domingo, 13 de noviembre de 2016

Efecto mariposa

La ciencia se compone de errores, que a su vez, son los pasos hacia la verdad.”
Julio Verne

   


Efecto mariposa: Concepto de la teoría del caos. Si en un sistema se produce una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente grande a corto o medio plazo.




Ginebra, año 2091

Ethan era un conocido nocturno en el centro de Organización Europea. Era uno de los pocos físicos que pasaba allí un gran número de noches trabajando hasta el amanecer. Le gustaba acudir allí por las noches por el silencio ya que durante el día era un continuo ir y venir. Desde que se retomaran algunas de las teorías propuestas por el genio Albert Einstein un siglo atrás, acudía al centro con un interés renovado. Al llegar aquella noche, preparó con pulcritud la lista de parámetros que debía introducir en la simulación, que aunque los tenía memorizados no dejaba de mirar para no cometer errores. A pesar de estar en una zona cerrada, una casi minúscula polilla le rozó con su aleteo nervioso la oreja derecha. Sobresaltado, pegó un manotazo al aire, y sin querer pulsó la tecla de puesta en marcha del Gran colisionador, sin terminar de meter los parámetros. Del susto, la sangre le invadió toda la cara dejándosela de color grana, y el corazón le latía tan fuerte que parecía que se quería salir del pecho. Acababa de poner en marcha el, comúnmente llamado acelerador, sin supervisión, y con una cadena de parámetros incompleta e incorrecta. Millones de euros invertidos para que él, ahora, provocara algún desajuste o avería. Esperó en silencio, casi sin respirar, al menos tres horas. Pasado este tiempo, no sucedió nada, salvo el mensaje de error que apareció en la pantalla, para luego desaparecer. Así que, aliviado decidió marcharse a su casa, y no volver a pensar en la maldita polilla que, impúnemente, había desaparecido por una rejilla de ventilación.

Granada, 1874

La noche se presentaba fresca e Hilario se preparaba para una noche más de trabajo. Acababa de sacar del armario la pesada capa que lo protegía del frío en las peores noches invernales. No había pasado aún el mes de noviembre, y las calles estaban cubiertas de un manto de hojas decrépitas. Lo que más le gustaba de su trabajo eran los eternos paseos por las calles vacías: el crujir de las ramas de los árboles, el susurro de las hojas en las noches de viento; y, el golpe seco y hueco que iban dejando sus pasos en el acerado, se convertía en esta época del año en el chisporroteo travieso de hojas al deshacerse bajo sus pies. Hacía tiempo que su madre había dejado de incordiarle con que sentara la cabeza y se buscara una novia, que ya a sus veintiocho años se iba a quedar para vestir santos. - ¡La culpa la tienen esos malditos libros!, solía gritarle. Pero a él, esos libros y Julio Verne, le habían salvado de sus noches anodinas, recorriendo calles, abriendo puertas y anunciando la hora y el tiempo a grito de – y serenooo. Él era consciente de que algunas noches perdía el sentido de la realidad, cuando al imaginarse protagonista de algunas de aquellas aventuras submarinas o viajes a la luna, su preferida, al escuchar cualquier sonido extraño proveniente de la noche, que siempre está repleta de sonido extraños, por un momento creía que se trataba de alguno de esos personajes que venía a hacerlo particípe de la acción. Luego, se reía de sí mismo, pero en el fondo reconocía que ese sería el mejor de los futuros que le podía esperar. Ese era su deseo real y más profundo: convertirse en el protagonista de una, o de miles de aventuras.
Esa noche, cuando Hilario inició su paseo, por la avenida arbolada, lo primero que hizo fue mirar a la ventana de la señorita Margarita. Aún se veía una luz encendida. Mañana era el día de su boda, y esta noche posiblemente, le costaría conciliar el sueño. Miró una segunda vez y allí vió su figura, saludándolo con la mano, y como si de un ritual se tratase, él le devolvió el saludo y prosiguió su camino. Acababa de corear las tres de la madrugada de nuevo a la altura de la ventana de Margarita, cuando una ligera brisa se levantó. Iba concentrado en el crujir de las hojas secas bajo sus pies y sintió como unas cuantas hojas cayeron a la vez al suelo tras él. Hecho sin importancia pero que le hizo volverse a mirar. No había nadie, como era de esperar. Miró a la ventana de Margarita, pero ahora estaba a oscuras. Le hubiese gustado ver su silueta saludándolo de nuevo. Siguió su trayecto con un cierto hilo de intranquilidad, al que no se atrevía a llamar miedo. Espantó los malos augurios de su cabeza y prosiguió dándole vueltas a De la Tierra a la Luna, de Julio Verne. A pesar de su insistencia en concentrarse en sus pasos y pensamientos, el viento no dejaba de arrastrar hojas al suelo tras él, lo que lo iba poniendo cada vez más nervioso. Así fue pasando el tiempo, hasta que a las cuatro y media de la madrugada vio encenderse la ventana de Margarita, lo que le dio cierta tranquilidad...

