lunes, 12 de junio de 2017

Y se quedó entre nosotros (Capítulo II)


Capítulo I: Y se quedó entre nosotros (pincha en el enlace para leer el capítulo I)



Aún no habían pasado las veinticuatro horas reglamentarias desde que Ev descendiera para mezclarse con los humanos, pero Re, ya se temía lo peor. Aunque su forma de pasar malos ratos no era para nada la más convencional. Canturreaba mientras toqueteaba todo lo que le venía en gana, y bajito decía en tono infantil:

         - Mira Ev, estoy tocando este botón, y no pasa nada.

Tan aburrido, tan aburrido estaba que acabó tocando y haciendo lo que realmente no debía, y acabó incorporándose a sí mismo la programación para la transmutación corpórea, aunque esta vez sí era la correcta, por lo que en cuestión de un par de minutos, Re estaba sobre la superficie terrestre con forma humana.

       - ¡Ala, qué guay!, soltó con cara de asombro al ver su nueva forma corporal, al mismo tiempo que daba un respingo al escucharse a sí mismo, y volvía a repetir:

        - ¡Ala, qué guay!

Re, no se paró a pensar en las consecuencias que aquella incursión en, lo que parecía ser tierra hostil, podía tener, no solo para su persona, sino para su propia civilización. Aún no sabían nada de aquellos terrícolas, y si resultaban estar tan avanzados como ellos, y descubrían la nave, que se había quedado adecuadamente escondida en modo camuflaje, su propio planeta se encontraría en grave peligro. Pero mientras estas inquietudes flotaban en el aire, en cabeza de nadie, Re iba por las calles de aquel lugar dando saltitos como un niño pequeño, sonriendo y parándose a observar todo cuanto le salía al paso. Una de las características principales de la transmutación corpórea era la base de datos que llevaba incorporada de todos los idiomas propios del lugar, y con solo escuchar una palabra, de forma automática, se podía comenzar a entablar conversación. No había pasado ni media hora, cuando Re iba charlando y riendo con un grupo de especímenes jóvenes de aquel lugar.
Aquel día parecía ser fiesta. Todos los especímenes que se encontraba estaban de buen humor, se escuchaba música festiva (la música que, como las matemáticas, es lenguaje universal, formaba parte también de la idiosincrasia del pueblo plusvatino, por lo que no le era algo desconocido), y casi todos sujetaban con las manos unos recipientes en cuyo interior había líquidos de diferentes colores aunque había uno que era el que más se repetía. Él, que seguía sin medir las consecuencias de sus actos y movido por la energía que transmite el ambiente festivo, pidió probar aquel líquido. Y ¡oh, maravilla!, la ingestión de aquel caldo fresco, espumoso y dorado se convirtió en una experiencia suprema. Pasó largas horas charlando y riendo con unos y otros grupos de humanos, movido por la seguridad y valentía que otorga la ignorancia y los efectos de aquella bebida celestial, soltando la lengua sobre su procedencia y la misión que lo había traído hasta este planeta. Pero si había algo bueno que Re tenía, era esa ternura que despierta el entusiasmo de los niños pequeños cuando cuentan sus historias, y así fue como Re fue acogido en aquel lugar como uno más, consiguiendo hacer de su vida algo práctico y, sobre todo, al servicio de los demás.

Existen muchos tipos diferentes de ese líquido, y dicen los entendidos en materia que hay un tipo, que es el peor de todos. Pero como Re, no era entendido en nada, pasó toda su vida yendo de feria en feria, regentando un quiosco de venta de cerveza en cuya parte superior podía verse un letrero con un señor con un gorrito rojo y unas letras que rezaban “Cervezas Cruzcampo”.


EPÍLOGO:

En la Agencia Espacial Europea, aquellos días había un revuelo enorme. La confirmación de la existencia de otras formas de vida avanzadas había llamado a nuestra puerta, prácticamente. Se había hallado una nave espacial orbitando sin tripulación alrededor de la Tierra, esquivando satélites meterológicos y de comunicaciones. La voz de alarma ya se había dado a los Estados Unidos, Rusía, la OTAN entera estaba en alerta máxima, puesto que estaba claro que se habían infiltrado entre nosotros, y eso significadaba, con toda seguridad, una pronta invasión extraterreste.


lunes, 8 de mayo de 2017

Todos los muertos


(…) “¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!”
Rima VII, G.A.Bécquer


A sus ochenta y cuatro años era difícil adivinar el color cobrizo de su pelo a no ser por la espesa barba que cubría la parte inferior de su rostro que, aunque con abundantes canas también, seguía manteniendo el pelirrojo que antaño luciera toda su cabellera. Hacía tiempo que su andar era taciturno y su gesto cabizbajo, y no era para menos. Edward Murray, había sobrevivido a una guerra mundial y a sus horrores; formó parte de la 51ª División de Infantería de las Highlands, o tierras altas de Escocia, entró en batalla en el norte de África, pero fue enviado de vuelta a casa a causa de un disparo que recibió en su pierna derecha, herida que aún hoy le sigue informando de los cambios de tiempo atmosférico con exactitud matemática; así se libró de formar parte del desembarco de Normandía. Aunque librarse no era una palabra que le gustara para referirse a este hecho, porque en su interior sentía la decepción de no poder rememorar el sonido de las gaitas de su tierra natal en el campo de batalla en un momento histórico tan señalado. Había sobrevivido también a la muerte de su esposa, víctima de la gripe, cuando sus dos hijos contaban con tan solo siete y doce años de edad. A pesar de que hacía casi cuarenta y cinco años de aquello, seguía conservando su recuerdo con mucha ternura, ya que se habían casado muy enamorados. No volvió a casarse, aunque algún que otro escarceo sí que había tenído. Ninguna otra mujer le había parecido bien para volverse a casar, o tal vez, es que el matrimonio ya había perdido para él el brillo de la primera vez. No engañó a ninguna de ellas al respecto, pero es que tampoco era ningún monje. Y, por último, había sobrevivido a la muerte de sus dos hijos, a edades bastante tempranas. Uno a causa de su adicción a las drogas, y el otro, en un desafortunado accidente de tráfico. Ninguno de sus hijos tuvo descendencia, así que cada nuevo día suponía para él iniciar un camino con su andar taciturno y su gesto cabizbajo, puesto que la vida lo había dejado solo frente a un destino silencioso en una casa silenciosa.

Le gustaba madrugar bastante y deambular a esas horas en las que el día se confunde con el ensueño, por la calles de su ciudad natal, Fort William. Hacía tiempo que el encontrarse con conocidos y entablar conversación con ellos se había convertido en una tarea ardua que llevar a cabo, y a esas horas, las personas con las que se iba tropezando no tenían ni tiempo ni ganas de charla, así que, sin duda, no había mejor momento para el paseo. Sabía que pronto su tiempo en este mundo se agotaría, y quería disfrutar a solas de lo único que le quedaba en el mundo, la ciudad que lo vio nacer y sus recuerdos. Tantas vueltas le dio a esos recuerdos durante tanto tiempo, que una mañana fría del mes de mayo algo en su interior cambió. Un acto de rebelión le llevó a encaminar sus pasos a otras horas hacia otros lugares, porque sintió el impulso de cambiar sus tediosos días y hacer algo con su vida, al fin y al cabo, aún no había muerto. No quería que su paso por el mundo quedase en nada, ni el suyo ni el de aquellos a los que había amado. Era su particular última batalla contra la muerte, la muerte de todo lo que acompaña a las personas una vez dejan este mundo, sus recuerdos, sus inquietudes, sus motivos. Había decidido iniciar la elaboración de su árbol familiar. No tenía ni idea de cómo ni por dónde empezar, así que decidió empezar por la historia de la Tierras Altas a ver si encontraba algún hilo del que tirar. De la noche a la mañana se volvió el personaje más popular de la biblioteca municipal, buscando, preguntando, fotocopiando, a cualquier hora de cualquier día allí lo podías encontrar.

El sábado en que Helen acudió a la biblioteca para la lectura de una de sus novelas, como venía haciendo una vez cada cierto tiempo, Edward, levantó la vista y dejó sus ocupaciones para formar parte del numeroso grupo que había acudido a escucharla leer. Disfrutó enormemente de aquel silencio mecido por las palabras, y cuando la lectura terminó, no lo dudó, se acercó a aquella menuda y rubia mujer, con aquellos enormes ojos castaños escondidos tras los cristales de sus gafas, y sin más presentación le preguntó:

  • ¿Escribirás tú mi historia?

A lo que Helen, que llevaba tiempo sin poder escribir nada, le contestó que sí.

