Cuando era pequeña y llegaba el verano, teníamos por costumbre convertirnos en domingueros. En aquellos tiempos me disgustaba ese calificativo, puesto que nos convertía, al mismo tiempo, en gente de pueblo, que pensaba yo por entonces, con menos glamour que otras gentes, llegadas quizás, de la capital. Primero, éramos domingueros en familia: padres, tíos, primos, vecinos, y gente desconocida; más adelante pandilleros domingueros, para luego pasar a otro nivel, que consiste en pisar la playa de higos a peras, que dice el refrán, al menos en mi caso. Tanto si era en familia como en compañía de los amigos, a la vuelta siempre la acompañaba un sentimiento nostálgico y cierta reticencia a abandonar el lugar. Recuerdo cómo la noche iba cayendo lentamente, y desde mi asiento, con los viajeros en silencio agotados tras exprimir cada segundo del día, aprovechado cada rayo de sol, saltos sincronizados con las olas o remolinos de la brisa marina, mecida por el traqueteo del autobús y arrullada por el sonido del motor, veía cubrirse de luces nocturnas el horizonte, y también recuerdo alguna ocasión en la que la luna llena era dueña y señora del cielo tras haber dejado su rastro en esa mancha ahora oscura que era el mar. Era en esos momentos cuando me asaltaba la idea de que, por bueno que hubiera sido el día, me estaba perdiendo lo mejor. Y es que toda una vida distinta se me figuraba en la noche a la orilla del mar. Quizás es por eso por lo que siempre he deseado vivir donde los paseos al atardecer te llenen de fina arena los pies. Hoy formo parte de ese paisaje de luces nocturno, soy una de esas luces encendidas tras una ventana. Y como todo en la vida, hay una gran diferencia entre imaginar y convertir lo imaginado en realidad. Paseo a la hora en la que se encienden las luces, en busca de la arena, y comprendo que la vida no tiene nada de especial en este o en otro lugar, que es el verano, el que con su anhelo de vivir el poco tiempo del que dispone, adorna todo con las mejores galas que nos pueda ofrecer: gentes relajadas. niños arrugados en las piscinas o en el mar..., tanta luz, y música, tanta música por donde quiera que vayas acompañada de coros de niños que al unísono te sorprenden y te arrancan la mejor de las sonrisas, que llegas a dudar si las melodías que escuchas no sean acordes que exhale el viento con la brisa del mar.
La imagen es un detalle de una obra perteneciente a la colección de la Vinoteca alemana, en Muxia, A Costa da Morte. Desconozco el autor de la obra.
jueves, 14 de julio de 2016
viernes, 3 de junio de 2016
Es por ti
Existe un lugar en el mundo al que no podemos acceder. Existe un lugar en el cielo al que todos anhelamos llegar, aunque no nos es posible, para ello tendríamos que aprender a mirar con ojos nuevos. Existe una mirada que nos envuelve allí donde vayamos, pero que en la mayoría de los casos no somos capaces de ver. Es la culpa que hemos de pagar. Existe un lugar donde nos esperarán.
Llegan, y su sola presencia llena el tiempo y el espacio de voces de ternura, de peleas tontas, de caricias, del silencio cómplice. Sólo compañía, solo amor. Amor sin celos, amor sin posesión, amor sin memoria. Amor sin más. Existe un lugar donde deseo algún día llegar. Lo único que podemos hacer los que te lloramos es agradecerte el haber llenado nuestro hogar.
Espéranos, que allí donde estás, la espera será corta y placentera.
Feliz partida y felices reencuentros.
lunes, 25 de abril de 2016
En días de infortunio
Dicen que cuando una puerta se cierra se abre una ventana y, que cuando alguien dice que no cree en las hadas una muere en el País de Nunca Jamás.
Margarita no entendía de problemas laborales, ni de problemas económicos, sociales, culturales ni sentimentales; no entendía que nacer y vivir en este mundo es solo una cuestión de suerte. Ella nació siendo víctima, como también nacieron víctimas sus hermanos, y como anteriormente nacieron víctimas su madre y su padre también. Víctimas de un sistema, de una sociedad y de una forma de vivir.
Margarita llegó la tercera, y tras ella llegaron dos niños más, siendo ella la única niña en el ecuador de cinco hermanos. Nació simpática, guapa, con un salero y un desparpajo que conmovía y enamoraba a quien la conocía. Virtudes que en este mundo bien podían ser un premio o convertirse en motivo de esclavitud.
Cuando su padre y su madre sin proponérselo acabaron siendo padres por primera vez, eran demasiado jóvenes. Hijos de familias que, a su vez, sus padres habían sido demasiado jóvenes, e inmersos en un círculo de pobreza e incultura que les impedía avanzar. Pero estos niños habían nacido bajo buena estrella. Se criaban gracias a la caridad, a medias estatal y a medias cristiana. Internos en un colegio, estaban bien alimentados, bien vestidos, iban a la escuela a diario, gozaban del calor de maestros y compañeros, supervisados por la gran institución estatal, pero también y más importante aún, gozaban de un padre, que a falta de grandes entendederas les daba lo único que podía darles, la dedicación que les era permitido y el amor fraterno que ni la pobreza ni la falta de letras le podía arrebatar. Amor que era correspondido por esos cinco niños que sentían por él verdadera adoración.
Y así se fueron sucediendo los años de la mejor manera posible, hasta que un día, cuando Margarita era una niña de siete, aquella buena estrella cambió de destino, y un día de vacaciones de Navidad, su madre decidió que ya no los quería más, que correría tras aquel galán guapo de brazos fornidos, que le prometió una vida plena a un millar de kilómetros de su pueblo natal. Se los metió debajo del brazo, y al responsable que había de guardia aquel día en el cuartel le dejó de regalo a los cinco que un día viera nacer, mientras su padre se desgarraba impotente tras los muros de aquel cuartel esposado de pies y manos por culpa de una ruin mentira. Y así fue como la buena estrella de aquellos niños se apagó.
No pasó mucho tiempo hasta que el furgón que vendría a llevarlos a una nueva casa, que no un hogar, aparcara a la puerta de aquel lugar, y al subir Margarita junto a sus hermanos llorando y temblando de miedo, sintió el fuerte portazo tras de sí. Pero no hubo ninguna ventana que se abriera por ningún lado dejando entrar una ligera brisa con la que volver a respirar.
Hoy han pasado once años desde aquel día. Hoy es el décimo octavo cumpleaños de Margarita, aunque no hay nada que celebrar, tan solo una maleta junto a una puerta que nunca cruzó de la mano de una nueva madre que la quisiera. Margarita sabe que la van a ayudar, pero hoy recuerda a sus hermanos, a los que perdió cuando los adoptaron y a los otros que perdió el día que cruzaron la misma puerta que hoy ella debe cruzar. Siempre soñó con el reencuentro, pero no sabe ni cómo ni por dónde empezar. Y firme bajo el umbral de la puerta, agarra fuertemente la maleta, respira hondo, y con el miedo mordiéndole la boca del estómago, unas palabras no dejan de revolotear en su cabeza, unas palabras que leyó en algún cuento infantil: “no creo en la magia, no creo en las hadas”, se repite. No se atreve a pronunciarlas en voz alta por temor a ser ella el hada que muera en el País de Nunca Jamás.
jueves, 8 de octubre de 2015
Solo la tierra es testigo
Mi abuela nació en el año 1912, por lo que cuando se hundió el Titanic, la Tierra ya contaba con su presencia. Nacida de una familia de posibles venida a menos, según tengo entendido por culpa de las malas artes de las que presume el juego, comenzó un camino de penurias cuando a los dos años de edad, su madre, mi bisabuela, murió de gripe. Casada bastante joven con un hombre que no le dio buena vida se dispuso a parir a mi madre un año antes del alzamiento del militar, posteriormente caudillo de este nuestro país durante cuarenta años. Siendo así las cosas, madre de dos bebés, tuvo que sufrir una cruenta guerra civil, como lo son todas las guerras, corriendo de un lado a otro con los niños a cuestas según el pánico y las gentes la iban guiando; el fusilamiento de un hermano (cuyo nombre no aparece en el monumento en honor de los asesinados en aquellas fechas situado en el campo santo de esta mi localidad, aunque ya estoy yo para recordarlo), todo ello aderezado con las malas prácticas de aquel que fue mi abuelo, al que le gustaba mucho el vino y peor le sentaba el beber, y el que creía que ella y sus hijos bien se podían alimentar de la caridad mientras él acumulaba y escondía las perras que ganaba con su oficio de barbero.
