lunes, 10 de diciembre de 2012

Kaleidoscopique moon


Cuando en 1816 el físico escocés  David Brewster inventó el caleidoscopio sabía muy bien lo que hacía.
Creó un objeto, el cual desde su origen se consideró un juguete. Pero no es cualquier juguete.
Su nombre está compuesto por varias voces: del griego Kalós, que significa belleza; éidos, que significa imagen y scopéo que significa observar.
Observar imágenes bellas o también podría ser, observar la belleza en forma de imágenes. Yo me quedo con la segunda.

La luna. Ese satélite que gira incansable alrededor nuestro, como haciéndonos la corte, es el encargado de manejar nuestras emociones, así como también lo es el agua. Símbolos inequívocos de los más profundo del ser, del sentimiento, de la emoción primitiva, primordial, que domina el alma, la cual después domina el cuerpo. De ahí que sea ella, la luna, la que en mayor medida, controla las mareas. Pleamar, ¡qué bonita palabra! La marea alta, cuando las emociones no se esconden y están a flor de piel.

Un caleidoscopio no es cualquier juguete. Recuerdo con una claridad exquisita, el primero y único que he tenido oportunidad de ver hasta el día de hoy. Fue cuando yo era pequeña y recuerdo, que de todos los juguetes que había en una caja donde se habían almacenado muchos juguetes distintos, era el único por el que las dos o tres niñas que allí estábamos nos peleábamos por tener. Su contemplación llevaba al embeleso. No es un juguete para entretener, sino para cautivar, observando la belleza que se crea en su interior, por medio de un sencillo mecanismo de espejos, con las más diversas y hermosas imágenes. Cambiantes con un ligero movimiento circular, como el de la luna.

No hay nada más hermoso que mudar las emociones, y sentir, sentir, sentir…, y apenas reflexionar. Dejarse llevar de ese movimiento circular que transforma belleza en más belleza.

La luna caleidoscópica que la llamo, la dueña y señora de mi mundo interior, a veces, es oscuro, bajamar, provocando estados de insomnio, aunque nunca infructuosos.  Otrora, pletórico, pleamar,  dibujando  siempre un cuadro de imágenes bellas, que no son ni más ni menos que mi propia vida. Siempre, emocional.

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