Pero, de repente, un estruendo magnético le provocó un agujero en el estómago, para luego convertirse en secuencias agudas de chillidos metálicos que como látigos le atizaban por todo el cuerpo, intentaba zafarse de una fuerza indescriptible que había surgido de la nada y que lo atrapaba sin piedad no dejándole ni emitir un minúsculo grito. Cuando Margarita se asomó a la ventana y miró tras el visillo, vio como, Hilario el sereno, primero se debatía a manotazos con el aire para en una décima de segundo después, desaparecer.


Los vecinos acudieron al auxilio de los gritos de Margarita que apenas podía explicar lo que había visto. Amaneció y la boda no se celebró. Su futuro esposo la repudió por trastornada, y todo el barrio se sumergió en un murmullo en el que daban diferentes explicaciones a la desaparición de Hilario. Unos vecinos decían que se había escapado con una fulana, otros que había sido testigo de un asesinato y, se lo llevaron por delante, y así, durante un tiempo hasta que las lenguas se cansaron de hablar y las mentes de inventar. Lo que sí era cierto es que Hilario, había emprendido un camino desconocido, donde la abertura en la línea espacio-tiempo provocada por Ethan, un par de siglos después, lo convertiría en el protagonista de multitud de aventuras en diferentes mundos y tiempos posibles, convirtiendo sus anhelos en realidad y, siendo, finalmente, feliz... o no.

martes, 2 de agosto de 2016

Canción otoñal



Canción otoñal (En los soportales)

Acumulamos tantos momentos en nuestras vidas, que, a veces, queda la sensación de no haber vivido todo lo intensamente que nos hubiera gustado. El sentimiento se dispersa entre tanto recuerdo y el regusto que queda es que ha sido mucho y malo. Cada vez que una relación entre dos personas, por corta y, aunque, solo en apariencia, poco relevante que sea, se acaba, solemos pensar que hemos estado perdiendo el tiempo. Yo he tenido esa sensación, no pocas veces, y lo he escuchado, también otras pocas veces, en bocas de otras personas. Y es que, tras cada ruptura o final, el desencanto, decepción y el resentimiento nos nubla el pensamiento, y no podemos más que pensar que de nada nos ha servido el tiempo y el esfuerzo dedicado a esa relación. Siempre nos queda esa sensación de vacío, de haberlo dado todo, y no haber recibido en la misma medida que dimos o nos hubiera gustado recibir. Y es que ese espacio dedicado al sentimiento, al compartirse uno mismo y esperar que el otro también lo haga, se hace tan complicado, precisamente por eso mismo, porque la medida no es la misma para todos, y también porque tenemos tendencia a generar expectativas en función del grado de ilusión. Hace poco he leído una frase en una novela que, no por simple, entraña cierta  complejidad:  "Estoy tan obsesionada con él, que pienso que todo el mundo lo está".  Podemos considerarla la madre de los celos, entre otras cuestiones. Y cuando el desencanto, la decepción y el resentimiento dejan espacio libre a pensar serenamente sobre esa relación, nos damos cuenta que todas ellas nos han aportado, si no mucho, algo importante que recordar. Hace unos días, sin buscarlo, me encontré con un texto que escribí en En los soportales. En él integré unas palabras que me escribieron, lo titulé Canción otoñal, y al volver a leerlo me estremeció. No sé cuánto de sinceridad había en esas palabras, y sinceramente, no me importa, sólo sé que hoy forman parte del bagaje romántico o sentimental que acumulo. Triste, con demasiado esfuerzo por mi parte y decepcionante, aunque en estos días para nada me resulta doloroso. En estos días pienso, que sólo me gustaría poder volver atrás, a los dieciséis, cuando me enamoré por primera vez de verdad, y poder volverme a enamorar de la misma manera.