Hoy me ha venido a la memoria mi abuela, que ella, y tantas otras como ella, sola sabrá el sufrimiento que se llevó a la tumba, por culpa de una avioneta. En mi adolescencia me solía reír de ella, ingenua adolescencia, cuando al oír una avioneta o un avión surcando los cielos, no podía menos que echarse a temblar y ponerse a rezar, para que "el aparato" pasara de largo y no soltara ninguna bomba. Escucho la avioneta, y como buena habitante de pueblo, o de provincias, que también nos suelen llamar, salgo corriendo a la ventana a verla pasar, y me entristezco mucho por mi abuela, porque lo único que me trae a mí al recuerdo es una escena de la película El paciente inglés.
Solo la tierra es testigo, y con suerte también las piedras. Los demás no tenemos derecho a juzgar.
Solo la tierra es testigo, y con suerte también las piedras. Los demás no tenemos derecho a juzgar.
A mi abuela Josefa
viernes, 3 de julio de 2015
Y se quedó entre nosotros
Aquellos días había un gran revuelo en todo Plusvatia. Se acababa
de descifrar el mensaje llegado desde el espacio exterior. Su origen se situaba
en una zona desconocida y aún sin explorar. Un planeta pequeño en el sistema de
una estrella mediana en un brazo exterior de una galaxia espiral. Planeta
Tierra, lo llamaban aquellos seres desconocidos hasta ahora. Este descubrimiento
marcó la infancia de Ev, el cual convirtió en su único objetivo viajar a aquel
lugar.
Cuando Ev entró en la escuela de viajes estelares, no pudo tener
peor suerte con el compañero que le había sido asignado. Era Rebec, sobrino del
Príncipe Interplanetario, al que todos llamaban Re, la persona más torpe que
jamás había nacido de linaje real. Especialista en desbaratar cualquier plan
con alguna torpeza. Su familia lo colocó allí, para perderlo de vista durante
los viajes estelares, y ahora, era en quién debía depositar una confianza
ciega.
Cuando Ev acabó sus estudios, cum laude, era el mayor especialista
en transmutación corpórea, reputado y respetado expedicionario. Sus misiones consistían
en el estudio de otras formas de vida in situ, o lo que entendemos en la Tierra
como cotilleo puro y duro. Y siempre junto a él, el piloto más desastre que
había en el planeta: Re.
Acababan de llegar a aquel bonito lugar y se hallaban sobrevolándolo
en modo camuflaje. Ev, estaba concentrado en la tarea que tenía frente a sí.
Infiltrarse entre los humanos y obtener todos los datos posibles de la especie.
Mientras que Re, lo único que tenía que hacer
era escoger un buen modelo de humano que copiar para la transmutación e
introducir los datos fisiológicos de ese ser en un dispositivo que iba
conectado al sistema nervioso central de Ev. Ahí estaba toda la programación
para convertirse en humano y, posteriormente volver a su estado original. Por
otro lado, las órdenes eran clarísimas, una vez Ev se inflitraba entre aquella
raza, el plazo límite de espera eran veinticuatro horas, pasadas las cuales se
le daba por desaparecido y se declaraba el lugar como hostil.
-
Re, ¿Tienes
preparados los datos?, preguntó Ev
escuetamente.
-
Sí, respondió Re con una sonrisa bobalicona.
-
¿Has
programado correctamente el procedimiento inverso de la transmutación para volver
a mi estado normal?, insistió Ev con desconfianza.
-
Sí,
claro, ¿por quién me has tomado?, le reclamó.
Por el plusvatino más tonto que he
conocido, pensó Ev.
Apareció sobre un camino de suelo gris donde se escurría un poco
al avanzar. No vio a nadie. Comenzó a desplazarse dándose cuenta en ese momento
que iba a cuatro patas. No había dado más de veinte pasos cuando se topó de
frente con dos especímenes diferentes entre sí que acababan de doblar una
esquina. Uno iba a dos patas, y el otro a cuatro, pensando que este último era
el ser con inteligencia superior, ya que se desplazaba como él. Pero algo iba
mal, ya que era el que iba a dos patas el que emitía sonidos similares a un
lenguaje elaborado, y que pareció sorprenderse mucho al verlo allí. Emitió unos
sonidos, que supuso serían palabras, que él no pudo copiar, y en ese mismo momento el pánico lo invadió. Intentó
volver a su estado natural, aunque pusiese en riesgo la misión, y por más que
lo intentó no lo logró.
¡Maldito capullo enchufado!, un grito atronador que solo se escuchó en el interior de su cabeza. ¿En qué me habrá transmutado?
Como
el ser a dos patas le iba haciendo señas para que lo siguiera, decidió que esa,
de momento, era la mejor opción hasta que algo se le ocurriera para escapar de
allí. Mientras seguía a aquel ser, observó a más como él que se iban parando y
hacían aspavientos mientras lo observaban, emitiendo unos sonidos extraños, a
veces, estridentes, que no eran palabras
pero que les proporcionaban gran placer, eso era evidente. Lo seguía por inercia,
atrapado en el cuerpo de un ser que no era el dominante, en un planeta extraño
y sin posibilidad de escapar. Se temía lo peor. Y no se equivocaba. Después de
un largo paseo por un camino de tierra y polvo, se abrieron unas grandes
puertas ante él y con auténtico pavor observó a un gran número de seres
semejantes a él que lo observaban con una aparente plácida tranquilidad, mientras que
el único sonido que acertaba a emitir era Beeeeeeeeee.
viernes, 5 de junio de 2015
Let me go home
Estamos acostumbrados, por regla general, a sentir vergüenza por nuestros sentimientos. Y así vivimos de forma artificial, dando la espalda a lo único que poseemos genuino y propio, lo que nos define a cada uno de nosotros y nos hace ser como somos.
Dicen que la primavera la sangre altera, y cosas así. Quizás es que la explosión de vida que rodea todo alrededor, nos incita a sacar de dentro el brillo y la luz que se quedan escondidos y atemorizados, en algún rincón del corazón, con la tristeza del invierno, cuando todo queda agazapado.
Explosión de vida, de ideas y de ganas. De ganas de vivir antes que la oscuridad lo cubra todo de nuevo. No, no voy a repudiar el sentimiento romántico. Más bien, deseo airearlo, mimarlo y acunarlo, sentirlo y dejarme llevar por él. Hace tiempo que la alegría entró en mi casa, allá por finales de marzo, y desde entonces no ha dejado mi corazón de palpitar al ritmo de una canción de amor. No sé si vendrá o simplemente se disipará con la llegada del otoño, como tantas otras veces en la historia de mi vida, pero tan solo rememorar cómo es el comienzo de una historia de amor llena los días de una manera que, sinceramente, tengo que reconocer, ya había olvidado.
martes, 14 de abril de 2015
¡Leed insensatos! ...
...Y haréis vuestro el mundo.