Edward, de la mano de aquella mujer, visitó archivos públicos y registros privados de los castillos de algunos de los clanes de aquellas tierras, viajó de la Biblioteca Nacional de Escocia en Edimburgo al archivo de la magnífica biblioteca municipal de Inverness, hasta que sin darse cuenta, habían conseguido estirar el hilo hasta finales del siglo XVIII, donde, definitivamente, el hilo se perdió. Fue el momento en el que sentarse y comenzar a escribir la parte que a él le correspondía contar, tal vez la más dolorosa.

Biblioteca pública de Inverness, Escocia


                                                                                                                                                 
Habían pasado casi cuatro años desde su primer encuentro cuando el ímpetu invertido en aquella empresa comenzó a pasar factura, y con ochenta y ocho años de edad, Edward murió. A su funeral acudieron todos los habitantes de Fort William, algunos buenos amigos hechos en Inverness y en Edimburgo, y los trabajores de la editorial que había publicado sus trabajos de investigación junto con sus memorias un tanto noveladas.

A los viandantes que pasan cada día junto a la biblioteca de Fort William les cuesta no ver a aquel hombre mayor y aquella mujer joven sentados en una de las mesas en una esquina de aquella sala con ventanales a la calle, con las cabezas embutidas en libros y papeles. Pero eso es lo de menos, puesto que Edward había ganado esa última batalla. Y es que ahora no descansa, ni lo hará nunca, ya que su nueva morada no es cualquier cementerio de cualquier lugar, sino uno de los millones de estantes clasificados que hay en el mundo en ese lugar donde habitan todos los muertos que nunca morirán, a merced siempre de unas manos que lo elijan y unos labios que lo lean.


sábado, 8 de abril de 2017

Leyendas de ultramar



Aprendimos a mirar
con la duda entre los dedos y a tientas
descubrimos que al final,
las palabras que no existen
nos pueden salvar, sin hablar.”
Rey Sol. Vetusta Morla

Hubo un tiempo tan antiguo que ni los viejos más viejos que los viejos pueden ya recordar. Hubo un tiempo tan antiguo que las palabras ya cansadas y desgastadas dejaron de repetir sus historias. Hubo un tiempo tan antiguo al que ya nadie se refiere, ni siquiera los sueños pueden saber de su verdad.

Fue en aquel tiempo cuando el titán Hiperión y la titánide Tea engendraron a Selene, la más lozana, la más hermosa, aterciopelada y etérea de sus hijas. Prendados ambos de tanta maravilla, quisieron mostrarla al mundo al tiempo que protegerla, y así fue como la enviaron lejos aunque a la vista de todos, con su abuelo Urano, el firmamento, donde solo se mostraría en todo su esplendor en pequeñas dosis, en el momento del descanso y en fases que irían variando con los días. De este modo, ni permitían su comtemplación constante ni tampoco su olvido, consiguiendo un equilibrio perfecto en los anhelos por ella de los demás titanes, titánides y humanos mortales.

En aquel entonces su tía Mnemósine dio a luz a las nueve musas, al tiempo que el pastor Endimión vino también a este mundo. Pasado el tiempo, este comenzó con sus labores de pastoreo que lo obligaban a pasar las noches a la intemperie, y como no pudo ser de otro modo, quedó prendado de Selene. A ella, que habia pasado la mayor parte de su vida con la única compañía de su abuelo, observaba desde lejos, pero sin perder detalle, todos los acaecimientos divinos y humanos, comenzaron a llenarsele sus noches con una voz tenue pero que templaba su corazón, y que cantaba versos de los que solo se podía descifrar su nombre. Y es que las musas, ya habían emprendido su camino, haciendo del mundo algo mucho mejor. Llenándolo de música, letras, artes y, al fin y al cabo, amor. Y así fue que Selene y Endimión iniciaron un profundo, hermoso y sincero amor. Selene, que conocía el deseo de posesión de sus padres, al que antes de conocer a Endimión, había llamado amor, y anticipándose a su más que segura conspiración para separarlos, pidió ayuda a su tío Atlas. Selene confiaba en él, porque sabía lo que era ser castigado a la soledad más absoluta, ya que él se enfrentaba a toda la eternidad soportando el peso del mundo sobre sus espaldas, sin posibilidad alguna de redención. Y no se equivocó. Atlas, conocedor del mundo mejor que cualquier otro titán o dios que lo gobernase, construyó un fabuloso enclave en un lugar tan recóndito y escondido que jamás nadie lograría encontrar. Selene se desposeyó de su carne y dejó tan solo la roca en el cielo nocturno, y junto a Endimión partieron al abrigo de la noche a aquel jardín del Edén, al que en honor a su creador, llamaron Atlántida.


Apolo a la izquierda canta y tañe la lira, las musas le siguen danzando


Mientras tanto, las musas, espíritus libres y bondadosos que son, se encontraban contentas y orgullosas, celebrando la perfección con la que se había llevado a cabo el plan que entre todas habían urdido. Guardianas de aquel idílico lugar, fueron recorriendo el mundo, inventando rumores y leyendas acerca de aquel magnífico rincón, para que nadie lo pudiera olvidar. Para unos fue una gran potencia militar, para otros la mayor civilización jamás vista en el mundo, pero un lugar que intentar encontrar y saber de su verdad, para todos. Y pasaron los años, los siglos y los milenios. Pasaron los titanes y las titánides, dioses y diosas, héroes, hombres y mujeres; y ellas siguieron invadiendo el mundo con pequeñas dosis aquí y allá, de la maravilla conservada en aquel lugar. La que nunca permitirían que fuese olvidada.

Y, de pronto, unas notas musicales, una estrofa de un verso, o una canción; unas pinceladas multicolor en un lienzo, un paisaje o unos números exactos en un problema matemático tras su resolución. Y el estómago da un vuelco, y se ablanda un poquito el corazón. Son ellas, que en su incansable deseo de hacer de este mundo un lugar mejor, crearon y dejaron bien guardado el amor puro y sencillo, donde las pasiones humanas o divinas no pudieran mancillarlo, y a pequeños susurros al oído del poeta, del músico o pintor, mago o compositor, lo van regalando por el mundo, consiguiendo que cada quien a cada hora en cada lugar, en lo más escondido de su ser a lo único que aspire en el mundo sea a alcanzar ese estado de perfección que solo nos aporta el amar y ser amados. Serán las ciencias y las artes las que siempre hagan florecer la emoción del amor en los hombres, a la vez que se empeñarán en la eterna búsqueda de la Atlántida, ese lugar ideal, que no es más que el mundo entero.


Un mundo mejor es posible, solo cuando el amor echa a andar. Eso las musas lo sabían, y por eso, no nos abandonaron como a naúfragos en medio del mar. 

jueves, 5 de enero de 2017

Ruinas

Visito ruinas y me estremecen las fábulas elugubradas para intentar explicar su rápida y, más que probable, trágica desaparición. Una lagartija recorre las piedras tratando de absorber los tenues e invernales rayos de sol, los que siempre son iguales, seamos los de aquí abajo unos u otros. Las gentes sentimos curiosidad por lo que quedó largo tiempo atrás. Curiosidad triste, sumida en la melancolía, porque sabemos que ese es nuestro designio...desaparecer. Todo nace y todo muere en un ciclo sin fin donde el tiempo es la incógnita. 

Vivo en tiempo de tradición, de festejos que originalmente tuvieron una misión, y con el tiempo los hemos ido adaptando a los tiempos nuevos, a los "tiempos modernos". Mientras los niños festejan el advenimiento anglosajón de monstruos, demonios, vampiros, brujas malas y fantasmas, yo recojo el testigo de mi madre y recorro dos campos santos, acicalando las tumbas de mis muertos. Uno, el de mi ciudad natal, y el otro el de la pedanía que vio nacer a mi rama paterna de mi árbol de la vida. Y visitas obligatorias a aquellos que me vieron nacer, a mí y a mis hermanos, aquellos que nos han querido y nos quieren y, a los que quisimos y queremos como si la misma sangre corriera por las venas. Jamás me he preguntado las razones de tan estrecho vínculo, heredado de tiempos de mi bisabuelo, hecho que desconocía hasta esta festividad celta de Samnhain, convertida en la noche de difuntos por el cristianismo, en la que el velo que separa el mundo de vivos y no vivos desaparece propiciando la comunicación entre ambos; y es este día, cuando la tercera generación de dicha amistad cuenta a mi hermana, que cuando su abuela dio a luz a un niño enfermo de su cabeza, agresivo en ocasiones, mi bisabuelo no dejó ni un solo día de ir a su casa a ayudarla en las tareas que requiriese para con el niño. Acción por parte de mi bisabuelo, del que desgraciadamente no sé el nombre, provocada quién sabe por qué sentimiento de bondad, que unió en el tiempo a cuatro generaciones, aunque intuyo, y por ello lamento, que hasta aquí hemos llegado. Tal vez, por eso, la abuela, ha querido este año, en este día, que ese acto no se pierda en la memoria del tiempo, al menos de momento, y puso las palabras en boca del que fuera mejor amigo de mi padre, queriendo que la piedad que mi bisabuelo mostró, aún no quede en el olvido, y nos ha dejado ese conocimiento como herencia. 