" Me gustas cuando hablas,
cuando ríes
e, incluso, cuando no dices nada.
También cuando no estás
porque entonces me invade la melancolía.
Esa tan agradable que sube por la espina dorsal
como una tenue descarga de corriente eléctrica y, que
luego se torna en sosegada,
como una brisa leve
o un susurro en el viento del paseo...
Me gustas cuando llueve en el cristal,
debajo de la luz del flexo de mi mesa...
en la próxima cafetería o
en los kilómetros de la carretera ."


jueves, 14 de julio de 2016

Vivir en una isla

Cuando era pequeña y llegaba el verano, teníamos por costumbre convertirnos en domingueros. En aquellos tiempos me disgustaba ese calificativo, puesto que nos convertía, al mismo tiempo, en gente de pueblo, que pensaba yo por entonces, con menos glamour que otras gentes, llegadas quizás, de la capital. Primero, éramos domingueros en familia: padres, tíos, primos, vecinos, y gente desconocida; más adelante pandilleros domingueros, para luego pasar a otro nivel, que consiste en pisar la playa de higos a peras, que dice el refrán, al menos en mi caso. Tanto si era en familia como en compañía de los amigos, a la vuelta siempre la acompañaba un sentimiento nostálgico y cierta reticencia a abandonar el lugar. Recuerdo cómo la noche iba cayendo lentamente, y desde mi asiento, con los viajeros en silencio agotados  tras exprimir cada segundo del día,  aprovechado cada rayo de sol, saltos sincronizados con las olas o remolinos de la brisa marina, mecida por el traqueteo del autobús y arrullada por el sonido del motor, veía cubrirse de luces nocturnas el horizonte, y también recuerdo alguna ocasión en la que la luna llena era dueña y señora del cielo tras haber dejado su rastro en esa mancha ahora oscura que era el mar. Era en esos momentos cuando me asaltaba la idea de que, por bueno que hubiera sido el día, me estaba perdiendo lo mejor. Y es que toda una vida distinta se me figuraba en la noche a la orilla del mar. Quizás es por eso por lo que siempre he deseado vivir donde los paseos al atardecer te llenen de fina arena los pies. Hoy formo parte de ese paisaje de luces nocturno, soy una de esas luces encendidas tras una ventana. Y como todo en la vida, hay una gran diferencia entre imaginar y convertir lo imaginado en realidad. Paseo a la hora en la que se encienden las luces, en busca de la arena, y comprendo que la vida no tiene nada de especial en este o en otro lugar, que es el verano, el que con su anhelo de vivir el poco tiempo del que dispone, adorna todo con las mejores galas que nos pueda ofrecer: gentes relajadas. niños arrugados en las piscinas o en el mar..., tanta luz, y música, tanta música por donde quiera que vayas acompañada de coros de niños que al unísono te sorprenden y te arrancan la mejor de las sonrisas,  que llegas a dudar si las melodías que escuchas no sean acordes que exhale el viento con la brisa del mar.

viernes, 3 de junio de 2016

Es por ti

Existe un lugar en el mundo al que no podemos acceder. Existe un lugar en el cielo al que todos anhelamos llegar, aunque no nos es posible, para ello tendríamos que aprender a mirar con ojos nuevos. Existe una mirada que nos envuelve allí donde vayamos, pero que en la mayoría de los casos no somos capaces de ver. Es la culpa que hemos de pagar. Existe un lugar donde nos esperarán.
Llegan, y su sola presencia llena el tiempo y el espacio de voces de ternura, de peleas tontas, de caricias, del silencio cómplice. Sólo compañía, solo amor. Amor sin celos, amor sin posesión, amor sin memoria. Amor sin más. Existe un lugar donde deseo algún día llegar. Lo único que podemos hacer los que te lloramos es agradecerte el haber llenado nuestro hogar.
Espéranos, que allí donde estás, la espera será corta y placentera. 