Leí El Principito, y planté rosas en mi patio.
Leí a Huxley, y comencé a vivir en el futuro,
que ya se había escrito.
Leí a Gordon y entendí de vocaciones.
Leí a Pratchett y Gaiman, y me reí.
Leí a Coelho y rectifiqué el rumbo.
Leí a Machado... y me leí a mí misma.
Leí a Tolkien y supe de valores,
leí a Dumas, y olí a flores,
leí a las Bronte y conocí de locuras y de amores.
Disfruté a Superlópez y aprendí la supervelocidad,
la 13 rue del Percebe, y lo pintoresco de las comunidades.
Me estremecí con Bécquer, y puse palabras a mis suspiros.
Leí a Shea, y perdí al amor de mi vida.
Leí a Eco y reconocí la intolerancia y la ruindad
del poder, el que a nadie desea el bien.
Leí a Asimov y comprendí,
sencillamente comprendí la razón del régimen establecido.
Leí y leí, que no libros,
leí otras vidas, leí otras almas.
Leí a Don Eduardo*, y enjugué lágrimas,
por el amor mayúsculo y
la impotencia de no ocupar su lugar en el mundo.
*Eduardo Galeano
viernes, 2 de enero de 2015
Northern Exposure
Hoy me entero de que mi madre lleva tiempo un poco obsesionada con esos bichitos insignificantes, microscópicos, como lo son los ácaros. Mi madre, que a sus setenta y nueve recién estrenados, cargando a sus espaldas una guerra y una posterior, no menos terrorífica posguerra, y que ha tenido que vérselas con otros no tan insignificantes bichitos, viene ahora a preocuparse por esos otros infames bichos. Claro, que quién no lo ha estado. Recuerdo que allá por los primeros noventa, disfrutando de aquella magnífica serie de televisión Northern Exposure, más conocida aquí como Doctor en Alaska, me topé con un capítulo en que Maggie se encontraba en la misma situación en que se encuentra ahora mi madre. Tanto que quería llegar a desinfectar el mundo, tanto que llegó a convertir su vida en un auténtico infierno. Gracias a dios que llegó a una inteligente conclusión y es que, en este mundo todo está conectado, que todo existe por alguna razón, y que la existencia de cada ser, de cada planta, de cada grano de arena está ahí porque ahí es donde debe estar. Y digo que gracias a dios porque después del dichoso capítulo me tocó a mí obsesionarme, pero yo jugaba con ventaja y, cada día trataba de convercerme con la conclusión a la que Maggie llegó, hasta que me la creí y los olvidé.
Hoy, me ha dado mucho coraje, que mi madre, a sus setenta y nueve recién estrenados y con una guerra y una terrorífica posguerra a sus espaldas, esté preocupada por esos arácnidos tan mal afamados, y todo por culpa de la caja tonta que nos vende mentiras a destajo, y nosotros nos las creemos, simplemente porque lo dicen en la tele.
Y lo cierto, después de todo, es que existen dos mundos. Existe un mundo real, lleno de Vida: plantas, tierra, otros seres. pero también existe otro mundo no real, inventado, limpio, desinfectado, aséptico, muerto. Un mundo tan de espaldas a nuestra propia naturaleza, que nos está provocando enfermedades, tan de espaldas a la Madre Tierra que hace que niños de no más de once años me digan en una excursión al campo: "todo es muy bonito pero está tan sucio", refiriéndose a la tierra, barro, hojas, piedras como suciedad.
Y lo cierto, después de todo, es que existen dos mundos. Existe un mundo real, lleno de Vida: plantas, tierra, otros seres. pero también existe otro mundo no real, inventado, limpio, desinfectado, aséptico, muerto. Un mundo tan de espaldas a nuestra propia naturaleza, que nos está provocando enfermedades, tan de espaldas a la Madre Tierra que hace que niños de no más de once años me digan en una excursión al campo: "todo es muy bonito pero está tan sucio", refiriéndose a la tierra, barro, hojas, piedras como suciedad.
viernes, 26 de diciembre de 2014
"Juventud, divino tesoro"*
Las cosas, en general, no son lo que son, sino lo que hacemos de ellas, escribí hace tiempo en un comentario a una entrada de las más entrañables que haya escrito, para mí y para las personas que sabían de lo que estaba hablando.
http://horasllenasquenosevan.blogspot.com.es/2013/01/el-cortijo-de-dori-capitulo-1-unos.html#comment-form
Hay personas que, aún sin proponérselo ni tan siquiera quererlo, se convierten en iconos, y hoy hemos perdido a uno. Icono de una época, de un sentir, de una forma de vivir.
No siento tristeza por cumplir años, por ir envejeciendo, por ser yo la que regañe por la calle a los niños que pegan pelotazos a los viandantes, porque escuche por detrás: "cuidado que pasan los viejos", por quedarme dormida en el sofá a las once de la noche mientras veo la tele (tengo que decir que también madrugo mucho), por todas esas cosas que te pasan cuando cumples años sin dejar de hacerlo ni un solo año. No siento tristeza por ello, no. Siento tristeza porque ahora te conviertes en madre de tus padres, y que con su marcha, por el camino que se presenta recto y sin obstáculos solo caminas tú, que te has convertido sin darte cuenta en el parapeto que protege a los otros que han llegado después que tú. Y aunque no tengo miedo a ese camino, y lo transito con ganas y sosiego, hay unas palabras amargas que no consigo tragar: adiós a aquellos años, adiós a mi juventud, adiós a mi divino tesoro.
Hay personas que, aún sin proponérselo ni tan siquiera quererlo, quizás, se convierten en iconos, y hoy hemos perdido a uno. Icono de una época, de un sentir, de una forma de vivir.
* Juventud, divino tesoro. Rubén Darío.
http://perso.wanadoo.es/luisalas/rd190500.htm
http://horasllenasquenosevan.blogspot.com.es/2013/01/el-cortijo-de-dori-capitulo-1-unos.html#comment-form
Hay personas que, aún sin proponérselo ni tan siquiera quererlo, se convierten en iconos, y hoy hemos perdido a uno. Icono de una época, de un sentir, de una forma de vivir.
No siento tristeza por cumplir años, por ir envejeciendo, por ser yo la que regañe por la calle a los niños que pegan pelotazos a los viandantes, porque escuche por detrás: "cuidado que pasan los viejos", por quedarme dormida en el sofá a las once de la noche mientras veo la tele (tengo que decir que también madrugo mucho), por todas esas cosas que te pasan cuando cumples años sin dejar de hacerlo ni un solo año. No siento tristeza por ello, no. Siento tristeza porque ahora te conviertes en madre de tus padres, y que con su marcha, por el camino que se presenta recto y sin obstáculos solo caminas tú, que te has convertido sin darte cuenta en el parapeto que protege a los otros que han llegado después que tú. Y aunque no tengo miedo a ese camino, y lo transito con ganas y sosiego, hay unas palabras amargas que no consigo tragar: adiós a aquellos años, adiós a mi juventud, adiós a mi divino tesoro.
Hay personas que, aún sin proponérselo ni tan siquiera quererlo, quizás, se convierten en iconos, y hoy hemos perdido a uno. Icono de una época, de un sentir, de una forma de vivir.
* Juventud, divino tesoro. Rubén Darío.
http://perso.wanadoo.es/luisalas/rd190500.htm
lunes, 15 de diciembre de 2014
Siete pecados capitales
LA IRA


- ¡Maldita sea mi estampa!, gritó Fernando, al mismo tiempo que se sorprendía a sí mismo por la utilización de aquella expresión que nunca antes había usado.
