencilla, casarme con Marieta, tener hijos con ella y fichar cada día de nueve a dos. Volver a casa. Volver a un lugar tranquilo, limpio, claro, lleno de amor y juguetes tirados por el suelo. Hijos. Educarlos y ayudarles a hacer las tareas escolares diarias.  Lo recibirían en la puerta de su casa cada día, con una amplia sonrisa, mientras lo llaman ¡Papi, Papi! levantando sus brazos, reclamando su atención, su contacto físico. Cada día sería igual a otro. Y Marieta. Sólo por ver su sonrisa cada día merecería la pena vivir esa vida tranquila. De repente, una ligera caricia, como un tenue soplido por su nuca lo sacó de aquel letargo sentimental, y un escalofrío le recorrió todo su cuerpo. Empezando con un suave hormigueo para ir bajando y repartiéndose por las extremidades superiores, columna abajo y piernas. Por un momento, le invadió el presentimiento de que detrás de él había alguien más. Alguna fuerza quizás, energía propia de aquel lugar extraño,  y sin posibilidad alguna de moverse, se dio cuenta de que no era más que una gota de su propio sudor que resbalaba tímida y fría por su piel, cada vez más tensa dentro de aquella escafandra, la cual veía empañarse progresivamente con el vapor de agua de su propio aliento. Su respiración había alcanzado ya la categoría de jadeo. Estaba al límite del colapso y decidido a renunciar en ese mismo momento. No estaba dispuesto a dejarse, en el más seguro de los casos, allí su vida. No. Ya no quería. Pensó: -si consigo llegar al panel de la izquierda justo detrás de mí, y pulsar el botón Abortar Misión, en un suspiro estaría de vuelta en casa. Empezó a girarse lentamente, aquel maldito traje pesaba como nunca antes. Recordó que sus piernas no le obedecían, pero cuando dispuso de ellas comprobó que se movían con gran celeridad. Ahora ya no era el miedo lo que las atenazaba sino la prisa. Debía pulsar el botón antes que se abriera la puerta. Rápido, más deprisa, he dado un paso, dos, alargo mi brazo, abro la tapa que protege ese mando, ya, al fin, lo tengo...
Lentamente, la estancia comenzó a iluminarse con una luz cegadora aunque cálida tras el chasquido de la puerta automática. Nunca volvería a ver a Marieta, daba igual, no sabía ni dónde debía buscarla.

sábado, 13 de abril de 2013

Dosis de surrealismo III: Teatro del absurdo

                                                     
Tarde - noche recién llegada.

La jornada laboral ha sido dura, como siempre. Y como siempre el Casablanca nos acoge en su seno. Los que allí nos reunimos a diario, lo único que pretendemos es hacer las horas previas al descanso más distendidas, relajarnos y olvidar, o al menos, dejar fuera de aquellas paredes, las tribulaciones del día a día, que, por regla general, aunque no siempre, claro, no tienen importancia vital, aunque nosotros solemos darles prioridad máxima, y como moscas -todos conocemos el adjetivo atribuido a dichos insectos- vienen a zumbar en círculos alrededor de nuestras cabezas. Y allí, entre charlas, buena compañía, músicas, revistas, juegos y unos cuantos etcéteras que se puedan ocurrir, esas moscas - todos conocemos el adjetivo atribuido a dichos insectos- se aburren y se van. 

Acabamos de llegar, el que en ese momento era mi novio al más puro estilo convencional, y yo. No puedo recordar quiénes eran los que allí ya se encontraban sentados en varios taburetes en la barra, aunque sin necesidad de recordar con exactitud podría recitar algunos de sus nombres, puesto que siempre eramos los mismos. Estaban charlando, mientras se escuchaba el sonido de la tele puesta. Llegamos y nos unimos al grupo. La tele se encuentra en la pared, colgada a la izquierda de la puerta de entrada justo a su misma altura, de manera que la persona que sube las escaleras para entrar no puede verla, hasta que ha entrado al local y se coloca frente a ella.