Vivimos el presente, porque es lo único de lo que disponemos, y decidimos que el tiempo pasado, pasado es, y lo olvidamos, pero en su seno alberga grandes lecciones de amor que hacemos desaparecer con la desmemoria, sin darnos cuenta que nos vamos borrando a nosotros mismos, como borrado está el destino que sufrió aquella ruina romana que visité, y sobre la que en mi infancia, tanto jugué y, tanto tiempo pasé, sin saber de su existencia bajo mis pies. 

Somos porque antes han sido, y es nuestra obligación honrarlos. 

domingo, 13 de noviembre de 2016

Efecto mariposa

La ciencia se compone de errores, que a su vez, son los pasos hacia la verdad.”
Julio Verne

   


Efecto mariposa: Concepto de la teoría del caos. Si en un sistema se produce una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente grande a corto o medio plazo.




Ginebra, año 2091

Ethan era un conocido nocturno en el centro de Organización Europea. Era uno de los pocos físicos que pasaba allí un gran número de noches trabajando hasta el amanecer. Le gustaba acudir allí por las noches por el silencio ya que durante el día era un continuo ir y venir. Desde que se retomaran algunas de las teorías propuestas por el genio Albert Einstein un siglo atrás, acudía al centro con un interés renovado. Al llegar aquella noche, preparó con pulcritud la lista de parámetros que debía introducir en la simulación, que aunque los tenía memorizados no dejaba de mirar para no cometer errores. A pesar de estar en una zona cerrada, una casi minúscula polilla le rozó con su aleteo nervioso la oreja derecha. Sobresaltado, pegó un manotazo al aire, y sin querer pulsó la tecla de puesta en marcha del Gran colisionador, sin terminar de meter los parámetros. Del susto, la sangre le invadió toda la cara dejándosela de color grana, y el corazón le latía tan fuerte que parecía que se quería salir del pecho. Acababa de poner en marcha el, comúnmente llamado acelerador, sin supervisión, y con una cadena de parámetros incompleta e incorrecta. Millones de euros invertidos para que él, ahora, provocara algún desajuste o avería. Esperó en silencio, casi sin respirar, al menos tres horas. Pasado este tiempo, no sucedió nada, salvo el mensaje de error que apareció en la pantalla, para luego desaparecer. Así que, aliviado decidió marcharse a su casa, y no volver a pensar en la maldita polilla que, impúnemente, había desaparecido por una rejilla de ventilación.

Granada, 1874

La noche se presentaba fresca e Hilario se preparaba para una noche más de trabajo. Acababa de sacar del armario la pesada capa que lo protegía del frío en las peores noches invernales. No había pasado aún el mes de noviembre, y las calles estaban cubiertas de un manto de hojas decrépitas. Lo que más le gustaba de su trabajo eran los eternos paseos por las calles vacías: el crujir de las ramas de los árboles, el susurro de las hojas en las noches de viento; y, el golpe seco y hueco que iban dejando sus pasos en el acerado, se convertía en esta época del año en el chisporroteo travieso de hojas al deshacerse bajo sus pies. Hacía tiempo que su madre había dejado de incordiarle con que sentara la cabeza y se buscara una novia, que ya a sus veintiocho años se iba a quedar para vestir santos. - ¡La culpa la tienen esos malditos libros!, solía gritarle. Pero a él, esos libros y Julio Verne, le habían salvado de sus noches anodinas, recorriendo calles, abriendo puertas y anunciando la hora y el tiempo a grito de – y serenooo. Él era consciente de que algunas noches perdía el sentido de la realidad, cuando al imaginarse protagonista de algunas de aquellas aventuras submarinas o viajes a la luna, su preferida, al escuchar cualquier sonido extraño proveniente de la noche, que siempre está repleta de sonido extraños, por un momento creía que se trataba de alguno de esos personajes que venía a hacerlo particípe de la acción. Luego, se reía de sí mismo, pero en el fondo reconocía que ese sería el mejor de los futuros que le podía esperar. Ese era su deseo real y más profundo: convertirse en el protagonista de una, o de miles de aventuras.
Esa noche, cuando Hilario inició su paseo, por la avenida arbolada, lo primero que hizo fue mirar a la ventana de la señorita Margarita. Aún se veía una luz encendida. Mañana era el día de su boda, y esta noche posiblemente, le costaría conciliar el sueño. Miró una segunda vez y allí vió su figura, saludándolo con la mano, y como si de un ritual se tratase, él le devolvió el saludo y prosiguió su camino. Acababa de corear las tres de la madrugada de nuevo a la altura de la ventana de Margarita, cuando una ligera brisa se levantó. Iba concentrado en el crujir de las hojas secas bajo sus pies y sintió como unas cuantas hojas cayeron a la vez al suelo tras él. Hecho sin importancia pero que le hizo volverse a mirar. No había nadie, como era de esperar. Miró a la ventana de Margarita, pero ahora estaba a oscuras. Le hubiese gustado ver su silueta saludándolo de nuevo. Siguió su trayecto con un cierto hilo de intranquilidad, al que no se atrevía a llamar miedo. Espantó los malos augurios de su cabeza y prosiguió dándole vueltas a De la Tierra a la Luna, de Julio Verne. A pesar de su insistencia en concentrarse en sus pasos y pensamientos, el viento no dejaba de arrastrar hojas al suelo tras él, lo que lo iba poniendo cada vez más nervioso. Así fue pasando el tiempo, hasta que a las cuatro y media de la madrugada vio encenderse la ventana de Margarita, lo que le dio cierta tranquilidad...

Pero, de repente, un estruendo magnético le provocó un agujero en el estómago, para luego convertirse en secuencias agudas de chillidos metálicos que como látigos le atizaban por todo el cuerpo, intentaba zafarse de una fuerza indescriptible que había surgido de la nada y que lo atrapaba sin piedad no dejándole ni emitir un minúsculo grito. Cuando Margarita se asomó a la ventana y miró tras el visillo, vio como, Hilario el sereno, primero se debatía a manotazos con el aire para en una décima de segundo después, desaparecer.


Los vecinos acudieron al auxilio de los gritos de Margarita que apenas podía explicar lo que había visto. Amaneció y la boda no se celebró. Su futuro esposo la repudió por trastornada, y todo el barrio se sumergió en un murmullo en el que daban diferentes explicaciones a la desaparición de Hilario. Unos vecinos decían que se había escapado con una fulana, otros que había sido testigo de un asesinato y, se lo llevaron por delante, y así, durante un tiempo hasta que las lenguas se cansaron de hablar y las mentes de inventar. Lo que sí era cierto es que Hilario, había emprendido un camino desconocido, donde la abertura en la línea espacio-tiempo provocada por Ethan, un par de siglos después, lo convertiría en el protagonista de multitud de aventuras en diferentes mundos y tiempos posibles, convirtiendo sus anhelos en realidad y, siendo, finalmente, feliz... o no.

martes, 2 de agosto de 2016

Canción otoñal



Canción otoñal (En los soportales)