Mediaba enero y la mañana era fría, muy fría. Aquellos días se había dejado venir una ola de frío del norte de Europa, y este calaba los huesos sin piedad. Aún era temprano y no terminaba de asomarse el Sol para calentar aunque fuese tenuemente, los tejados y la arboleda que crecía a orillas del arroyo que pasaba junto a su casa. A pesar del entumecimiento de los músculos de la cara, que apenas le permitía hablar, Fernando se había dejado, por un momento, embargar por el sonido del chapoteo precipitado del agua, que caía por el canalón de la casa junto a él, y el goteo incesante provocado por el deshielo de la placa blanca en que se convertía la pequeña cascada que se formaba por un leve desnivel del terreno. Le encantaba vivir en esa zona, medio de campo medio de ciudad, y justo en ese momento, por un instante sintió que estaba disfrutando del invierno, aunque solo fuese por el sonido fresco y limpio del agua caer. No se podía creer que estuviese teniendo ese sentimiento, puesto que el invierno para él, era solo un amargo trámite que había que pasar hasta la próxima primavera; un tiempo de espera, triste y oscuro, nada más. Como tampoco se podía creer que ese recogimiento que estaba sintiendo se hubiese transformado en el más absoluto horror en menos de unas décimas de segundo.
El estómago se le había colocado en la garganta, y el espanto no le dejaba pensar. Daba pequeños pasos de izquierda a derecha sin llegar a determinar el rumbo que tomaría.
- ¡Maldita sea!, repitió esta vez, con las lágrimas que querían brotar a borbotones desde la garganta mientras un ligero mareo casi le hace caer.
- ¡No me lo puedo creer!, ¿quién ha sido?, pero qué, quién... comenzó a farfullar sin parar.
La espesa vegetación que crecía a orillas del arroyo que en verano apenas dejaba ver el haz de agua que bajaba, ahora, con los fríos se había despejado, y entre las ramas raquíticas, las hojas secas, el barro y las piedras, se dejaba ver, en primer lugar, una mano y, si mirabas más allá, la mitad de un pequeño cuerpo sin vida. Era un niño, de no más de seis años el que yacía semienterrado, muerto.
Fernando finalmente consiguió sacar su mano derecha del guante para marcar el 112 en el teléfono móvil, que de un instante a otro se había convertido en el panel de mandos de un avión. No atinaba ni a desbloquearlo. Rompió a llorar, y cuando desde el otro lado le preguntaron que cual era su emergencia lo único que atinó a repetir fue: ¡un niño muerto, un niño muerto!
lunes, 22 de septiembre de 2014
Muertos de hambre *
![]() |
| La noche estrellada, Vincent Van Gogh Un muerto de hambre |
Emoción: erizarse el vello del cuerpo cuando escuchamos unas notas musicales que nos evocan recuerdos o que nos invaden por primera vez, es arte.
Sentimiento: dejarse acariciar por una suave brisa que entra por la ventana y derramar unas lágrimas al pensar que esa brisa ha sido respirada por miles, millones de seres vivos, la humanidad entera en tu habitación acariciándote. Quizás fue un suspiro de su boca que, tal vez, pensó en mí de un modo diferente, y erizarse el vello pero ahora el del corazón. Descrifar ese sentimiento y convertirlo en palabras, escribiendo poemas, es arte.
Amor: Escuchar a tu hijo rezar una oración infantil y, de las palabras primerizas que emite su boca, poner nombre a un dibujo animado que hará las delicias de otros niños como él ("niño poco...yo"), es arte.
Embeleso: Atender a los sonidos de la naturaleza en cada una de las estaciones del año y escribir una obra musical para cada una de ellas, es arte.
Llorar al abrazar a un amigo al que no ves desde hace tiempo, abrazar y besar a una madre que sufre, abrazar y besar a un niño inocente, reír a carcajadas con amigos, bailar, contemplar un color que te gusta, dormir, dormir abrazada, sentir el contacto del agua en tu piel..., vivir..., la vida.
La misma vida es arte, todo es arte, el mundo entero es una obra de arte..., y todo ello lo hemos repudiado en un rincón y hemos creado el imperio y la dictadura de los números, que, por su parte, también son arte.
Dejemos a nuestros herederos que sean artistas, porque nadie como ellos entenderá el mundo y serán sus dueños, aunque sean unos muertos de hambre. Hambre de observar, hambre de sentir, hambre de expresar, hambre de compartir.
miércoles, 13 de agosto de 2014
Animales y animaladas
El valor de la vida no es equiparable al valor de la propiedad privada. Evidentemente, la propiedad privada es mucho más valiosa.
Vivo con tres compañeros de piso, que por ser más vulnerables que yo misma, me ocupo de su bienestar y de cubrir sus necesidades básicas de alimentación, higiene, cobijo, afectividad, al mismo tiempo que ellos cubren las mías, aunque las mías son principalmente afectivas.
| Misti |
![]() |
| Tristán |
Convertí Tristón, el nombre con el que lo llamaban las voluntarias de la protectora Arca de Noé, a causa de la tristeza que reflejaba en su rostro tras ser abandonado en los jardines de la misma urbanización en la que vivía, en Tristán, pues no quería que cargase toda la vida con tan lastimero destino, cambiándolo por uno algo más legendario, digo el nombre, su destino solo con que sea más feliz me doy por satisfecha.
![]() |
| Lili |
Las hembras llegaron a mí por su cuenta. Ellas fueron las que me eligieron, (curioso ¿verdad? Hasta en la elección de compañeros para convivir es siempre la hembra la que elige). Lili llegó unos meses después de Tristán, sencillamente vino a maullarme a mi ventana. Su serenata se debía básicamente a hambre, mucha hambre, y vuelve otra vez la tristeza; tristeza por los palos que se llevaba al colarse en las casas de los vecinos buscando algo que comer, según me contó mi vecino. Y es que aún era (y es) muy pequeñita.
![]() |
| Tula |
A Tula prácticamente se la quité de las manos a un trabajador de la perrera de Linares. El cual había venido en busca y captura de ella y de sus tres cachorros, para llevarlos a ya sabemos qué destino final. Una muerte lenta y horrible, hacinados en unas condiciones de suciedad, tristeza y miedo que solo me recuerdan a un campo de concentración, donde el valor de la dignidad y la vida sencillamente no existe. Tula y sus cachorros, molestaban a algunos vecinos y ese era el destino que eligieron para ellos, (quíteme, por favor, la molestia de mi vista que lo que haya más allá... me la pela).
Sé que ha sido maltratada, por lo poco que en unos meses pude saber de ella y por ciertas actitudes que sigue teniendo en según qué situaciones. Sé que ha sido madre al menos dos veces en su vida, hasta donde he podido saber, y también sé que tiene tres años aproximadamente. También sé que desde que "tiene dueña", ha dejado de ser invisible y objeto de pedradas o maldiciones, que personas que antes ni me saludaban ahora siempre tienen una bonita sonrisa, primero para mi perrita y después para mí, siempre en ese orden. Que se le permite hacer amistades con otros perros vecinos en nuestros paseos, y no es espantada de un zapatazo, con suerte. Sé que ahora Tula, como anteriormente Tristán y Lili, "tienen dueño"y, por tanto, son propiedad privada. Y eso amigos, eso, hace de sus vidas algo valioso. Ahora sí.
Cuando veas a un gato o a un perro callejero no le pegues, no tengas con él un mal gesto, porque lo que estas pequeñas pinceladas de vida que se nos han regalado a los humanos como compañeros de viaje, compañeros en un mismo barco que somos, (y muchísimas más, pero no es cuestión de extenderse en enumeraciones que todo el mundo conoce) de lo único que están llenos es de amor, solo de mucho amor para darnos. Aunque la realidad sea que no nos lo merecemos.