Feliz partida y felices reencuentros.  


lunes, 25 de abril de 2016

En días de infortunio



Dicen que cuando una puerta se cierra se abre una ventana y, que cuando alguien dice que no cree en las hadas una muere en el País de Nunca Jamás.

Margarita no entendía de problemas laborales, ni de problemas económicos, sociales, culturales ni sentimentales; no entendía que nacer y vivir en este mundo es solo una cuestión de suerte. Ella nació siendo víctima, como también nacieron víctimas sus hermanos, y como anteriormente nacieron víctimas su madre y su padre también. Víctimas de un sistema, de una sociedad y de una forma de vivir. 

Margarita llegó la tercera, y tras ella llegaron dos niños más, siendo ella la única niña en el ecuador de cinco hermanos. Nació simpática, guapa, con un salero y un desparpajo que conmovía y enamoraba a quien la conocía. Virtudes que en este mundo bien podían ser un premio o convertirse en motivo de esclavitud.

Cuando su padre y su madre sin proponérselo acabaron siendo padres por primera vez, eran demasiado jóvenes. Hijos de familias que, a su vez, sus padres habían sido demasiado jóvenes, e inmersos en un círculo de pobreza e incultura que les impedía avanzar. Pero estos niños habían nacido bajo buena estrella. Se criaban gracias a la caridad, a medias estatal y a medias cristiana.  Internos en un colegio, estaban bien alimentados, bien vestidos, iban a la escuela a diario, gozaban del calor de maestros y compañeros, supervisados por la gran institución estatal, pero también y más importante aún, gozaban de un padre, que a falta de grandes entendederas les daba lo único que podía darles, la dedicación que les era permitido y el amor fraterno que ni la pobreza ni la falta de letras le podía arrebatar. Amor que era correspondido por esos cinco niños que sentían por él verdadera adoración.

Y así se fueron sucediendo los años de la mejor manera posible, hasta que un día, cuando Margarita era una niña de siete, aquella buena estrella cambió de destino, y un día de vacaciones de Navidad, su madre decidió que ya no los quería más, que correría tras aquel galán guapo de brazos fornidos, que le prometió una vida plena a un millar de kilómetros de su pueblo natal. Se los metió debajo del brazo, y al responsable que había de guardia aquel día en el cuartel le dejó de regalo a los cinco que un día viera nacer, mientras su padre se desgarraba impotente tras los muros de aquel cuartel esposado de pies y manos por culpa de una ruin mentira. Y así fue como la buena estrella de aquellos niños se apagó.

No pasó mucho tiempo hasta que el furgón que vendría a llevarlos a una nueva casa, que no un hogar, aparcara a la puerta de aquel lugar, y al subir Margarita junto a sus hermanos llorando y temblando de miedo, sintió el fuerte portazo tras de sí. Pero no hubo ninguna ventana que se abriera por ningún lado dejando entrar una ligera brisa con la que volver a respirar.  

Hoy han pasado once años desde aquel día. Hoy es el décimo octavo cumpleaños de Margarita, aunque no hay nada que celebrar, tan solo una maleta junto a una puerta que nunca cruzó de la mano de una nueva madre que la quisiera. Margarita sabe que la van a ayudar, pero hoy recuerda a sus hermanos, a los que perdió cuando los adoptaron y a los otros que perdió el día que cruzaron la misma puerta que hoy ella debe cruzar. Siempre soñó con el reencuentro, pero no sabe ni cómo ni por dónde empezar. Y firme bajo el umbral de la puerta, agarra fuertemente la maleta, respira hondo, y con el miedo mordiéndole la boca del estómago, unas palabras no dejan de revolotear  en su cabeza, unas palabras que leyó en algún cuento infantil: “no creo en la magia, no creo en las hadas”, se repite. No se atreve a pronunciarlas en voz alta por temor a ser ella el hada que muera en el País de Nunca Jamás.