Acumulamos tantos momentos en nuestras vidas, que, a veces, queda la sensación de no haber vivido todo lo intensamente que nos hubiera gustado. El sentimiento se dispersa entre tanto recuerdo y el regusto que queda es que ha sido mucho y malo. Cada vez que una relación entre dos personas, por corta y, aunque, solo en apariencia, poco relevante que sea, se acaba, solemos pensar que hemos estado perdiendo el tiempo. Yo he tenido esa sensación, no pocas veces, y lo he escuchado, también otras pocas veces, en bocas de otras personas. Y es que, tras cada ruptura o final, el desencanto, decepción y el resentimiento nos nubla el pensamiento, y no podemos más que pensar que de nada nos ha servido el tiempo y el esfuerzo dedicado a esa relación. Siempre nos queda esa sensación de vacío, de haberlo dado todo, y no haber recibido en la misma medida que dimos o nos hubiera gustado recibir. Y es que ese espacio dedicado al sentimiento, al compartirse uno mismo y esperar que el otro también lo haga, se hace tan complicado, precisamente por eso mismo, porque la medida no es la misma para todos, y también porque tenemos tendencia a generar expectativas en función del grado de ilusión. Hace poco he leído una frase en una novela que, no por simple, entraña cierta  complejidad:  "Estoy tan obsesionada con él, que pienso que todo el mundo lo está".  Podemos considerarla la madre de los celos, entre otras cuestiones. Y cuando el desencanto, la decepción y el resentimiento dejan espacio libre a pensar serenamente sobre esa relación, nos damos cuenta que todas ellas nos han aportado, si no mucho, algo importante que recordar. Hace unos días, sin buscarlo, me encontré con un texto que escribí en En los soportales. En él integré unas palabras que me escribieron, lo titulé Canción otoñal, y al volver a leerlo me estremeció. No sé cuánto de sinceridad había en esas palabras, y sinceramente, no me importa, sólo sé que hoy forman parte del bagaje romántico o sentimental que acumulo. Triste, con demasiado esfuerzo por mi parte y decepcionante, aunque en estos días para nada me resulta doloroso. En estos días pienso, que sólo me gustaría poder volver atrás, a los dieciséis, cuando me enamoré por primera vez de verdad, y poder volverme a enamorar de la misma manera.

" Me gustas cuando hablas,
cuando ríes
e, incluso, cuando no dices nada.
También cuando no estás
porque entonces me invade la melancolía.
Esa tan agradable que sube por la espina dorsal
como una tenue descarga de corriente eléctrica y, que
luego se torna en sosegada,
como una brisa leve
o un susurro en el viento del paseo...
Me gustas cuando llueve en el cristal,
debajo de la luz del flexo de mi mesa...
en la próxima cafetería o
en los kilómetros de la carretera ."


jueves, 14 de julio de 2016

Vivir en una isla

Cuando era pequeña y llegaba el verano, teníamos por costumbre convertirnos en domingueros. En aquellos tiempos me disgustaba ese calificativo, puesto que nos convertía, al mismo tiempo, en gente de pueblo, que pensaba yo por entonces, con menos glamour que otras gentes, llegadas quizás, de la capital. Primero, éramos domingueros en familia: padres, tíos, primos, vecinos, y gente desconocida; más adelante pandilleros domingueros, para luego pasar a otro nivel, que consiste en pisar la playa de higos a peras, que dice el refrán, al menos en mi caso. Tanto si era en familia como en compañía de los amigos, a la vuelta siempre la acompañaba un sentimiento nostálgico y cierta reticencia a abandonar el lugar. Recuerdo cómo la noche iba cayendo lentamente, y desde mi asiento, con los viajeros en silencio agotados  tras exprimir cada segundo del día,  aprovechado cada rayo de sol, saltos sincronizados con las olas o remolinos de la brisa marina, mecida por el traqueteo del autobús y arrullada por el sonido del motor, veía cubrirse de luces nocturnas el horizonte, y también recuerdo alguna ocasión en la que la luna llena era dueña y señora del cielo tras haber dejado su rastro en esa mancha ahora oscura que era el mar. Era en esos momentos cuando me asaltaba la idea de que, por bueno que hubiera sido el día, me estaba perdiendo lo mejor. Y es que toda una vida distinta se me figuraba en la noche a la orilla del mar. Quizás es por eso por lo que siempre he deseado vivir donde los paseos al atardecer te llenen de fina arena los pies. Hoy formo parte de ese paisaje de luces nocturno, soy una de esas luces encendidas tras una ventana. Y como todo en la vida, hay una gran diferencia entre imaginar y convertir lo imaginado en realidad. Paseo a la hora en la que se encienden las luces, en busca de la arena, y comprendo que la vida no tiene nada de especial en este o en otro lugar, que es el verano, el que con su anhelo de vivir el poco tiempo del que dispone, adorna todo con las mejores galas que nos pueda ofrecer: gentes relajadas. niños arrugados en las piscinas o en el mar..., tanta luz, y música, tanta música por donde quiera que vayas acompañada de coros de niños que al unísono te sorprenden y te arrancan la mejor de las sonrisas,  que llegas a dudar si las melodías que escuchas no sean acordes que exhale el viento con la brisa del mar.

viernes, 3 de junio de 2016

Es por ti

Existe un lugar en el mundo al que no podemos acceder. Existe un lugar en el cielo al que todos anhelamos llegar, aunque no nos es posible, para ello tendríamos que aprender a mirar con ojos nuevos. Existe una mirada que nos envuelve allí donde vayamos, pero que en la mayoría de los casos no somos capaces de ver. Es la culpa que hemos de pagar. Existe un lugar donde nos esperarán.
Llegan, y su sola presencia llena el tiempo y el espacio de voces de ternura, de peleas tontas, de caricias, del silencio cómplice. Sólo compañía, solo amor. Amor sin celos, amor sin posesión, amor sin memoria. Amor sin más. Existe un lugar donde deseo algún día llegar. Lo único que podemos hacer los que te lloramos es agradecerte el haber llenado nuestro hogar.
Espéranos, que allí donde estás, la espera será corta y placentera. 

Feliz partida y felices reencuentros.  


lunes, 25 de abril de 2016

En días de infortunio



Dicen que cuando una puerta se cierra se abre una ventana y, que cuando alguien dice que no cree en las hadas una muere en el País de Nunca Jamás.

Margarita no entendía de problemas laborales, ni de problemas económicos, sociales, culturales ni sentimentales; no entendía que nacer y vivir en este mundo es solo una cuestión de suerte. Ella nació siendo víctima, como también nacieron víctimas sus hermanos, y como anteriormente nacieron víctimas su madre y su padre también. Víctimas de un sistema, de una sociedad y de una forma de vivir. 

Margarita llegó la tercera, y tras ella llegaron dos niños más, siendo ella la única niña en el ecuador de cinco hermanos. Nació simpática, guapa, con un salero y un desparpajo que conmovía y enamoraba a quien la conocía. Virtudes que en este mundo bien podían ser un premio o convertirse en motivo de esclavitud.

Cuando su padre y su madre sin proponérselo acabaron siendo padres por primera vez, eran demasiado jóvenes. Hijos de familias que, a su vez, sus padres habían sido demasiado jóvenes, e inmersos en un círculo de pobreza e incultura que les impedía avanzar. Pero estos niños habían nacido bajo buena estrella. Se criaban gracias a la caridad, a medias estatal y a medias cristiana.  Internos en un colegio, estaban bien alimentados, bien vestidos, iban a la escuela a diario, gozaban del calor de maestros y compañeros, supervisados por la gran institución estatal, pero también y más importante aún, gozaban de un padre, que a falta de grandes entendederas les daba lo único que podía darles, la dedicación que les era permitido y el amor fraterno que ni la pobreza ni la falta de letras le podía arrebatar. Amor que era correspondido por esos cinco niños que sentían por él verdadera adoración.

Y así se fueron sucediendo los años de la mejor manera posible, hasta que un día, cuando Margarita era una niña de siete, aquella buena estrella cambió de destino, y un día de vacaciones de Navidad, su madre decidió que ya no los quería más, que correría tras aquel galán guapo de brazos fornidos, que le prometió una vida plena a un millar de kilómetros de su pueblo natal. Se los metió debajo del brazo, y al responsable que había de guardia aquel día en el cuartel le dejó de regalo a los cinco que un día viera nacer, mientras su padre se desgarraba impotente tras los muros de aquel cuartel esposado de pies y manos por culpa de una ruin mentira. Y así fue como la buena estrella de aquellos niños se apagó.

No pasó mucho tiempo hasta que el furgón que vendría a llevarlos a una nueva casa, que no un hogar, aparcara a la puerta de aquel lugar, y al subir Margarita junto a sus hermanos llorando y temblando de miedo, sintió el fuerte portazo tras de sí. Pero no hubo ninguna ventana que se abriera por ningún lado dejando entrar una ligera brisa con la que volver a respirar.  