Ayer tuve un pensamiento mientras Tula se deshacía en carantoñas, saltos y fiestas hacia mi persona. Pensé que yo sé en qué medida extraordinaria la quiero, pero puedo afirmar con toda seguridad que ella me quiere a mí aún más.
Discurso del gran Jefe Indio Seattle
lunes, 7 de julio de 2014
Solo una más
Al retirar toda
la vegetación y la piedra que, a modo de puerta, tapa la entrada a la cueva,
accedes a un angosto pasadizo que, finalmente, te conduce hasta una pequeña
estancia, que se comunica con el exterior a través de una pequeña abertura en
el techo a modo de tragaluz. En esta estancia es donde permanecen durante poco
tiempo las víctimas desdichadas del súcubo, hasta que les roba toda su esencia
vital, tras actos carnales lascivos e impuros, esencia vital que le permitirá a
ella sobrevivir camuflada entre el mundo de los humanos un año más. Junto a
esta estancia, hay otra, cuya entrada es desconocida, más amplia, sus límites
no se alcanzan a ver, y mucho más oscura. Allí es donde tira a sus víctimas, a
las que mantiene con un hilo de vida, pero deja abandonadas por los siglos.
Gusta de conservarlas como trofeos, como recordatorio de sus victorias. Si el
hedor que de allí se desprende no te impide acercarte, podrás escuchar tras la
fría piedra y por algunos orificios, que en ella la humedad y el paso del
tiempo han provocado, el gemir lastimero y quejumbroso, y el deambular
arrastrando sus pies, de los miserables seres que allí se hayan esclavos...
Así rezaba el
narrador del comienzo de la película de serie B, que Fidel estaba comenzando a
ver, cuando el teléfono sonó. Era Laura. ¡Cómo podía haberlo olvidado! Faltaba
sólo una semana, y él aún no había pensado el regalo que le haría. Las
celebraciones que hace Laura de sus cumpleaños nunca decepcionan, al contrario,
siempre superan las expectativas de los asistentes. Todos en la pandilla
adoramos a Laura. Es guapa, es simpática, es amable, es sensible, lista,
divertida y amiga de sus amigos. La mujer ideal. Todos los chicos hemos
suspirado por llevarla de la mano y besarla bajo la luz de la luna. Pero ella
siempre se ha mantenido firme y nunca ha dado alas a nadie para nada.
Desde que la conozco, jamás ha tenido novio. Lo que todavía la hace aún más
especial. Imagino que el amor que siento por ella, enraizado tan profundamente
en mi corazón, es el mismo que debe sentir cualquiera de los amigos de la
pandilla, que por ser fieles a ese sentimiento, tampoco nunca hemos amado a
otra mujer. Desde que la conocimos hace unos años, este día siempre se ha
montado la gorda. Para ella se trata de un día muy especial y se esfuerza
porque su celebración quede en el recuerdo de todos. Aún no sé cómo consigue
reunir a tanta gente en cada evento que realiza, pero las fiestas bien podrían
ser la envidia de cualquier famoso potentado del mundo de la farándula. Y
cuando Laura grita: ¡a pasarlo bieeeeeennnnnn!, micrófono en mano, y sube la
música hasta unos límites que no escuchas ni tus propios pensamientos, toda la
gente presente allí entra en un trance del que no salimos hasta, creo que una
semana después.
Este año las
cosas son un poco diferentes. No debería haber fiesta, o al menos, eso pienso
yo. Lo sucedido en años anteriores debería ser causa suficiente para
cancelarla, puesto que, al parecer, empieza a ser rutina. En los últimos tres
años, hemos sufrido la desaparición de uno de nuestros amigos cada año,
coincidiendo con la noche de la fiesta. Es un hecho de lo más extraño, puesto
que todos salimos juntos de ella, pero no sé en qué punto del camino
desaparecieron y, a pesar de todas las investigaciones y pesquisas policiales,
nunca más se ha sabido de ellos.
Pienso en todas estas cosas mientras oigo a Laura al otro
lado del auricular, hablando y contándome no se qué de qué problema que ha
tenido con el repartidor de bebidas, que si esto que si aquello, cuando su voz
me trae de golpe a la realidad:
- No sé por qué dices eso, Fidel, mi fiesta no tiene nada
que ver con las desapariciones, dice con voz muy molesta.
Me quedo perplejo, no sé qué decir, juraría que de mi boca
no ha salido una palabra.
- Bueno, bueno, no te molestes. Yo no pienso que tu fiesta
tenga que ver, sino que no debería de haberla, simplemente por precaución.
- ¿A ti te gustaría desaparecer Fidel?, pregunta con voz
sensual.
- Si fuese contigo, sabes que sí.
- Bien..., ya lo has dicho.
Suena el timbre de la puerta, y de un respingo despierto
del tremendo sopor que me ha invadido, miro el reloj y llevo dos horas
arrellanado en el sillón. Soy incapaz de discernir si la película y la
conversación con Laura han sido reales o solo un sueño. Sea como sea, ahora
tengo un mal presentimiento. Me dirijo a la puerta y pregunto quién es. No
contesta nadie. Mi subconsciente me ha jugado una mala pasada.
Los días han pasado rápido, como siempre, pero más aún
cuando estás a la expectativa de que algo malo pueda suceder. No me puedo
quitar de la cabeza la conversación con Laura y, el miedo se ha instaurado en
mi corazón y en mi mente. No he querido contárselo a nadie, no quiero que
piensen que desconfío de ella, y mucho menos que llegue a sus oídos y ya no me
aprecie igual, porque aunque en el fondo sé que no tiene mucho sentido, sigo
albergando la esperanza de que algún día acabe amándome como yo la amo ella.
Pero este sentimiento nuevo que siento, mezcla de amor y miedo, me tiene estos
días medio loco.
Nada parece diferente a cualquier otro año. Las escenas se
repiten. La cantidad de personas que asisten, todas arregladas para ocasión,
montones de regalos apilados en una esquina del local, la bebida que
empieza a circular y Laura que se acerca a la cabina del Dj. Es su
momento, coge el micrófono, y arenga a la gente, sube la música y todos
empezamos a perder un poco la razón. Hasta ese momento soy capaz de contar lo
que allí sucede, pero después, ya es imposible recordar, comienza el trance.
Acabo de despertar. Tengo un dolor de cabeza imposible de
explicar. Apenas puedo abrir los ojos, y siento una angustia atroz en la boca
del estómago. Entreabro los ojos y no entiendo qué pasa. ¿Dónde estoy?, acierto
a musitar de forma apenas audible. Un hilo de luz insignificante entra por una
claraboya del techo al final de la estancia. Miro a mi alrededor y estoy en lo
que parece una cueva. La peste es insoportable. Creo que voy a vomitar. Intento
ponerme de pie, cuando me doy cuenta de que tengo la mano derecha amarrada a un
grillete que hay en la pared. ¡Eh!, grito, ¿hay alguien ahí? ¡Esto no tiene
ninguna gracia! Pero la única respuesta que recibo es el eco de mis propias
palabras y un susurro tras de mí. Me giro sobre mi lado derecho, y veo que en
la piedra hay unos agujeros. Miro a través de ellos, pero no veo nada. Está
demasiado oscuro. Pero sé que ahí detrás de esa pared hay alguien. Puedo oírlo.
¡Eh!, vuelvo a gritar. ¡Venga inmediatamente!, sigo sin obtener respuesta.
