martes, 11 de diciembre de 2012

El organillo


Recuerdo desde siempre ese organillo en mi casa.

Es de color granate, con dibujos de color amarillo y azul y con una pequeña manivela en el lado derecho, de color amarillo también. No es grande, aunque tampoco es pequeño y es un juguete. En su interior alberga una caja de música, que al hacer girar la manivela, empieza a funcionar, al igual que lo hacen los organillos típicos madrileños que salen en las películas de chulapos. Y de su interior salen fragmentos de zarzuelas famosas.
Aunque se trata de un juguete, es demasiado valioso para que mi madre nos lo deje a nuestro gusto. Así que más bien se ha convertido en un objeto de decoración, que de vez en cuando, sólo de vez en cuando, nos deja usar y siempre bajo su supervisión.

Estamos de limpieza general en mi casa. Todo está por el medio. Cuando, sin proponerlo ni prepararlo, los tres hermanos reparamos en que el organillo está solitario, en el suelo, junto a la ventana...

¡sin supervisión!

Los tres nos vamos en su busca. Y los tres queremos hacer girar la manivela. Mi hermano, que es el mayor, trata de poner unos turnos, pero yo ya me conozco sus turnos, (igual que cuando prometió a mi madre que me enseñaría a montar en bici. Otro día hablaremos de eso).

Ni mi hermana ni yo, nos fiamos de él, y empiezan los problemas. Porque sus turnos siempre son mucho más largos, y además trata de hacernos tontas, como si girar una manivela fuese una cosa para lo que hubiese que haber llegado ya a octavo de E.G.B.
Comenzamos un nuevo juego que cuando somos chicos se nos suele dar muy bien, el forcejeo y los tirones del objeto de deseo. Hasta que, el pobre organillo se resiente, y le rompemos la manivela.

A mi hermano, mi hermana y a mí, casi nos da un soponcio.

Mi hermano se hace cargo de la situación rápidamente, para eso es el mayor, que se encargue él, ahora sí. Y actúa, como no esperaba menos de él, de forma responsable. Piensa brevemente y toma una decisión:

- A callar todo el mundo. Que le pegamos la manivela y no se entera nadie.

Y eso hacemos. El arreglo ha quedado muy chapuzas, pero hemos probado a girar la manivela y si no se gira durante mucho rato, aguanta. Así que, decisión unánime sin decir palabra:

- Nunca más querremos tocar el organillo.

Han podido pasar más de veinte años desde ese día. Y volvemos a estar de limpieza general, cuando sorpresivamente aparece escondido en los armarios el mutilado organillo. Mi madre cuando lo vio exhaló un suspiro de alegría y melancolía.

- ¡Vamos a hacerlo sonar! ¡qué sonaban las zarzuelas que a mí me gustaban!

Previamente mi hermana y yo nos hemos percatado de que el pegamento con el paso del tiempo se ha resentido y la manivela se le ha caído.

Cual niñas pequeñas, mirándonos con cara de complicidad, tratamos de persuadir a mi madre..., pero no surte efecto. Mi madre se hace con el organillo y...

-¡ Ay! ¡¿Pero qué le ha pasado!?

Mi hermana y yo, incapaces de no decirle la verdad se lo contamos. A pesar de ser ya personas adultas, tenemos  miedo al contárselo, esperando la bronca que nos caerá.

Cual es nuestra sorpresa cuando la única reacción de mi madre es mirarnos con cara de "si pudiera os arrancaba los pelos ahora y aquí mismo", y decir una de esas frases típicas maternales que hace referencia a esas necesidades fisiológicas que todo el mundo tiene y que, en momentos de estos de sumo cabreo tienden a hacerse, de palabra, eso sí, sobre la madre que lo trajo a uno al mundo, o sea, sobre ella misma.

Y justo en ese momento, he comprendido, que mi relación con mi madre ya no es la misma, y que, aunque, yo siga temiendo que se entere de cosas y le siga guardando secretillos; y ella misma, siga regañándome cuando algo no le parezca bien y queriendo que me coma incluso hasta lo que no ha cocinado, el trato para con sus hijos ha cambiado, y ya nos trata más de igual a igual. Y justo en ese momento he comprendido, que  mi niñez hace tiempo que quedó atrás.

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