Hoy han pasado once años desde aquel día. Hoy es el décimo octavo cumpleaños de Margarita, aunque no hay nada que celebrar, tan solo una maleta junto a una puerta que nunca cruzó de la mano de una nueva madre que la quisiera. Margarita sabe que la van a ayudar, pero hoy recuerda a sus hermanos, a los que perdió cuando los adoptaron y a los otros que perdió el día que cruzaron la misma puerta que hoy ella debe cruzar. Siempre soñó con el reencuentro, pero no sabe ni cómo ni por dónde empezar. Y firme bajo el umbral de la puerta, agarra fuertemente la maleta, respira hondo, y con el miedo mordiéndole la boca del estómago, unas palabras no dejan de revolotear  en su cabeza, unas palabras que leyó en algún cuento infantil: “no creo en la magia, no creo en las hadas”, se repite. No se atreve a pronunciarlas en voz alta por temor a ser ella el hada que muera en el País de Nunca Jamás.

jueves, 8 de octubre de 2015

Solo la tierra es testigo


Mi abuela nació en el año 1912, por lo que cuando se hundió el Titanic, la Tierra ya contaba con su presencia. Nacida de una familia de posibles venida a menos, según tengo entendido por culpa de las malas artes de las que presume el juego, comenzó un camino de penurias cuando a los dos años de edad, su madre, mi bisabuela, murió de gripe. Casada bastante joven con un hombre que no le dio buena vida se dispuso a parir a mi madre un año antes del alzamiento del militar, posteriormente caudillo de este nuestro país durante cuarenta años. Siendo así las cosas, madre de dos bebés, tuvo que sufrir una cruenta guerra civil, como lo son todas las guerras, corriendo de un lado a otro con los niños a cuestas según el pánico y las gentes la iban guiando; el fusilamiento de un hermano (cuyo nombre no aparece en el monumento en honor de los asesinados en aquellas fechas situado en el campo santo de esta mi localidad, aunque ya estoy yo para recordarlo), todo ello aderezado con las malas prácticas de aquel que fue mi abuelo, al que le gustaba mucho el vino y peor le sentaba el beber, y el que creía que ella y sus hijos bien se podían alimentar de la caridad mientras él acumulaba y escondía las perras que ganaba con su oficio de barbero. 

Hoy me ha venido a la memoria mi abuela, que ella, y tantas otras como ella, sola sabrá el sufrimiento que se llevó a la tumba, por culpa de una avioneta. En mi adolescencia me solía reír de ella, ingenua adolescencia, cuando al oír una avioneta o un avión surcando los cielos, no podía menos que echarse a temblar y ponerse a rezar, para que "el aparato" pasara de largo y no soltara ninguna bomba.  Escucho la avioneta, y como buena habitante de pueblo, o de provincias, que también nos suelen llamar, salgo corriendo a la ventana a verla pasar, y me entristezco mucho por mi abuela, porque lo único que me trae a mí al recuerdo es una escena de la película El paciente inglés.

Solo la tierra es testigo, y con suerte también las piedras. Los demás no tenemos derecho a juzgar.




A mi abuela Josefa

viernes, 3 de julio de 2015

Y se quedó entre nosotros


Aquellos días había un gran revuelo en todo Plusvatia. Se acababa de descifrar el mensaje llegado desde el espacio exterior. Su origen se situaba en una zona desconocida y aún sin explorar. Un planeta pequeño en el sistema de una estrella mediana en un brazo exterior de una galaxia espiral. Planeta Tierra, lo llamaban aquellos seres desconocidos hasta ahora. Este descubrimiento marcó la infancia de Ev, el cual convirtió en su único objetivo viajar a aquel lugar.

Cuando Ev entró en la escuela de viajes estelares, no pudo tener peor suerte con el compañero que le había sido asignado. Era Rebec, sobrino del Príncipe Interplanetario, al que todos llamaban Re, la persona más torpe que jamás había nacido de linaje real. Especialista en desbaratar cualquier plan con alguna torpeza. Su familia lo colocó allí, para perderlo de vista durante los viajes estelares, y ahora, era en quién debía depositar una confianza ciega.

                                               
Cuando Ev acabó sus estudios, cum laude, era el mayor especialista en transmutación corpórea, reputado y respetado expedicionario. Sus misiones consistían en el estudio de otras formas de vida in situ, o lo que entendemos en la Tierra como cotilleo puro y duro. Y siempre junto a él, el piloto más desastre que había en el planeta: Re.

Acababan de llegar a aquel bonito lugar y se hallaban sobrevolándolo en modo camuflaje. Ev, estaba concentrado en la tarea que tenía frente a sí. Infiltrarse entre los humanos y obtener todos los datos posibles de la especie. Mientras que Re, lo único que tenía que hacer  era escoger un buen modelo de humano que copiar para la transmutación e introducir los datos fisiológicos de ese ser en un dispositivo que iba conectado al sistema nervioso central de Ev. Ahí estaba toda la programación para convertirse en humano y, posteriormente volver a su estado original. Por otro lado, las órdenes eran clarísimas, una vez Ev se inflitraba entre aquella raza, el plazo límite de espera eran veinticuatro horas, pasadas las cuales se le daba por desaparecido y se declaraba el lugar como hostil.

-         Re, ¿Tienes preparados los datos?, preguntó Ev escuetamente.
-         Sí, respondió Re con una sonrisa bobalicona.
-         ¿Has programado correctamente el procedimiento inverso de la transmutación para volver a mi estado normal?, insistió Ev con desconfianza.
-         Sí, claro, ¿por quién me has tomado?, le reclamó.

Por el plusvatino más tonto que he conocido, pensó Ev.



Apareció sobre un camino de suelo gris donde se escurría un poco al avanzar. No vio a nadie. Comenzó a desplazarse dándose cuenta en ese momento que iba a cuatro patas. No había dado más de veinte pasos cuando se topó de frente con dos especímenes diferentes entre sí que acababan de doblar una esquina. Uno iba a dos patas, y el otro a cuatro, pensando que este último era el ser con inteligencia superior, ya que se desplazaba como él. Pero algo iba mal, ya que era el que iba a dos patas el que emitía sonidos similares a un lenguaje elaborado, y que pareció sorprenderse mucho al verlo allí. Emitió unos sonidos, que supuso serían palabras, que él no pudo copiar, y en ese mismo momento el pánico lo invadió. Intentó volver a su estado natural, aunque pusiese en riesgo la misión, y por más que lo intentó no lo logró.

¡Maldito capullo enchufado!, un grito atronador que solo se escuchó en el  interior de su cabeza. ¿En qué me habrá transmutado?


Como el ser a dos patas le iba haciendo señas para que lo siguiera, decidió que esa, de momento, era la mejor opción hasta que algo se le ocurriera para escapar de allí. Mientras seguía a aquel ser, observó a más como él que se iban parando y hacían aspavientos mientras lo observaban, emitiendo unos sonidos extraños, a veces, estridentes,  que no eran palabras pero que les proporcionaban gran placer, eso era evidente. Lo seguía por inercia, atrapado en el cuerpo de un ser que no era el dominante, en un planeta extraño y sin posibilidad de escapar. Se temía lo peor. Y no se equivocaba. Después de un largo paseo por un camino de tierra y polvo, se abrieron unas grandes puertas ante él y con auténtico pavor observó a un gran número de seres semejantes a él que lo observaban con una aparente plácida tranquilidad,  mientras que  el único sonido que acertaba a emitir era Beeeeeeeeee.








viernes, 5 de junio de 2015

Let me go home


Estamos acostumbrados, por regla general, a sentir vergüenza por nuestros sentimientos. Y así vivimos de forma artificial, dando la espalda a lo único que poseemos genuino y propio,  lo que nos define a cada uno de nosotros y nos hace ser como somos.

Dicen que la primavera la sangre altera, y cosas así. Quizás es que la explosión de vida que rodea todo alrededor, nos incita a sacar de dentro el brillo y la luz que se quedan escondidos y atemorizados, en algún rincón del corazón, con la tristeza del invierno, cuando todo queda agazapado.

Explosión de vida, de ideas y de ganas. De ganas de vivir antes que la oscuridad lo cubra todo de nuevo. No, no voy a repudiar el sentimiento romántico. Más bien, deseo airearlo, mimarlo y acunarlo, sentirlo y dejarme llevar por él. Hace tiempo que la alegría entró en mi casa, allá por finales de marzo, y desde entonces no ha dejado mi corazón de palpitar al ritmo de una canción de amor. No sé si vendrá o simplemente se disipará con la llegada del otoño, como tantas otras veces en la historia de mi vida, pero tan solo rememorar cómo es el comienzo de una historia de amor llena los días de una manera que, sinceramente, tengo que reconocer, ya había olvidado.


martes, 14 de abril de 2015

¡Leed insensatos! ...


...Y haréis vuestro el mundo.

Leí El Principito, y planté rosas en mi patio.
Leí a Huxley, y comencé a vivir en el futuro,
que ya se había escrito.
Leí a Gordon y entendí de vocaciones.
Leí a Pratchett y Gaiman, y me reí.
Leí a Coelho y rectifiqué el rumbo.