¡Eeeeeehhhhh!, grito cada vez más furioso, pero la peste se hace cada vez más
espesa a medida que mis sentidos empiezan a recuperarse y, mi grito es
interrumpido por una arcada que me hace vomitar. No sé cómo debe de oler un
muerto, pero creo que debe ser como el olor que hay aquí, a carne podrida y en
descomposición. Me revuelvo y desespero, y trato de sacar mi mano del grillete
que me mantiene impotente en ese lugar, pero es inútil. Cansado de intentar
soltarme vuelvo a girarme y a mirar por los agujeros. Me quedo largo rato
mirando para que mis ojos se habitúen a la oscuridad, y efectivamente, empiezo
a ver movimiento y a escuchar mejor. La estampa que observo me sobrecoge y
espanta de tal manera que intento echar a correr, pero olvido mi mano agarrada
y caigo al suelo del tremendo tirón. Mi grito de dolor inunda todo el espacio y
ahora además de tener la mano ensangrentada de intentar zafarme creo que
tengo la muñeca rota. Ya no puedo más, y me siento a llorar como un niño. Me he
dormido. No sé el tiempo que habrá trascurrido, pero ya no entra tanta claridad
por el tragaluz. Vuelvo a oír los murmullos y con mucho cuidado me vuelvo a
girar. Tengo la mano hinchada pero creo que no está rota, porque puedo moverla
un poco. Miro de nuevo por los agujeros y trato de calmarme para no cometer otro
error. Pasados unos minutos vuelvo a ver sombras moverse, deambulando
arrastrando los pies, cabizbajos como almas en pena, con las ropas a jirones y
los rostros cadavéricos, emitiendo
quejidos y gemidos, mezcla de dolor, pesadumbre y cansancio.
Presiento que ese va a ser mi destino cuando siento tras de
mí una presencia. Me giro lentamente, invadido todo mi cuerpo por el miedo
y..., es Laura, pero no es ella. Su mirada es dura, es cruel. Aún así le
imploro: ¡Laura!, ¡ayúdame, por favor! Entonces comienza a acercárseme lentamente
mientras que por su boca empieza a salir un cántico. Soy consciente que
es como el canto de las sirenas, hermoso, cautivador y engañoso. Me envuelve y
va paralizando mi cuerpo hasta que, finalmente, quedo preso en mi propio
interior, en donde puedo oír sus pensamientos, que se asemejan a un lamento:
- Cuento por miles mis victorias sobre vosotros, los
humanos, hombre o mujer, es indiferente y, sin embargo, ¡estoy tan sola! Se
fueron los míos, hace tanto tiempo, olvidados, despojados de su identidad, a
causa de la falta de miedo y superstición en este mundo material y vacío.
¡Deseo tanto volver a tener un compañero, un amigo, alguien con quien compartir
mis días!
Me conmueven sus palabras lastimeras y me dejo llevar por
el sentimiento que aún sigue vivo dentro de mí, y por la profunda pena que me
despierta aquel ser demoníaco.
- Dime tu nombre, solicito tiernamente.
- Abrahel es mi nombre, respondió. ¡Quédate conmigo!
- Deseo quedarme contigo. Haz de mí lo que quieras.
El escuchar estas
palabras dibujó en su rostro una lasciva sonrisa. Desplegó unas inmensas alas y
cayó sobre mí con una fuerza descomunal, cubriendo todo mi cuerpo. Yació
conmigo de forma lujuriosa e inhumana, hiriéndome de muerte y desposeyéndome de
mí mismo.
Y ahora estoy aquí, deambulando entre todos los
desgraciados que, como yo, se abandonaron a su encanto. Sabiendo que ya no hay
destino para mí, ni vida ni muerte. Solo la eternidad por delante para lamentarme por haberla creído y darle,
ingenuamente, el permiso que necesitaba para hacer de mí lo que ahora soy. Solo
una sombra entre cientos o miles de sombras más, en un oscuro y
desconocido lugar.
Luciérnagas
Cuando yo me muera, no espero que la vida de nadie se detenga, ni que el suelo tiemble bajo los pies de alguien. Solo espero que unas gotas de agua del mar mojen el campo en el que mi cuerpo se halle.
Cada día camino por los mismos pasos que llevo dando toda mi vida. Los mismos campos, las mismas calles, y aunque hay caras nuevas, incluso las mismas gentes. Paseo, paseo y paseo y, a cada paso que doy, sea mañana o sea noche, percibo olores, sonidos que me traen a la memoria momentos de otros tiempos. El olor a tierra mojada, cuando cae una tormenta o cuando los periquitos empapan el césped al anochecer.

Los conejitos, las amapolas, esas flores amarillas de las que nunca supe el nombre, que adornan los huertos, ahora sin labrar, que recogía cuando era pequeña, hacía ramos de flores silvestres que traía a casa, para comprobar más tarde que flaco favor hacía a aquellas flores al cortarlas, pues tan efímera era su vida metidos sus tallos en un improvisado jarrón. Las espigas que tirábamos a la espalda de las otras niñas para saber cuántos novios íban a tener. Los grillos. El canto de los grillos en las noches de verano. El silencio. Las voces a lo lejos de los vecinos al fresco. Mis sentidos me engañan porque ya no hay vecinos que salgan al fresco a las puertas de sus casas. Algún vecino esporádicamente se suele sentar en el banco del solar más abajo de mi casa. Porque yo sigo viviendo en el mismo lugar donde crecí. La misma casa, la misma calle, los mismos campos, las mismas gentes. Pero, y que será de todo eso cuando yo me muera. ¿Se irán conmigo donde quiera que yo vaya? ¿o desaparecerán del mundo no dejando ninguna huella? Me gusta escribir sobre mi vida. Y quizás sea esa la razón. Solo el miedo o la pena, a que todo lo que yo soy, a todo lo que yo he sido desaparezca. Que llegue el día en que todos esos momentos, los sentimientos que su recuerdo despierta, ya no estén, ya no sean "ni una estela". Esos sentimientos que su recuerdo despierta, como encontrar en el solar de más abajo de mi casa, mientras escucho charlar a algunos vecinos sentados en el banco ¡una luciérnaga, dos, tres, cuatro luciérnagas! Luciérnagas que no había vuelto a ver desde los años de mi infancia, en las mismas calles, en los mismos campos, con las mismas gentes.
Cuando yo me muera, no espero que la vida de nadie se detenga, ni que el suelo tiemble bajo los pies de alguien. Solo espero que mis recuerdos se recuerden. Solo así espero..., no haber muerto.
Cuando yo me muera, solo espero que alguien derrame algunas lágrimas por mí.
martes, 17 de junio de 2014
Programados para olvidar
...Y menos mal.
El hombre es pura emoción. Amor u odio, en cualquiera de sus modalidades. Y menos mal que el olvido y esa capacidad de adaptación que poseemos las apacigua. Hace un tiempo escribí que vivimos con la conciencia de la muerte pero no con la de que un día hemos de morir y..., menos mal. Pero cuando la vida no te da tregua y no te deja olvidarla cuando alrededor tuyo solo se marchan personas, que aunque no son familia, forman parte de tus días, algunos desde la niñez, muertes, en ocasiones, naturales, no tanto en otras, el sentimiento de equivocación con respecto a la propia vida es cada vez mayor. Quizás deberíamos vivir con la conciencia de que moriremos, en cualquier momento, desde ahora mismo hasta quién sabe qué minuto en ese desconocido lugar que es el mañana, el después.
Cuidar nuestra vida, efímera y sangrante, a veces, cuidarla y mimarla como a indefenso bebé. Esa debería ser nuestra prioridad cada día al amanecer.
Pero venimos programados para olvidar, no sé si para bien o para mal.