En la tele empiezan a hablar de algo que debe ser interesante, porque capta la atención de todos los allí presentes. Así que, abandonamos la charla y todos sentados en los taburetes, frente a la tele, mirando hacia arriba muy concentrados en el aparato y en lo que de su interior salía. En eso nos hayamos cuando por el rabillo del ojo vemos a alguien que sube por las escaleras. Pero, lo que dicen en la tele debe ser tan cautivador que nadie mueve un músculo ni pestañea, cuando vemos a ese cliente amigo llegando. Ve la escena que estamos representado a través de la cristalera y lleno de curiosidad rápidamente entra para ver  qué están emitiendo que tan absortos nos tiene, cuando en el mismo instante de su entrada, la tele se apaga, él se gira mira la tele y la ve apagada, un silencio absoluto, y a todos nosotros, que no nos habíamos movido aún, pendientes de una pantalla negra. Todo sucede en décimas de segundo, y el pobre con cara de espanto, dice:

- ¡¡¡Ehhhhh !!! ¿¿Pero qué estáis haciendo??

(Dicho en voz muy baja y hasta un poco asustado: todos recordamos la primera parte de la película Poltergeist).

Nos damos cuenta de la estampa y ya pues se puede uno imaginar el cachondeo.

martes, 9 de abril de 2013

Niños



Niños.


"Esos locos bajitos".




Lástima que olvidemos quienes fuimos...¿lo olvidamos? ¡Ay, espero que no! Yo tengo claro que no la he olvidado, a mi niña, la mimo y la cuido como si de algo mío se tratara, pero ¿y tú?
Hay veces en las que se hace muy cuesta arriba estar con ellos y mantener el tipo, aunque, básicamente se trate porque debemos mantenerlo acorde a unos cánones establecidos de cómo es como debe comportarse el adulto, pero ¿qué adulto? si estamos deseando en cualquier momento de soltarnos la melena y actuar como ellos y, ¡ay de aquel que no desee en su más secreto interior no hacerlo! Pero siempre hay que mirar a los lados y ver quién es quien nos puede estar viendo.

Cuando me suceden cosas como las de hoy, no es risa lo que me provoca, ni siquiera gracia, es una profunda ternura por unos seres, que en su más genuina inocencia, son capaces de pensar y hacer palabras sus pensamientos, sus disquisiciones mentales, sin ser conscientes siquiera del alcance de aquello que están diciendo. ¡Adoro los momentos que me regalan! y, en definitiva, ¡adoro a los niños! Por su simpleza, por su inocencia, por su ingenuidad, por su autenticidad, por su alegría, y por su falta de maldad aún cuando hagan maldades, porque no van buscando hacer el mal, sino la diversión, la broma y la risa, simple y llanamente.

Estoy ayudando a resolver un problema de matemáticas a una de mis niñas que aún no tiene los nueve cumplidos. Aún está copiando el enunciado, un poco largo, y mientras ella escribe le voy anticipando que este problema es un poco más difícil que los anteriores. Ella que va prestando atención a lo que copia, me dice:

- Yo estoy pensando un poco lo que hay que hacer, pero no estoy segura de si lo que pienso está bien o no.

Para de copiar, me mira, y con esos ojos grandes llenos de ganas me pregunta:

- ¿Está bien lo que estoy pensando?

¿Y qué le puedo contestar yo ante tamaño concepto que tiene sobre mí? ¡¡¡Qué me hace capaz de leerle el pensamiento!!!

Acabamos de hacer matemáticas y cambiamos a inglés. El angelito quiere hacerme una demostración de sus grandes conocimientos del idioma, puesto que su madre la lleva a una academia especializada. Comienza a preguntarme el significado de palabras, poniendo a prueba mis conocimientos del mismo. Claro, si yo sé lo que me pregunta pues lo contesto, hasta que cansada de que acierte siempre, me dice:

- ¡¡¡¡ayyyyyyy, dime una que no te sepas!!!!