Leí a Machado... y me leí a mí misma.

Leí a Tolkien y supe de valores,
leí a Dumas, y olí a flores,
leí a las Bronte y conocí de locuras y de amores.

Disfruté a Superlópez y aprendí la supervelocidad,
la 13 rue del Percebe, y lo pintoresco de las comunidades.

Me estremecí con Bécquer, y puse palabras a mis suspiros.
Leí a Shea, y perdí al amor de mi vida.

Leí a Eco y reconocí la intolerancia y la ruindad
del poder, el que a nadie desea el bien.
Leí a Asimov y comprendí,
sencillamente comprendí la razón del régimen establecido.

Leí y leí, que no libros,
leí otras vidas, leí otras almas.

Leí a Don Eduardo*, y enjugué lágrimas,
por el amor mayúsculo y
la impotencia de no ocupar su lugar en el mundo.

*Eduardo Galeano


viernes, 2 de enero de 2015

Northern Exposure

Hoy me entero de que mi madre lleva tiempo un poco obsesionada con esos bichitos insignificantes, microscópicos, como lo son los ácaros. Mi madre, que a sus setenta y nueve recién estrenados, cargando a sus espaldas una guerra y una posterior, no menos terrorífica posguerra, y que ha tenido que vérselas con otros no tan insignificantes bichitos, viene ahora a preocuparse por esos otros infames bichos. Claro, que quién no lo ha estado. Recuerdo que allá por los primeros noventa, disfrutando de aquella magnífica serie de televisión Northern  Exposure, más conocida aquí como Doctor en Alaska, me topé con un capítulo en que Maggie se encontraba en la misma situación en que se encuentra ahora mi madre. Tanto que quería llegar a desinfectar el mundo, tanto que llegó a convertir su vida en un auténtico infierno. Gracias a dios que llegó a una inteligente conclusión y es que, en este mundo todo está conectado, que todo existe por alguna razón, y que la existencia de cada ser, de cada planta, de cada grano de arena está ahí porque ahí es donde debe estar. Y digo que gracias a dios porque después del dichoso capítulo me tocó a mí obsesionarme, pero yo jugaba con ventaja y, cada día trataba de convercerme con la conclusión a la que Maggie llegó, hasta que me la creí y los olvidé.

Hoy, me ha dado mucho coraje, que mi madre, a sus setenta y nueve recién estrenados y con una guerra y una terrorífica posguerra a sus espaldas, esté preocupada por esos arácnidos tan mal afamados, y todo por culpa de la caja tonta que nos vende mentiras a destajo, y nosotros nos las creemos, simplemente porque lo dicen en la tele.
Y lo cierto, después de todo, es que existen dos mundos. Existe un mundo real, lleno de Vida: plantas, tierra, otros seres. pero también existe otro mundo no real, inventado, limpio, desinfectado, aséptico, muerto. Un mundo tan de espaldas a nuestra propia naturaleza, que nos está provocando enfermedades, tan de espaldas a la Madre Tierra que hace que niños de no más de once años me digan en una excursión al campo: "todo es muy bonito pero está tan sucio", refiriéndose a la tierra, barro, hojas, piedras como suciedad. 



viernes, 26 de diciembre de 2014

"Juventud, divino tesoro"*

Las cosas, en general, no son lo que son, sino lo que hacemos de ellas, escribí hace tiempo en un comentario a una entrada de las más entrañables que haya escrito, para mí y para las personas que sabían de lo que estaba hablando.
http://horasllenasquenosevan.blogspot.com.es/2013/01/el-cortijo-de-dori-capitulo-1-unos.html#comment-form

Hay personas que, aún sin proponérselo ni tan siquiera quererlo, se convierten en iconos, y hoy hemos perdido a uno. Icono de una época, de un sentir, de una forma de vivir.

No siento tristeza por cumplir años, por ir envejeciendo, por ser yo la que regañe por la calle a los niños que pegan pelotazos a los viandantes, porque escuche por detrás: "cuidado que pasan los viejos", por quedarme dormida en el sofá a las once de la noche mientras veo la tele (tengo que decir que también madrugo mucho), por todas esas cosas que te pasan cuando cumples años sin dejar de hacerlo ni un solo año. No siento tristeza por ello, no. Siento tristeza porque ahora te conviertes en madre de tus padres, y que con su marcha, por el camino que se presenta recto y sin obstáculos solo caminas tú, que te has convertido sin darte cuenta en el parapeto que protege a los otros que han llegado después que tú. Y aunque no tengo miedo a ese camino, y lo transito con ganas y sosiego, hay unas palabras amargas que no consigo tragar: adiós a aquellos años, adiós a mi juventud, adiós a mi divino tesoro.

Hay personas que, aún sin proponérselo ni tan siquiera quererlo, quizás, se convierten en iconos, y hoy hemos perdido a uno. Icono de una época, de un sentir, de una forma de vivir.

* Juventud, divino tesoro. Rubén Darío.
http://perso.wanadoo.es/luisalas/rd190500.htm

lunes, 15 de diciembre de 2014

Siete pecados capitales

LA IRA

- ¡Maldita sea mi estampa!, gritó Fernando, al mismo tiempo que se sorprendía a sí mismo por la utilización de aquella expresión que nunca antes había usado.

Mediaba enero y la mañana era fría, muy fría. Aquellos días se había dejado venir una ola de frío del norte de Europa, y este calaba los huesos sin piedad. Aún era temprano y no terminaba de asomarse el Sol para calentar aunque fuese tenuemente, los tejados y la arboleda que crecía a orillas del arroyo que pasaba junto a su casa. A pesar del entumecimiento de los músculos de la cara, que apenas le permitía hablar, Fernando  se había dejado, por un momento, embargar por el sonido del chapoteo precipitado del agua, que caía por el canalón de la casa junto a él, y el goteo incesante provocado por el deshielo de la placa blanca en que se convertía la pequeña cascada que se formaba por un leve desnivel del terreno. Le encantaba vivir en esa zona, medio de campo medio de ciudad, y justo en ese momento, por un instante sintió que estaba disfrutando del invierno, aunque solo fuese por el sonido fresco y limpio del agua caer. No se podía creer que estuviese teniendo ese sentimiento, puesto que el invierno para él, era solo un amargo trámite que había que pasar hasta la próxima primavera; un tiempo de espera, triste y oscuro, nada más. Como tampoco se podía creer que ese recogimiento que estaba sintiendo se hubiese transformado en el más absoluto horror en menos de unas décimas de segundo.

El estómago se le había colocado en la garganta, y el espanto no le dejaba pensar. Daba pequeños pasos de izquierda a derecha sin llegar a determinar el rumbo que tomaría.

- ¡Maldita sea!, repitió esta vez, con las lágrimas que querían brotar a borbotones desde la garganta mientras un ligero mareo casi le hace caer.

- ¡No me lo puedo creer!, ¿quién ha sido?, pero qué, quién... comenzó a farfullar sin parar.

La espesa vegetación que crecía a orillas del arroyo que en verano apenas dejaba ver el haz de agua que bajaba, ahora, con los fríos se había despejado, y entre las ramas raquíticas, las hojas secas, el barro y las piedras, se dejaba ver, en primer lugar, una mano y, si mirabas más allá, la mitad de un pequeño cuerpo sin vida. Era un niño, de no más de seis años el que yacía semienterrado, muerto.

Fernando finalmente consiguió sacar su mano derecha del guante para marcar el 112 en el teléfono móvil, que de un instante a otro se había convertido en el panel de mandos de un avión. No atinaba ni a desbloquearlo. Rompió a llorar, y cuando desde el otro lado le preguntaron que cual era su emergencia lo único que atinó a repetir fue: ¡un niño muerto, un niño muerto!

lunes, 22 de septiembre de 2014

Muertos de hambre *

La noche estrellada, Vincent Van Gogh
Un muerto de hambre
Belleza: sentir y deleitarse en la admiración al contemplar una puesta de sol, la caída estrepitosa de una cascada, el canto incansable de los pájaros, el arcoiris, un ser querido dormir, el silencio en medio del bosque, el vaivén interminable del mar, el sonido del agua de una fuente al caer en la mañana, es arte.

Emoción: erizarse el vello del cuerpo cuando escuchamos unas notas musicales que nos evocan recuerdos o que nos invaden por primera vez, es arte.