El hombre es pura emoción. Amor u odio, en cualquiera de sus modalidades. Y menos mal que el olvido y esa capacidad de adaptación que poseemos las apacigua. Hace un tiempo escribí que vivimos con la conciencia de la muerte pero no con la de que un día hemos de morir y..., menos mal. Pero cuando la vida no te da tregua y no te deja olvidarla cuando alrededor tuyo solo se marchan personas, que aunque no son familia, forman parte de tus días, algunos desde la niñez, muertes, en ocasiones, naturales, no tanto en otras, el sentimiento de equivocación con respecto a la propia vida es cada vez mayor. Quizás deberíamos vivir con la conciencia de que moriremos, en cualquier momento, desde ahora mismo hasta quién sabe qué minuto en ese desconocido lugar que es el mañana, el después.
Cuidar nuestra vida, efímera y sangrante, a veces, cuidarla y mimarla como a indefenso bebé. Esa debería ser nuestra prioridad cada día al amanecer.
Pero venimos programados para olvidar, no sé si para bien o para mal.
lunes, 21 de abril de 2014
"En las mañanitas del mes de abril"
Haces acopio de toda la fuerza de que dispones, alguna de ella almacenada en rincones de ti mismo que ni sabías que por ahí estaban. Fuerza y firmeza, aderezadas con ternura y disfrazadas de calma y serenidad. La serenidad que esos ojos inocentes necesitan ver cuando su compañero que no entiende de reglas ni de compañerismo aún, de un tirón le arrebata su juguete, y no contento con eso, le da con todas sus fuerzas con él en toda la cabeza. Cuando su pequeño cuerpo, que aún no guarda bien el equilibrio se derrumba ante obstáculos, a veces inexistentes, y más que daño es el miedo ante su propio sobresalto el que le provoca el llanto. Cuando echa de menos a su madre; cuando ha de esperar a que la seño, que solo tiene dos manos, aunque intenta multiplicarlas, y raras veces no lo consigue, acabe con los que hoy les ha tocado comer los primeros, ayer le tocó a él, pero él no entiende de turnos, ni de justicia. Cuando los mocos le cubren la cara, y tú solo ves la urgencia de dejarle la nariz y esos mofletes blanditos, limpios como una patena; cuando cambias los pañales, y la vista y el olfato desaparecen; cuando pones el mismo zapato más de cien veces en el mismo pie; cuando debes calmar el llanto y enjugar unas lágrimas. Cuando atender a todos a la vez, sus urgencias y las propias de la tarea que te ha sido encomendada, te convierten en poco más que una estela que se mueve de aquí para allá, sudando y jadeando. Entonces tú solo cantas. Cantas porque a ellos les gusta, se acercan a ti y, cuando terminas la canción, algunos te dicen "más", y como son ellos los que mandan, aunque pensemos que no, tú sigues cantando, todo el tiempo la misma canción. Llegamos al momento de su recogida por los padres y, mientras esperamos, les das a elegir: "¿pongo a Pingu en la tele o seguimos cantando?" Y con una sonrisa gigante y los ojos más limpios que se puedan ver, solo en la cara de un niño, contestan: "cantar". Y entonces, con toda la firmeza y fuerza, ternura, calma y serenidad con que llegaste esta mañana les sigues cantando, pensando que aún siguen teniendo preferencia el contacto y la voz humana sobre dibujitos y música tras una pantalla artificial. Es el amor por nuestros semejantes que viene de fábrica, y su olor, su voz y su contacto vienen grabados de forma sagrada en nuestro corazón..., y "las mañanitas de primavera" que devuelven al mundo toda su alegría y su color.
No soy madre, no. No lo seré, pero soy maestra.
P.D. He buscado la canción en youtube pero no aparece. Sólo puedo dejar la letra: "En las mañanitas de primavera. En las mañanitas del mes de abril. Canta el ruiseñor y florecen los rosales, mientras juega el aire en el fondo del jardín".
sábado, 12 de abril de 2014
Ideario II
![]() |
| No llevamos dentro a la Madre Tierra, es que somos la propia Madre Tierra. |
Antes solía pensar que "otro mundo es posible". Pero según pasa el tiempo, más personas conoces y, por ende, vives ciertas experiencias directa o indirectamente, me doy cuenta de que no es posible. Sólo cabe confiar en la bondad de algunos que con sus acciones anónimas, y hago hincapié en anónimas, puesto que la publicidad, en este mundo, desvirtúa las acciones y las vuelve interesadas y al servicio únicamente del propio ego, con lo cual dejan de ser válidas para los intereses que persigan, hacen que las vidas de otros mejoren en la medida que se pueda. Cada día me reafirmo más, tristemente, en la premisa que se ha convertido en una constante en mi vida, puesto que he perdido, a niveles generales, la esperanza en el ser humano como hacedor de cambios que conviertan el mundo en un lugar solidario, pacífico, desprovisto de intereses individuales en pro de intereses universales: algún día, la tierra será un buen lugar para vivir para todos los seres vivientes: el día en que el ser humano esté extinguido. Lo hará más pronto o más tarde, es ley de vida, a pesar de aquellos que piensan que estamos por encima de las leyes del Universo. Y todas aquellas genialidades de las que somos capaces, siempre que nos guiamos por la sinceridad única del amor, se perderán para siempre.
Esto es lo que pienso, aunque a nadie le importe.
lunes, 7 de abril de 2014
La pandilla primigenia
Los recuerdos de mi vida, desde muy jovencita, siempre están relacionados con mis amigos. En un principio, el grupo estaba compuesto solo por niñas, de las amigas de las que alguna vez he hablado en Cometas rojas, y al que a mí me gusta llamar "la pandilla primigenia". Son muy pocas, por no decir una o dos, con las que no seguimos manteniendo el contacto. Pero el transcurrir del tiempo no dejó de darnos oportunidades. Algunas personas salían del grupo, por motivos varios, y otras nuevas entraban. Algunas de las que entraban volvían, con el tiempo, a desaparecer, y en cambio, otras, se quedaron para siempre.
No fue hasta alrededor de los quince años, si no me falla la memoria, cuando empezamos a autodenominarnos Pandilla, por definición, aunque también nos solíamos llamar "la gente" ("¿dónde ha quedado la gente?")
El vínculo que formamos "los primeros", de alguna manera se lo supimos transmitir a los nuevos que llegaban, formando un grupo, que aunque no hemos dejado de tirarnos los trastos a la cabeza una y otra vez, (como es lo normal en las relaciones muy estrechas) y, con el paso de los años, esa necesidad que nacía de dentro de quedar y estar juntos a diario fue desapareciendo, he descubierto, que sigue fuerte y vivo en el corazón mío y de mis amigos, aunque en el mío yo ya sabía que ahí seguía.
Volver al pasado y recordar no es malo, nos devuelve a la memoria quienes somos, porque la vida, a veces, se encarga de hacérnoslo olvidar. Y es sano refrescar la memoria y rejuvenecer, así, un poquito el corazón, que es el que en realidad, nos mantiene jóvenes, y volver a ser los mismos locos que estábamos tirados dia sí y día también en la calle, o en la taberna del Kuasis, o en el Fénix, o en el Copa, o en la Belle, o en la Anubis, o en el Blue, o en el Bolero, a veces, sin hablar y aburridos como ostras, sólo disfrutando de la música y del simple y llanamente, estar.