¡Ay, chiquita! ¿si no me la sé cómo te la voy decir?


(Finalmente, ha dado con una que no sabía: Guess it!)




lunes, 25 de marzo de 2013

Tardes de paz

Si hay algo que la vida nos arrebata y ya nunca nos lo devuelve es el tiempo, en forma de tardes de paz, que las llamara Luz Casal. Entrada la primavera y en tardes vacacionales, lo que más echo de menos en mi vida es a mis amigos y a mí haciendo nada por ahí, estrenando la primavera, puede que no con buen tiempo pero sí con más horas de luz, un par de ellas más he podido comprobar hoy, que he pasado una tarde de esas, pero con la única compañía de mis gatos, que aunque son insustituibles, no es lo mismo.


Tardes eternas sentados en un banco en los Sáuces, subiendo a la Mota de litronas, o porque sí, porque al no saber muy bien en qué emplear el tiempo, la cuestión es moverse de aquí para allá, pero cogidos de la mano, siempre de la mano, en sentido metafórico, a veces. Y no sé por qué, siempre que me siento nostálgica por aquel tiempo, recuerdo a uno de mis amigos, que es la viva imagen de lo que quiero transmitir.


A esas edades (y más adelante también) uno sufre mucho, generalmente suele ser por desamores. Y, pobre, a él siempre le tocaba ser el hombro en el que llorar. En aquellos tiempos, aún se conservaba la costumbre en los hombres de llevar pañuelo de tela, rápidamente se perdió por la incursión en el mercado de los pañuelos de papel, pero como era costumbre de los padres, los pequeños adolescentes, lo llevaban también. De este amigo mío, he conservado hasta no hace mucho tiempo un par de pañuelos, uno blanco y otro con rayas azules. Llegaron a mi casa, tras él muy caballerosamente, dárselos a mi hermana para enjugar sus lágrimas, en dos ocasiones de las que quedó una prueba material, de las que no quedó se perdieron en el olvido; y como las chicas hacíamos nuestros primeros pinitos con el maquillaje, los pañuelos quedaron manchados de rimmel, por lo que fueron a parar a la lavadora de mi casa y nunca fueron devueltos. Resultaron ser excepcionales para la limpieza de los cristales de mis gafas, y tengo que decirle, aquí y ahora, que los dos han ido a parar a la basura llenos de agujeros por el desgaste del buen servicio que durante casi treinta años han ofrecido.

Extraño destino el de estos pañuelos que decidieron pasar su vida tan cerca de unos ojos, procurando siempre mantener la mirada limpia de mi hermana y mía.

Gracias Llado.

sábado, 23 de marzo de 2013

"Me hice cabrona en defensa propia"*

No hay más cera que la que arde,
y la mayoría de las veces no queremos darnos cuenta.

Cada persona es como es,
y nos empeñamos en adjudicar
aquellas cualidades que nosotros creemos entrever en ellas.

De ahí los llamados "palos" que nos dan.
Y, en realidad, somos nosotros mismos los que nos los damos
con empeñarnos en ver en las personas aquello que no son,
o esperando que den algo que les es imposible dar.

Esperar demasiado, ese es el problema,
esperar demasiado de un mundo en el que nadie,
o casi nadie, se pone en el lugar del otro;
vemos el mundo y las circunstancias acorde
a la altura a la que se encuentre el ombligo de cada uno.

Hay ocasiones en que uno se ve inmerso en situaciones
que cuanto menos podemos llamarlas surrealistas,
y es que, los hay, que ni siquiera se molestan en disimular un poco.
Y hacen daño, sin intención, por supuesto,
pero lo hacen. 



(En estos días atrás leí que la religión con más adeptos del mundo es el Ombliguismo, creo que tengo que estar de acuerdo.)

* Y mira que no quiero, pero al final lo van a acabar consiguiendo.