Sentimiento: dejarse acariciar por una suave brisa que entra por la ventana y derramar unas lágrimas al pensar que esa brisa ha sido respirada por miles, millones de seres vivos, la humanidad entera en tu habitación acariciándote. Quizás fue un suspiro de su boca que, tal vez, pensó en mí de un modo diferente, y erizarse el vello pero ahora el del corazón. Descrifar ese sentimiento y convertirlo en palabras, escribiendo poemas, es arte.

Amor: Escuchar a tu hijo rezar una oración infantil y, de las palabras primerizas que emite su boca, poner nombre a un dibujo animado que hará las delicias de otros niños como él ("niño poco...yo"), es arte.

Embeleso: Atender a los sonidos de la naturaleza en cada una de las estaciones del año y escribir una obra musical para cada una de ellas, es arte.

Llorar al abrazar a un amigo al que no ves desde hace tiempo, abrazar y besar a una madre que sufre, abrazar y besar a un niño inocente, reír a carcajadas con amigos, bailar, contemplar un color que te gusta, dormir, dormir abrazada, sentir el contacto del agua en tu piel..., vivir..., la vida.

La misma vida es arte, todo es arte, el mundo entero es una obra de arte..., y todo ello lo hemos repudiado en un rincón y hemos creado el imperio y la dictadura de los números, que, por su parte, también son arte.

Dejemos a nuestros herederos que sean artistas, porque nadie como ellos entenderá el mundo y serán sus dueños, aunque sean unos muertos de hambre. Hambre de observar, hambre de sentir, hambre de expresar, hambre de compartir.



                                       

miércoles, 13 de agosto de 2014

Animales y animaladas

El valor de la vida no es equiparable al valor de la propiedad privada. Evidentemente, la propiedad privada es mucho más valiosa.

Vivo con tres compañeros de piso, que por ser más vulnerables que yo misma, me ocupo de su bienestar y de cubrir sus necesidades básicas de alimentación, higiene, cobijo, afectividad, al mismo tiempo que ellos cubren las mías, aunque las mías son principalmente afectivas.

Misti
Lo que son las cosas, al macho lo escogí yo, Tristán. Un gato romano procedente de la provincia de Sevilla. Llegó para atenuar la pena por una pérdida. La pérdida irreparable de una gatita carey, Misti, la más bonita y también salvaje del mundo. Para que se hagan una idea de esta última cualidad suya, solo diré que perdió tres de sus fantásticos colmillos en una visita al veterinario, tales eran los saltos y carreras y, en consecuencia, porrazos que se dio por tal de no dejarse coger. 

Tristán
Convertí Tristón, el nombre con el que lo llamaban las voluntarias de la protectora Arca de Noé, a causa de la tristeza que reflejaba en su rostro tras ser abandonado en los jardines de la misma urbanización en la que vivía, en Tristán, pues no quería que cargase toda la vida con tan lastimero destino, cambiándolo por uno algo más legendario, digo el nombre, su destino solo con que sea más feliz me doy por satisfecha.




Lili
Las hembras llegaron a mí por su cuenta. Ellas fueron las que me eligieron, (curioso ¿verdad? Hasta en la elección de compañeros para convivir es siempre la hembra la que elige). Lili llegó unos meses después de Tristán, sencillamente vino a maullarme a mi ventana. Su serenata se debía básicamente a hambre, mucha hambre, y vuelve otra vez la tristeza; tristeza por los palos que se llevaba al colarse en las casas de los vecinos buscando algo que comer, según me contó mi vecino. Y es que aún era (y es) muy pequeñita. 


Tula
Y, finalmente, llegó Tula, la hembra canina, que todos los días sin excepción corría toda la calle en mi busca cuando me veía salir, fuese la hora que fuese, siempre estaba allí, en busca de unas simples caricias y palabras amables mientras me acompañaba hasta la puerta de mi casa, puesto que lo que yo le proporcionaba de comida no era de su agrado. Acostumbrada a las ambrosías con las que la deleitaban en el bar de más arriba, el pienso que yo le ofrecía poca gracia le debía de hacer, (y le sigue haciendo). Pero quitar pulgas a pelo, (inocente de mí, nunca había visto una. Puede que fuera esa la razón por la que nunca me picaron), acariciar estando sucia, sonreír y decir palabras amables, siendo de la calle, carne de cañón, valga más para la supervivencia llenando otro órgano en mayor medida, el corazón, que el estómago.

A Tula prácticamente se la quité de las manos a un trabajador de la perrera de Linares. El cual había venido en busca y captura de ella y de sus tres cachorros, para llevarlos a ya sabemos qué destino final. Una muerte lenta y horrible, hacinados en unas condiciones de suciedad, tristeza y miedo que solo me recuerdan a un campo de concentración, donde el valor de la dignidad y la vida sencillamente no existe. Tula y sus cachorros, molestaban a algunos vecinos y ese era el destino que eligieron para ellos, (quíteme, por favor, la molestia de mi vista que lo que haya más allá... me la pela). 
Sé que ha sido maltratada, por lo poco que en unos meses pude saber de ella y por ciertas actitudes que sigue teniendo en según qué situaciones. Sé que ha sido madre al menos dos veces en su vida, hasta donde he podido saber, y también sé que tiene tres años aproximadamente. También sé que desde que "tiene dueña", ha dejado de ser invisible y objeto de pedradas o maldiciones, que personas que antes ni me saludaban ahora siempre tienen una bonita sonrisa, primero para mi perrita y después para mí, siempre en ese orden. Que se le permite hacer amistades con otros perros vecinos en nuestros paseos, y no es espantada de un zapatazo, con suerte. Sé que ahora Tula, como anteriormente Tristán y Lili, "tienen dueño"y, por tanto, son propiedad privada. Y eso amigos, eso, hace de sus vidas algo valioso. Ahora sí.

Cuando veas a un gato o a un perro callejero no le pegues, no tengas con él un mal gesto, porque lo que estas pequeñas pinceladas de vida que se nos han regalado a los humanos como compañeros de viaje, compañeros en un mismo barco que somos, (y muchísimas  más, pero no es cuestión de extenderse en enumeraciones que todo el mundo conoce) de lo único que están llenos es de amor, solo de mucho amor para darnos. Aunque la realidad sea que no nos lo merecemos. 

Ayer tuve un pensamiento mientras Tula se deshacía en carantoñas, saltos y fiestas hacia mi persona. Pensé que yo sé en qué medida extraordinaria la quiero, pero puedo afirmar con toda seguridad que ella me quiere a mí aún  más.




                                                    Discurso del gran Jefe Indio Seattle









lunes, 7 de julio de 2014

Solo una más


Al retirar toda la vegetación y la piedra que, a modo de puerta, tapa la entrada a la cueva, accedes a un angosto pasadizo que, finalmente, te conduce hasta una pequeña estancia, que se comunica con el exterior a través de una pequeña abertura en el techo a modo de tragaluz. En esta estancia es donde permanecen durante poco tiempo las víctimas desdichadas del súcubo, hasta que les roba toda su esencia vital, tras actos carnales lascivos e impuros, esencia vital que le permitirá a ella sobrevivir camuflada entre el mundo de los humanos un año más. Junto a esta estancia, hay otra, cuya entrada es desconocida, más amplia, sus límites no se alcanzan a ver, y mucho más oscura. Allí es donde tira a sus víctimas, a las que mantiene con un hilo de vida, pero deja abandonadas por los siglos. Gusta de conservarlas como trofeos, como recordatorio de sus victorias. Si el hedor que de allí se desprende no te impide acercarte, podrás escuchar tras la fría piedra y por algunos orificios, que en ella la humedad y el paso del tiempo han provocado, el gemir lastimero y quejumbroso, y el deambular arrastrando sus pies, de los miserables seres que allí se hayan esclavos...

Así rezaba el narrador del comienzo de la película de serie B, que Fidel estaba comenzando a ver, cuando el teléfono sonó. Era Laura. ¡Cómo podía haberlo olvidado! Faltaba sólo una semana, y él aún no había pensado el regalo que le haría. Las celebraciones que hace Laura de sus cumpleaños nunca decepcionan, al contrario, siempre superan las expectativas de los asistentes. Todos en la pandilla adoramos a Laura. Es guapa, es simpática, es amable, es sensible, lista, divertida y amiga de sus amigos. La mujer ideal. Todos los chicos hemos suspirado por llevarla de la mano y besarla bajo la luz de la luna. Pero ella siempre se ha mantenido firme y nunca ha dado alas a nadie  para nada. Desde que la conozco, jamás ha tenido novio. Lo que todavía la hace aún más especial. Imagino que el amor que siento por ella, enraizado tan profundamente en mi corazón, es el mismo que debe sentir cualquiera de los amigos de la pandilla, que por ser fieles a ese sentimiento, tampoco nunca hemos amado a otra mujer. Desde que la conocimos hace unos años, este día siempre se ha montado la gorda. Para ella se trata de un día muy especial y se esfuerza porque su celebración quede en el recuerdo de todos. Aún no sé cómo consigue reunir a tanta gente en cada evento que realiza, pero las fiestas bien podrían ser la envidia de cualquier famoso potentado del mundo de la farándula. Y cuando Laura grita: ¡a pasarlo bieeeeeennnnnn!, micrófono en mano, y sube la música hasta unos límites que no escuchas ni tus propios pensamientos, toda la gente presente allí entra en un trance del que no salimos hasta, creo que una semana después.