(Esta canción tiene su razón de ser)
martes, 25 de marzo de 2014
Cielos
Las tardes primaverales libres siempre me traen recuerdos de aquellos años en que uno comenzaba a vivir por libre, será que me estoy haciendo vieja, que aunque quede mucha guerra por dar, se vuelve uno más melancólico por el tiempo pasado. En el instituto no tenía ni idea de qué era una tarde libre, si no era en períodos vacacionales. Recuerdo mis tardes siempre encerrada estudiando, salvo aquellos días en los que mi amor incipiente me hacía saltar a la calle con la excusa de estudiar para algún examen de Filosofía. ( http://saltando-enlos-charcos.blogspot.com.es/2012/02/amar.html) Hasta que decidió que no era yo la que se quedaría en su vida. A partir de ese momento, ya no hubo más tardes libres. Solía dedicar el tiempo libre que tenía (más bien el que improvisaba, dadas las circunstancias) a derramar ríos de lágrimas escondida en cualquier rincón. Es curioso como funciona el recuerdo. Hoy he tenido mi primera tarde primaveral libre. Siempre suelo contar con alguna, fría como ella sola, así es ella, cambiante y caprichosa, pero con un cielo que ha traído al recuerdo aquellos días de estudio, y más concretamente, el año en que escogí Historia del arte. Es pasado el tiempo cuando descubres que disfrutabas con aquellas horas de estudio, precisamente ahora, cuando no consigo arrancar de mi memoria ni a un solo pintor que pintara un cielo como el que hoy he podido admirar desde mi corto paseo entre-casas y que me ha traído recuerdos de aquellas horas que dediqué al estudio de tan artística materia.
domingo, 23 de marzo de 2014
El amanecer del hombre*
No sé las veces que he visto esta película documental y no me canso de hacerlo. Hoy la he vuelto a ver aunque intercalando explicaciones de arqueólogos y eruditos que lo han enriquecido aún más. Esta es la película original que vi hace tiempo. En ella queda tan bien explicado todo lo que sucede en nuestros días. No somos más que la estela de lo que en nuestro origen fuimos. Creemos que nos inventamos a cada paso, nos adoramos a nosotros mismos, convirtiéndonos de ese modo en nuestro peor enemigo.
*El amanecer del hombre
Una nostalgia de aquellos días nos invade en estos tiempos modernos. Algunos miran alrededor y se sienten vacíos si no están en contacto directo con la naturaleza de diversas formas. Buscamos esa conexión que hace tiempo perdimos al creernos los dueños del mundo. Gaia, Gea, ella sabe lo que hace, nosotros no. Vivimos guiados por nuestra vanidad y orgullo de seres superiores, aunque lo único que en el fondo prevalece es la añoranza de aquellos tiempos igualitarios, sencillos, íntimamente ligados a la Madre Tierra, de la que nos hemos ido separando de manera premeditada. Necesitamos recuperar aquella humildad primera que nos convertía únicamente en un eslabón más de tan grandiosa Creación.
jueves, 20 de febrero de 2014
Benedetti vs. García Márquez
El amor. El amor, según mi forma de interpretarlo, no se tiene, no se trabaja, no se encuentra, no se cultiva..., y tantos tópicos con los que hoy se habla del amor. El amor es un ente independiente de nosotros, no nos pertenece, nos trasciende. El amor es con o sin nosotros. De ahí que vuelva una y otra vez a nuestras vidas, sean de la manera que sean los finales en momentos anteriores. Una de las manifestaciones del amor, una entre tantas otras y puede que no la más importante, digan lo que digan, es el sexo. El sexo sí está ligado a nosotros, por ser un acto meramente corporal y, digan lo que digan quienes lo digan, una necesidad fisiológica.
No todos en esta vida corremos la misma suerte respecto al amor. Unos, desde muy corta edad, tropiezan con esa persona con la que poder compartirlo, y pasan toda su vida cogidos de su mano. Hay otros, que por el contrario, hayan también a esa persona tempranamente, se anclan uno al otro, convirtiéndose en esclavos, (las razones para ello son muy variopintas, normalmente relacionadas con sentimientos de inseguridad y miedo, hasta donde mis cortas entendederas me dan para pensar). Los hay que se topan con esa persona con la que desearían ir de la mano toda la vida, y como en un espejismo la otra persona también cree que es así, pero con el tiempo descubre que no, quedando sumido el primero en una tristeza crónica de la que jamás saldrá, aunque se coja de la mano de otra persona, pasará su vida añorando lo que no pudo ser con la otra. Situaciones tan diversas y dispares como colores en todas sus distintas tonalidades se pueden percibir. Pero de lo que no cabe la más absoluta duda, es que se pueda afirmar que alguien "ya no tiene amor". En sí misma, esa afirmación no tiene sentido, porque el amor no se tiene ni se posee, el amor se posa en el alma que se le antoja cuando a él se le antoja.
Todo esto viene porque ayer me encontré un cartelito con afirmaciones de esas que se leen por encima, por la inmediatez que ha dado internet a nuestras vidas. Lo que pasó por twiter hace cinco minutos ya es cuento viejo. Pero hay algunos de esos letreros, que te hacen pararte y reflexionar un poco.
Amor y sexo pertenecen a ámbitos distintos del ser humano, aunque se entremezclen de tal manera que hay veces que resulta muy difícil discernir y diferenciar uno del otro. Hablamos del cuerpo y del alma. De la misma manera que manifestamos nuestras inquietudes intelectuales leyendo, escuchando música, estudiando, ¿podríamos afirmar que si me encontrase en la tesitura de no poder acceder a la lectura dejaría de ser inquieto intelectualmente? Hace mucho que no leo una obra de Gabriel García Márquez. Tal parece que esa frase está sacada del libro Memorias de mis putas tristes, y puede que sacada de su contexto original es que me haya causado tal revuelo interior. Que me perdone el señor Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura en 1982, pero si eso es lo que piensa realmente al respecto, pienso que no puede estar más equivocado. Tendemos a dar una veracidad incuestionable a afirmaciones provenientes de ciertas personas. Pero el hecho de haber llegado a saborear las mieles del éxito y la fama no les quita su condición de humanos, que como tales, son susceptibles de equivocarse.
Mario Benedetti, él sí da con la receta de forma mucho más certera.
Mario Benedetti
sábado, 15 de febrero de 2014
Mi vida como una artista: Breves apuntes autobiográficos

Hoy me siento como una artista de Hollywood. Comienza el día en la madrugada no pudiendo dormir bien, me despierto por culpa de un pequeño problema en una parte de mi envase original. (Porque es mi mano derecha que si no la despedía ahora mismo.)
Llega el mejor momento del día sin lugar a dudas. El momento del desayuno. Que por ser sábado me dispongo a disfrutarlo al mil por cien. Feliz por el regalito que recibí ayer por el día de los enamorados, (sí sí, que yo también lo recibí. ¿¡Quién mejor que yo misma para quererme más que nadie y acertar con los regalos que yo misma me hago!?) Me dispongo a estrenar una de las tazas de porcelana china con unos motivos florales preciosos que adquirí ayer por el módico precio de diez euros. Llevaba toda la semana pensando en ellas desde que las vi el sábado pasado, y es que yo también tengo mi puntito consumista.
![]() |
| No he podido encontrar la imagen de la escena que describo. |
Me imagino como Andie McDowell en Matrimonio de conveniencia, sentada en una silla tomando una infusión, pero en mi preciosa taza y sin invernadero, mientras se relaja con el sonido del agua caer en el invernadero que se ve tras una puerta de cristales, al tiempo que suena una envolvente música de fondo. Un momento mágico que me dispongo a emular. Y es que el glamour, he comprendido hoy que es solo cosa de los artistas de Hollywood. Que por mucho que uno quiera, no somos nada más que personas normales, que no es poco. Se me han quemado las tostadas, (momento que me ha traído recuerdos de mi infancia al rasparlas con un cuchillo. En mi casa no se tira nada, salvo aquello que ya no tiene salvación, que se haya abandonado, de forma deliberada, en el fondo de la nevera). Se me ha derramado la leche en la taza y me he abrasado la lengua en el primer sorbo.
Definitivamente, mientras me comía mis tostadas con sabor a quemado, he pensado que la próxima vez no dejaré nada a la improvisación y ensayaré mejor la escena.
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