Este año las cosas son un poco diferentes. No debería haber fiesta, o al menos, eso pienso yo. Lo sucedido en años anteriores debería ser causa suficiente para cancelarla, puesto que, al parecer, empieza a ser rutina. En los últimos tres años, hemos sufrido la desaparición de uno de nuestros amigos cada año, coincidiendo con la noche de la fiesta. Es un hecho de lo más extraño, puesto que todos salimos juntos de ella, pero no sé en qué punto del camino desaparecieron y, a pesar de todas las investigaciones y pesquisas policiales, nunca más se ha sabido de ellos.

Pienso en todas estas cosas mientras oigo a Laura al otro lado del auricular, hablando y contándome no se qué de qué problema que ha tenido con el repartidor de bebidas, que si esto que si aquello, cuando su voz me trae de golpe a la realidad:

- No sé por qué dices eso, Fidel, mi fiesta no tiene nada que ver con las desapariciones, dice con voz muy molesta.

Me quedo perplejo, no sé qué decir, juraría que de mi boca no ha salido una palabra.

- Bueno, bueno, no te molestes. Yo no pienso que tu fiesta tenga que ver, sino que no debería de haberla, simplemente por precaución.
- ¿A ti te gustaría desaparecer Fidel?, pregunta con voz sensual.
- Si fuese contigo, sabes que sí.
- Bien..., ya lo has dicho.

Suena el timbre de la puerta, y de un respingo despierto del tremendo sopor que me ha invadido, miro el reloj y llevo dos horas arrellanado en el sillón. Soy incapaz de discernir si la película y la conversación con Laura han sido reales o solo un sueño. Sea como sea, ahora tengo un mal presentimiento. Me dirijo a la puerta y pregunto quién es. No contesta nadie. Mi subconsciente me ha jugado una mala pasada. 

Los días han pasado rápido, como siempre, pero más aún cuando estás a la expectativa de que algo malo pueda suceder. No me puedo quitar de la cabeza la conversación con Laura y, el miedo se ha instaurado en mi corazón y en mi mente. No he querido contárselo a nadie, no quiero que piensen que desconfío de ella, y mucho menos que llegue a sus oídos y ya no me aprecie igual, porque aunque en el fondo sé que no tiene mucho sentido, sigo albergando la esperanza de que algún día acabe amándome como yo la amo ella. Pero este sentimiento nuevo que siento, mezcla de amor y miedo, me tiene estos días medio loco.

Nada parece diferente a cualquier otro año. Las escenas se repiten. La cantidad de personas que asisten, todas arregladas para ocasión, montones de regalos apilados en una esquina del local,  la bebida que empieza a circular y Laura  que se acerca a la cabina del Dj. Es su momento, coge el micrófono, y arenga a la gente, sube la música y todos empezamos a perder un poco la razón. Hasta ese momento soy capaz de contar lo que allí sucede, pero después, ya es imposible recordar, comienza el trance.

Acabo de despertar. Tengo un dolor de cabeza imposible de explicar. Apenas puedo abrir los ojos, y siento una angustia atroz en la boca del estómago. Entreabro los ojos y no entiendo qué pasa. ¿Dónde estoy?, acierto a musitar de forma apenas audible. Un hilo de luz insignificante entra por una claraboya del techo al final de la estancia. Miro a mi alrededor y estoy en lo que parece una cueva. La peste es insoportable. Creo que voy a vomitar. Intento ponerme de pie, cuando me doy cuenta de que tengo la mano derecha amarrada a un grillete que hay en la pared. ¡Eh!, grito, ¿hay alguien ahí? ¡Esto no tiene ninguna gracia! Pero la única respuesta que recibo es el eco de mis propias palabras y un susurro tras de mí. Me giro sobre mi lado derecho, y veo que en la piedra hay unos agujeros. Miro a través de ellos, pero no veo nada. Está demasiado oscuro. Pero sé que ahí detrás de esa pared hay alguien. Puedo oírlo. ¡Eh!, vuelvo a gritar. ¡Venga inmediatamente!, sigo sin obtener respuesta. ¡Eeeeeehhhhh!, grito cada vez más furioso, pero la peste se hace cada vez más espesa a medida que mis sentidos empiezan a recuperarse y, mi grito es interrumpido por una arcada que me hace vomitar. No sé cómo debe de oler un muerto, pero creo que debe ser como el olor que hay aquí, a carne podrida y en descomposición. Me revuelvo y desespero, y trato de sacar mi mano del grillete que me mantiene impotente en ese lugar, pero es inútil. Cansado de intentar soltarme vuelvo a girarme y a mirar por los agujeros. Me quedo largo rato mirando para que mis ojos se habitúen a la oscuridad, y efectivamente, empiezo a ver movimiento y a escuchar mejor. La estampa que observo me sobrecoge y espanta de tal manera que intento echar a correr, pero olvido mi mano agarrada y caigo al suelo del tremendo tirón. Mi grito de dolor inunda todo el espacio y  ahora además de tener la mano ensangrentada de intentar zafarme creo que tengo la muñeca rota. Ya no puedo más, y me siento a llorar como un niño. Me he dormido. No sé el tiempo que habrá trascurrido, pero ya no entra tanta claridad por el tragaluz. Vuelvo a oír los murmullos y con mucho cuidado me vuelvo a girar. Tengo la mano hinchada pero creo que no está rota, porque puedo moverla un poco. Miro de nuevo por los agujeros y trato de calmarme para no cometer otro error. Pasados unos minutos vuelvo a ver sombras moverse, deambulando arrastrando los pies, cabizbajos como almas en pena, con las ropas a jirones y los rostros cadavéricos,  emitiendo quejidos y gemidos, mezcla de dolor, pesadumbre y cansancio. 

Presiento que ese va a ser mi destino cuando siento tras de mí una presencia. Me giro lentamente, invadido todo mi cuerpo por el miedo  y..., es Laura, pero no es ella. Su mirada es dura, es cruel. Aún así le imploro: ¡Laura!, ¡ayúdame, por favor! Entonces comienza a acercárseme lentamente mientras que por  su boca empieza a salir un cántico. Soy consciente que es como el canto de las sirenas, hermoso, cautivador y engañoso. Me envuelve y va paralizando mi cuerpo hasta que, finalmente, quedo preso en mi propio interior, en donde puedo oír sus pensamientos, que se asemejan a un lamento:

- Cuento por miles mis victorias sobre vosotros, los humanos, hombre o mujer, es indiferente y, sin embargo, ¡estoy tan sola! Se fueron los míos, hace tanto tiempo, olvidados, despojados de su identidad, a causa de la falta de miedo y superstición en este mundo material y vacío. ¡Deseo tanto volver a tener un compañero, un amigo, alguien con quien compartir mis días!

Me conmueven sus palabras lastimeras y me dejo llevar por el sentimiento que aún sigue vivo dentro de mí, y por la profunda pena que me despierta aquel ser demoníaco.  

- Dime tu nombre, solicito tiernamente.

- Abrahel es mi nombre, respondió. ¡Quédate conmigo!

- Deseo quedarme contigo. Haz de mí lo que quieras. 

El escuchar  estas palabras dibujó en su rostro una lasciva sonrisa. Desplegó unas inmensas alas y cayó sobre mí con una fuerza descomunal, cubriendo todo mi cuerpo. Yació conmigo de forma lujuriosa e inhumana, hiriéndome de muerte y desposeyéndome de mí mismo.


Y ahora estoy aquí, deambulando entre todos los desgraciados que, como yo, se abandonaron a su encanto. Sabiendo que ya no hay destino para mí, ni vida ni muerte. Solo la eternidad por delante  para lamentarme por haberla creído y darle, ingenuamente, el permiso que necesitaba para hacer de mí lo que ahora soy. Solo una sombra entre cientos o miles de sombras más,  en un oscuro y desconocido lugar.